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TRIBUNA

Europa, cara y cruz

Jesús Carasa Moreno
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carasajesusgmailcom/11/11/17
https://www.jcarasa.com/
miércoles 02 de septiembre de 2015, 20:37h
Actualizado el: 09/02/2015 20:43h
Vemos, con espanto, esas bárbaras ejecuciones y a resguardo, en nuestro confortable hogar europeo, sentimos el escalofrío de la amenaza que nos rodea. Nos consideramos a salvo al pensar, erróneamente, que esos seres humanos son de naturaleza distinta y que el europeo ha eliminado la alimaña que ha anidado, siempre, en su interior. Hemos olvidado que anteayer, aquí, en Europa, nos matábamos, los unos a los otros, no en provocadores alardes de crueldad individual, sino apacentando en corrales a nuestros semejantes y organizando autenticas factorías de producir la muerte. Ahora mismo, por cuestión de banderas y territorios, como siempre, nos alzamos ciudades contra ciudades y barrios contra barrios.

Hemos de santificar a aquellos visionarios que, en 1957, soñaron, sobre las heridas sin cicatrizar de aquella Europa martirizada, esta nueva, que tenía como objetivo prioritario eliminar las eternas carnicerías entre sus pueblos. Objetivo logrado hasta tal punto que, hoy día, Europa es tan refractaria a la violencia que se niega a empuñar las armas hasta para defender su paz, dejando este deber en manos de su menospreciado sobrino, Estados Unidos, siempre dispuesto a aplacar y a sacar las castañas del fuego a su belicoso tío.

Aquel bendito impulso nos ha llevado a regirnos por un sistema democrático que aunque vacilante, dubitativo y lleno de imperfecciones, nos ha servido para que, POR MÁS DE MEDIO SIGLO, alentemos el respeto de unos hacia otros y de todos a los más débiles, seguido por muchos países de Iberoamérica y Asia y admirado por otros que desearían imitarnos.

Lástima que los muchos, abnegados y a veces heroicos vigilantes de su perfección sean, a veces, tan estrictos en el respeto a los demás que dejan campo libre a los que no nos respetan a nosotros y que incluso tienen en su ideario y en sus intenciones no ya compartir nuestra tierra y nuestras leyes y costumbres democráticas, que generosamente ofrecemos, sino sustituir estas por las suyas y apoderarse de aquella.

Alabados sean los que abrieron nuestras fronteras para que no fueran, nunca más, barreras sangrientas a defender sino líneas a borrar y cauces migratorios que convirtieran nuestras pequeñas naciones en vasos comunicantes que barajasen nuestra población, pero seguimos encastillados en nuestros orgullos y prejuicios que impiden considerar Europa como la tierra de todos los europeos y que hace que buscar oportunidades fuera de nuestro terruño sea considerado, todavía, por demasiados, una desgracia.

Lastimeramente pedimos eficacia y avances modernizadores a nuestras instituciones europeas pero mandamos a ellas a los juguetes rotos de nuestra política. Reclamamos rapidez en sus decisiones pero seguimos tomándolas por la fondona unanimidad de todos sus miembros. Soñamos con los Estados Unidos de Europa, pero nos negamos a ceder soberaníapolítica prefiriendo ser cabeza de ratón que cola de león. Reclamamos la excelencia en sus gobernantes pero a la hora de elegir preferimos a los nuestros que a los mejores.Eludimos la cuestión de fondo de crear estructuras democráticas y la dejamos en manos de otras, con las que hemos creado una relación paterno-filial, que nos recetan los tratamientos desagradables que nuestros gobernantes, endosan a los ciudadanos con el correspondiente lavamanos.

Y ahora, esta crisis nos trae algo positivo templando la fortaleza del proyecto, mostrando a algunos la disuasiva temperatura exterior y haciendo que los más responsables y disciplinados animen, a los más díscolos, con el palo y la zanahoria, a cumplir los deberes si quieren mantenerse dentro.

Yo, que soy muy crítico con el paso cansino y vacilante que lleva Europa para convertirse en una gran nación, he de convenir que, a pesar de todo, es un logro impresionante en la historia del continente aunque solo sea por la paz conseguida.

Lo que está por ver es si somos capaces de avanzar resueltamente en busca de nuestros sueños y sobre todo si lo somos para defenderlos de los enemigos exteriores, que siempre serán muchos y de los interiores, sobre todo del cáncer que nuestra inocencia ha incubado ya.
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