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ESCRITO AL RASO

¡Maldita sea con la Constitución!

David Felipe Arranz
domingo 06 de septiembre de 2015, 19:45h
Actualizado el: 09/07/2015 08:17h

Al igual que Freud recomendaba “matar” simbólicamente al padre para poder crecer y madurar como individuos, es más que deseable remozar –sin sangre–nuestra antañona y transicional Constitución, nacida como carta de concordia y reconciliación y superación del pasado franquista de las Leyes Fundamentales. Como dijo Joan Reventós (PSC) el 31 de octubre de 1978 en el Congreso de los Diputados: “la Constitución no es más que la expresión jurídica de un contrato social, de un consenso colectivo: por fin, la guerra ha terminado”.

Ahora ya nadie, salvo los ancianos de la tribu, reconoce una paloma de Alberti o un desnudo posfranquista de María José Goyanes interpretando Equus en el teatro de la Comedia. La gente pasa de largo hipnotizada por el móvil y no se asoman ya a las Cuevas de Sésamo, donde algunos descendemos como a un infierno dantesco del Amor, al embrujo del piano, cuando creemos que nos hemos enamorado, pero resulta después que ellas no. Estos amables tropiezos tardo-románticos de mantel, versos y algún whisky de malta son más que constituyentes que los de ahora, tiempos más propios de macpollo, ronconcola, mucho ruido en la disco y tras tanta confusión, el fornicio efímero de los sordomudos y del “mientras dure y tal” y “a otra cosa, mariposa”.

“Es que tú eres un intenso, Deivid”, me dicen Clara Guillén y Laura Martínez, el haz y el envés, la rubia y la morena de este siglo periodístico lleno de contradicciones y blindajes emocionales, la centuria de la paradoja que obsesionó a Deleuze. Una nos ha dejado España por la Merkel –que ya le vale– y la otra quiere ser la Indiana Jones de la gastronomía saludable, la historiadora del arte que no come culebras retorciéndose en los pasadizos de las pirámides, sino solo los brotes tiernos de la vida, que contempla como una apacible ensalada. Ellas, como toda niña que quiere ser mujer, en su juventud no nos comprenden del todo el recién estrenado y sobrellevado cuarentañismo, aunque quieren –lo que cuenta es el esfuerzo–, porque algunos nacimos tres años antes que la Carta Magna, y leíamos tebeos y cuentos, y nos llevaban al parque a ver con respeto a los pavos reales, que abrían su cola y nos miraban con sus decenas de ojos de pluma y zafiro. En 1978 la televisión no echaba circo, sino obras de teatro y buen cine de gabardinas bogartianas, como la versión muda del Fantasma de la ópera que vimos escondidos con sus dos rombos detrás del sofá y nos impresionó al conocer tan pronto en la figura del atormentado monstruo (Lon Chaney) que el amor lo era de verdad cuando no era correspondido. Y pensábamos que las cosas eran para siempre, pero luego supimos que no, aunque los Rollings siguiesen más vivos que nunca, conservados en alcohol. Averiguamos que el secreto de la felicidad era otorgar a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido y que el amor empezaba como coautoría, continuaba escrito por un solo autor y moría apócrifo.

Hoy esas cosas dan igual y se miran ya como si se tratasen de un altorrelieve catedralicio, como al “Himno de Riego” o incluso “La internacional”. El empeño épico ha dado paso a una contradictoria actitud surrealista con todo. En un escenario de la hora de deshora donde el Gobierno es capaz de montar una “escuela de verano” en un septembrino Lloret de Mar para imaginarse que con ello sujetará la embestida de Mas, puede ocurrir de todo y esta nueva generación está preparada para ello: para hacer la maleta con lo poco y salir volando a Buenos Aires o a Perugia. Aquí se queda la “joven” política, la de la ambiciosa coleta que descalifica públicamente a la izquierda original y la del apolíneo e inexpresivo desnudo de la marca blanca, como el que protagonizó en 2006 Albert Rivera para convencer a los catalanes, que le sirvió para ligar mucho con su póker face pero para convencer… poco (cosa que, bien mirada, Albert, pues no está nada mal, qué quieres que te digamos).

Tras el felipismo, el aznarismo, el zapaterismo y el rajoyismo, “ismos” de nuestros desamores y desdichas, nuestra sociedad reclama una nueva identidad histórica, alejada de este sagastacanovismo del PP-PSOE eterno. Pero un proceso reformista de carácter constituyente solo puede llevarse a cabo si existe un acuerdo con respecto al futuro, si las diversas realidades de un Estado plurinacional como el nuestro son capaces de pactar y de consentirse. Y con los mimbres que tenemos, de momento poco se puede hacer, salvo parchear. No encontramos políticos del calado de los siete padres constituyentes. Visto lo visto, puesto que tres de ellos aún viven –Miguel Herrero de Miñón, José Pedro Pérez-Llorca y Miquel Roca, reconvertido ahora en adalid de infantas imputadas por delito fiscal–, no estaría de más contar con ellos, con los progenitores.

Tras un amago estival que parecía que sí, luego fue que no y el PP insiste en ponerle a la Constitución el incongruente collar unidimensional, el sesteo del continuismo. Nos convence por lo articulado el modelo federalista que ya está planteado en nuestra Constitución, en el concepto de Estado de las Autonomías, y el texto constitucional está a solo un paso, el que separa precisamente el conflicto de los nacionalismos periféricos de la paz social. Se puede marchar con un concepto común de nación manteniendo las identidades legítimamente diferenciadas y eliminando los privilegios, con una racionalización de las Administraciones recogida en una Ley Orgánica de la Administración Local que no existe. Nos hace falta un estado federal para articular la ejecución de las distintas decisiones que se toman en la Unión Europea y que el Senado pase a ser una verdadera cámara de representación territorial.

Mas, que ha conseguido una extraña alianza que va de la extrema izquierda al centro-derecha, quiere que Cataluña rompa con España a todo trance: es su sueño delirante –coger el serrucho y navegar por el Mediterráneo con la barretina colgada del mástil–, contestado por el resto de regiones, salvo Madrid, con largos mutismos. Pero la garantía de que no haya opción a la independencia no es la reforma exprés del Tribunal Constitucional por procedimiento de urgencia, como dicen Rafael Hernando y García Albiol –a los chicos de la gaviota les han entrado las prisas después de comerse el marisco en la playa–, para reforzarlo con “elementos coercitivos”, sino la revisión urgente en el quirófano de nuestra norma suprema. Si la organización territorial original se hizo en municipios, provincias y comunidades autónomas, ¿por qué no afinar más la relación de competencias entre éstas y el Estado, si nuestra Constitución ya tenía en su origen esta vocación federal? ¡Maldita sea con la Constitución! Pero para eso nos hacen falta políticos rampantes, hechos de hierro colado, como aquellos del 78, más de Rafael Alberti y Calvo Sotelo que de la nueva moda juvenil, dada al salpicón del postureo, el selfie y la tertulia de la tele antes que a batirse el cobre, como en los dramas de Lope de Vega. Y a estos no les encargamos remozar ni el cuarto de baño, no vaya a ser que nos los encontremos haciéndose la consabida autofoto: eso sí, desnudos.

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