La hipertrofia de nuestra guerra incivil como tema recurrente y de obligado cumplimiento entre escritores alcanzó cotas fastidiosas tras el famoso acercamiento en 2001 de Javier Cercas con su Soldados de Salamina (aquí se ha dado cuenta de la continuidad del escritor cacereño en su empeño sobre la problemática relación entre historia y literatura). Buen pinchazo al hinchazón temático aludido metaforizó el rotundo título de Isaac Rosa con su inteligente ¡Otra maldita novela más sobre la guerra civil! (2007). La pregunta surge sola: ¿puede un escritor tantear de nuevo el asunto para contar con perspectiva nueva, sin la pretenciosidad ni el amaneramiento de esa novela histórica que apenas es o sin los efectismos de otras, como aquella practicada por Almudena Grandes? La lectura de La abuela civil española, parece indicar que para una escritora de talento nunca hay materia manida, sino acercamiento fallido.
Andrea Stefanoni (Buenos Aires, 1976) nos presenta una novela de factura seca y frase corta. Aliviada de la ampulosidad circundante, del sentimentalismo ramplón, del hueco biografismo. No es el caso extremo de lenguaje con que nos sorprendió Pablo Caballero en su notable Cartas clandestinas de un cartero casi enamorado (2006). Pero es una técnica cabal e inteligente para el tema abordado, y del que la autora sabe extraer buen jugo. Con título de fértil ambigüedad, La abuela civil española narra desde el recuerdo de su nieta, la historia de Consuelo, una niña crecida en los albores de la guerra cainita en Boeza, un pueblecito de León, cuya única fuente de ingresos es la mina de carbón y el pastoreo. La historia queda dividida en tres partes. El primer capítulo anticipa una suerte de poética narrativa: “Hay palabras de las que es difícil volver”. La palabra es “sangre” y a partir de ella inicia un surco regado por aquella materia humana. Consuelo se enamorará de Rogelio, combatiente republicano, encarcelado y más tarde perseguido por una traición antigua.
El primer tercio de la novela está trufado de hallazgos, con escenas brillantes: la escuela, la boda, el parto, algunos pasajes carcelarios. Hay un sabio uso de la división de capítulos y un manejo excelente de la escueta información. Así consigue en pocas líneas de frases certeras dotar a los personajes de vida verdadera, trazar la dureza del ambiente leonés, y desnudar el clímax psicológico (léase el primer párrafo del capítulo 7). En otras ocasiones una aparente frase insignificante, y en apariencia baldía, se eleva en el párrafo inserto ya que lo obvio deja de serlo en manos de Stefanoni. Por otro lado, hay una vuelta de tuerca al uso del paisaje como reflejo anímico del personaje que estrenara mucho tiempo atrás Galdós y difundiera Amiel en su Diario íntimo. Así un olor a lluvia, la tormenta, o el presagio de humedad despiertan en Consuelo una sensación de aprender ya que son sus únicos días de escuela al imposibilitar su trabajo como pastora. Entonces “El sol tenía la marca de la ignorancia. Del trabajo. El gris [sin embargo] era brillante”. Hay aciertos de innegable valor: “El dinero cuando no se tiene, funciona como calendario” aunque también tendencia a la sentencia: “Todos los idiotas de España estaban a su izquierda y a su derecha. Todos los estafados de la guerra”.
A veces retumban los ecos literarios insoslayables: “Hablaban sobre lo que algún día les gustaría hacer en sus vidas. Quizá sin saber que eso también era la vida” (aquellos versos famosos de Jaime Gil de Biedma sobre la seriedad de la vida). Sin riña se presenta un lirismo amargo para describir ese pueblo donde “los infartos eran sustos. Los cánceres, amarguras. La sífilis pecados”. Ese aparente juego de opuestos refuerza el dramatismo de algunas escenas: “Unos por un lado y otros por el otro, se fueron separando contra la poca luz del amanecer” o frente a los valles de los vencedores quedan “las cumbres del hambre” donde se refugiaron los perdedores. En fin, nuestra guerra por la cual “todos estaban, poco a poco, perdiéndose el rastro”.
La segunda parte nos cuenta el durísimo exilio en barco y los inicios de la nueva vida en Argentina. En el último tercio de la novela se diluyen la presencia de aciertos y la eficacia literaria al alargar la frase y acercarse al presente. Sin embargo, Andrea Stefanoni toca asuntos de hoy y de siempre: el doloroso exilio, las complejas relaciones familiares, en especial con los ancianos y con el pasado, que tan acuoso desea convertírnoslos esta sociedad nuestra (por decirlo con metáfora en boga). Y, por encima de todo, la voluntad del ser humano, por sobrevivir.
La abuela civil española nos descubre una escritora de notables capacidades a la que seguir la pista. De momento, nos regala páginas memorables con una historia que podría ser la de nuestra familia, y en cierta forma lo es.