El terreno editorial fue un fiel y elocuente reflejo de lo expuesto en el precedente artículo del gran protagonismo catalán en el tardofranquismo. No obstante la competencia imparable, y de incuestionable fuste y ambición, representada por la radicada en Madrid, la edición barcelonesa daría un paso de gigante en el tardofranquismo, al abrigo no sólo del extenso mercado abierto en tierras hispanoamericanas por pioneros tan perspicaces como afanosos, a la manera de Jesús Polanco, sino también por el trabajo clarividente de muchos de sus responsables tradicionales, a los que en este periodo se añadirían otros nuevos, en cuyo denso e ilustrado censo el nombre del sevillano José Manuel Lara brillaría con luz propia, hasta incluirse en la zona del milagro al labrar un imperio del libro nunca conocido en España y de avasalladora presencia en las naciones más adelantadas de Occidente.
La tesitura, pues, pintaba oros para que la simbiosis entre la Universidad barcelonesa y una industria editorial, que se descubría como activo acusado y en extremo dinámico de la entera economía nacional, adunase lazos crecientes y estrechos. Y así, venturosamente, fue. Orillando para mejor ocasión el análisis del factor político –ingrediente que, de otro lado, hemos glosado in extenso en dos de nuestros últimos libros-, hay que recordar que tan ebullente y variada actividad editorial de la capital de Catalunya demandaba en cifra muy elevada y nunca disminuida, antes bien en aumento, a las veces, casi exponencial, el concurso de los cuadros académicos de sus ya múltiples centros de enseñanza e investigación superior –incluidos los baleáricos y, en menor medida, los del País Valenciano. La potente imbricación a la que acaba de hacerse alusión habría a fortiori de traducirse en el espectacular ascenso de los trabajos salidos de los departamentos con destino a unos talleres insaciables y anhelantes por satisfacer las acuciantes necesidades bibliográficas de una sociedad de masas, que identificaba su adultez y desarrollo con el consumo de productos culturales, en especial, y antes del boom televisivo, publicísticos.
A su vez, como, de otra parte, cabía esperar, tan apremiante exigencia, al mismo tiempo que maná y fuente de fortuna para una producción bibliográfica como la nacida en los claustros del Alma Mater, de ritmo por lo común lento y audiencia en extremo reducida, no tardó mucho tiempo en traducirse en un llamativo crecimiento del índice de ambos elementos. Según cabe suponer, nuevos modos y modas surgieron de estas innovadoras manifestaciones de la cultura en el área libresca. En la de las denominadas ciencias sociales, cuyas ramas tradicionales se ampliaron con las de otras de raíz más próxima y notoria pujanza, como, a modo de ilustración, la sociología, la psicología, la antropología y demás censadas en el catálogo de las ciencias “humanas”, de incesable demanda por un público volcado hacia su contenido y conclusiones, la oferta de los principales centros universitarios se atuvo al más rígido canon económico. Uno de los efectos más beneficiosos de tal modelo editorial radicó en el cultivo intensivo de estas nuevas disciplinas, con el enriquecimiento de métodos novedosos y la adaptación y asimilación de técnicas investigadoras de patente foránea.