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La visita del Papa a Estados Unidos

Alfonso Cuenca Miranda
domingo 20 de septiembre de 2015, 19:01h
Actualizado el: 21 de septiembre de 2015, 14:13h
Como es conocido, en pocos días el Papa Francisco I inicia su primera visita a Estados Unidos. En la actualidad se calcula que hay aproximadamente 70 millones de católicos viviendo en Estados Unidos. El catolicismo ha experimentado un indudable auge en las últimas décadas, constituyendo el grupo religioso más numeroso en el actual hegemon mundial (bien es verdad, que frente a la unicidad católica, proliferan las confesiones protestantes).

El fenómeno descrito cobra aún más relevancia si se tiene en cuenta que Estados Unidos no es un país de base o historia católica. Ciertamente, determinadas partes de su territorio, particularmente las de herencia española, (Texas, California, Nuevo Méjico, Florida…) sí fueron católicos desde su nacimiento, pero, el núcleo fundacional de la República norteamericana tiene una base abrumadoramente protestante. Con la excepción de Maryland (y, dentro de ella, particularmente Baltimore) el resto de las trece colonias fueron predominantemente protestantes en sus cimientos y primeros pasos, compartiendo prejuicios simultáneos contra el catolicismo y el anglicanismo (este último “perseguidor” de sus confesiones en el Viejo Continente). Todo ello hará que en un primer momento, con muy raras salvedades (caso de la Pennsylvania de William Penn) las colonias estatuyan una legislación muy alejada de la tolerancia respecto al catolicismo, si bien no tan restrictiva como la inglesa de la época, que, se recordará, prohibirá hasta 1829 al acceso de los católicos a los cargos públicos (de hecho, entre los firmantes de la Declaración de Independencia y la Constitución de 1787 se encuentran tres católicos). Las reticencias iniciales desaparecerán, al menos desde el punto de vista legal, con la creación de la nueva nación, que tendrá como una de sus piedras angulares (plasmadas en la I Enmienda de la Constitución) la libertad de cultos y la estricta separación Iglesia-Estado. La oleada migratoria de mediados del siglo XIX, con la irrupción de irlandeses, italianos y polacos, marcará el despegue de la religión romana en Estados Unidos, lo que provocará el surgimiento de movimientos anti-católicos (especialmente recelosos de su infiltración en el sistema educativo), singularmente el denominado partido Know Nothing, que denunciará al catolicismo como traidor a los intereses patrios por la sumisión que implica a una autoridad extranjera como el Papado, corriente que cruzará al siglo XX y que tendrá acogida en el “ideario” del tristemente célebre Ku Klux Klan.

Con todo, la fuerza del catolicismo no hará sino incrementarse con la tercera oleada migratoria de finales del XIX y comienzos del XX. Los católicos serán una fuerza a tener muy en cuenta en relación con diversos fenómenos como el asociacionismo obrero o la ley seca (en este punto con una postura más flexible que otras confesiones de índole puritana) o en determinados ámbitos geográficos como el Sur. En este sentido, el New Deal rooseveltiano tendrá en los católicos unos de sus más numerosos y ardientes valedores, creándose una suerte de alianza que marcará la fidelidad católica en las urnas respecto a los demócratas. La misma llegará a su culmen con la presentación en 1928 del primer candidato católico a la presidencia, Al Smith, intento frustrado que alcanzará el éxito treinta años más tarde con John Fitzgerald Kennedy. Con todo, la posición oficial de los políticos católicos estadounidenses a partir de entonces vendrá marcada por la célebre alocución del candidato JFK ante un congreso de ministros baptistas: “Yo no soy el candidato católico a presidente. Soy el candidato del partido demócrata a la presidencia, quien ocurre que es católico”.

Normalizada la presencia católica en el ágora, las décadas de los setenta y ochenta marcan un cambio en la presencia de aquélla en el debate público. La lucha cultural que tiene como verdadero punto de arranque Roe contra Wade en 1973 (legalización del aborto), además de otras circunstancias concomitantes (férrea oposición al comunismo del catolicismo estadounidense), harán que no pueda hablarse en adelante de una identificación del catolicismo con los demócratas, de tal manera que, a partir de entonces la división del voto católico sea muy semejante a la general en las diferentes citas con las urnas. En este sentido, se detecta por vez primera la involucración católica junto con el resto de confesiones protestantes en las grandes coaliciones religiosas que explican las mayorías de Reagan (1980,1984) y, años más tarde (2000 y 2004), las de Bush 43.

Por lo que respecta a las relaciones con la Santa Sede, ha de indicarse que, tras el mantenimiento de relaciones consulares con el Papado desde 1797, el Congreso estadounidense prohibió en 1867 la financiación pública de cualquier establecimiento de una misión diplomática en territorio papal (influyó en ello las acusaciones de que determinados católicos habían protagonizado la conspiración que acabó con el asesinato de Lincoln). En su lugar, en el futuro los Presidentes designaron enviados personales que periódicamente viajaban al Vaticano, situación que perduró hasta que en 1984 el Presidente Reagan nombró al primer embajador ante la Santa Sede. Con todo, los contactos personales entre los representantes de los dos máximos poderes, espiritual y temporal, se habían producido ya antes: por vez primera entre Wilson y Benedicto XV en 1919, y desde entonces con creciente frecuencia. Cabe destacar que el Presidente que en más ocasiones se ha entrevistado con el Sumo Pontífice ha sido G. W. Bush (seis), seguido por Kennedy, Reagan y Clinton (cuatro). Por otra parte, desde la primera visita papal, en octubre de 1965, durante la administración Johnson, han sido frecuentes y normales las visitas papales a territorio estadounidense.

La inminente visita papal tendrá, desde el punto de vista político, dos hitos destacados. Así, en primer término, el día 24 el Papa se dirigirá a las Cámaras reunidas en sesión conjunta (por vez primera por parte de un Sumo Pontífice). Unas Cámaras en donde la presencia católica alcanza más de un 30%, sobresaliendo el hecho de que en la Cámara de Representantes tanto el Speaker, John Boehner, como la líder de la minoría demócrata (Nancy Pelosi) son católicos (además de su actual capellán, un sacerdote jesuita). En el caso del Senado, ese día actuará como su presidente el Vicepresidente del ejecutivo, Joe Biden, también de adscripción católica. Y es que el catolicismo ha estado y está muy presente en los círculos de poder estadounidenses. Así, la importancia del electorado católico explica que desde 1960 hayan sido mayoría las elecciones presidenciales (8 frente a 6) en las que ha figurado un católico en el ticket Presidente-Vicepresidente de alguno de los dos grandes partidos (en las últimas los dos candidatos a Vicepresidentes eran católicos). Incluso, en ocasiones, la presencia católica en las estructuras de poder se produce por encima de su importancia a nivel demográfico: así, por ejemplo, es ciertamente llamativo el hecho de que seis de los nueve magistrados actuales de la Corte Suprema sean católicos, o, por completar la lista de curiosidades, que en el elenco de directores de la CIA (incluido el actual) uno de cada tres hayan profesado la referida confesión (el porcentaje de aquellos educados en colegios o universidades católicas, particularmente jesuitas, es aún mucho mayor).

El otro “acto” destacado será el encuentro entre las dos espadas: Francisco y Obama. Ambos tienen en común el ser los personajes de la segunda década del siglo que más ilusiones y esperanzas colectivas han despertado a nivel mundial, en una sociedad, como la presente, tan necesitada de las mismas. El Presidente norteamericano, que afronta su último año de mandato, sólo ha podido satisfacer algunas (incluso para muchos las ha defraudado); Bergoglio solo está al comienzo de su labor. Sería impagable conocer lo que ambos se digan dentro de unos días.

Y, finalmente, el pueblo estadounidense podrá conocer de primera mano al Papa. Es llamativa la manera con la que los norteamericanos (y aquí tomamos al prototipo de WASP) contemplan al catolicismo. Y es que éste ejerce sobre los mismos una extraña atracción. Si en el subconsciente colectivo quedan resabios del pasado, sin embargo la tradición y la liturgia católica ejercen sobre ellos un efecto casi hipnótico. Francisco puede racionalizar y normalizar esa atracción. El pastor va a Babilonia, o a la nueva Roma, como se prefiera.
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