TRIBUNA
La nación en tiempos de unificación y desunión
martes 29 de septiembre de 2015, 20:09h
Es interesante lo que ocurre en estos días en Europa. Por una parte, en Cataluña se han celebrado unas elecciones que tuvieron un marcado sello independentista, donde se ponía en juego la continuidad misma de España o la formación de nuevos referentes históricos nacionales. Por otra parte, este 3 de octubre se conmemoran 25 años de la entrada en vigor de la reunificación de Alemania, país tan dividido durante el siglo XX y que culminó una historia de desencuentros y odiosidad con la unión de quienes compartían una historia y una lengua, y que también querían ser parte del mismo proyecto histórico. El tema es de una indudable significación en la actualidad.
Las naciones y los estados nacionales, en la forma como la conocemos hoy, son el resultado de la trayectoria de los últimos tres siglos. Después de la Revolución Francesa y la expansión napoleónica, se produjo el auge del sentimiento nacional en distintas sociedades, lo que fue publicitado a través de discursos, de la música o la creación de emblemas que representaban esas nuevas formas de enfrentar, unidos, los desafíos que se presentaban por delante. La guerra fue un gran promotor del sentimiento, sea a través de ofensivas militares o de la defensa heroica de la propia patria. Como resultado, alemanes y rusos, franceses y españoles, italianos y polacos, tuvieron sus propias manifestaciones de consolidación territorial y estatal. América Latina también experimentó un proceso propio de nacionalismo en los diferentes países, que tuvo similitudes y diferencias con lo que vivía Europa en ese momento. De alguna manera quedaba configurado el mapa moderno.
Es evidente que no se trata de un proceso estático, sino que tiene múltiples variaciones, limitaciones y mutaciones. Así, por ejemplo, la Primera Guerra Mundial -surgida precisamente a raíz de exacerbaciones nacionalistas- vio hundirse el tradicional Imperio Austro-Húngaro, y con él vio nacer también una serie de nuevas entidades históricas que se asomaban al mundo con una larga tradición, pero que representaban formas novedosas de existencia política. La división del Imperio en estados más pequeños fue un acontecimiento con mayor relevancia de lo que muchas veces suponemos o queremos reconocer.
Si miramos el asunto en tiempos recientes, el final del siglo XX nuevamente fue una expresión de la vitalidad de la historia y de la capacidad humana para renovar estructuras, para recrear proyectos que parecían muertos, para dividir lo que estaba unido y unir lo que estaba dividido. En esta ocasión fue principalmente la desmembración del imperio Soviético lo que permitió el (re)surgimiento de proyectos nacionales que decidieron llevar una vida autónoma, sumando nuevos estados al mundo y cambiando las formas escogidas o impuestas durante la difícil centuria de las guerras mundiales y los totalitarismos. Como ha argumentado David Armitage en Las declaraciones de independencia (Madrid, Marcial Pons, 2012), en la última década del siglo XX se vivió una cuarta etapa de independentismo y declaraciones al respecto (la primera fue en la era de las revoluciones de 1776 a 1848, y las dos siguientes sucedieron a las dos guerras mundiales). "Entre 1990 y 1993, más de treinta Estados llegaron a ser independientes o recuperaron su independencia", sintetiza el historiador. Cuando se producía ese movimiento de profusión de nuevos países y divisiones territoriales, ocurría también una curiosidad impensable años atrás: la reunificación de Alemania.
El país que había sufrido durante décadas el totalitarismo de Hitler y el nacionalsocialismo, y luego la dictadura comunista en una parte de su territorio, comenzaba una nueva etapa. Para mayor claridad en tiempos complejos, debemos decir que la Alemania Oriental había construido el famoso Muro de Berlín, como demostración pública y división perenne entre las dos zonas de Berlín y de Alemania, para evitar que sus ciudadanos pasaran al oeste en busca de libertad, trabajo y mejores condiciones de vida. En apenas un par de años, cayó el Muro y se acabó la división, y el 3 de octubre de 1990 Alemania volvió a ser una sola nación, con un gobierno, una moneda única, un proyecto histórico nuevamente común, pero no entendido en función del odio racial, las divisiones ideológicas o de poder.
Como sabemos, la historia no ha terminado y siempre depara nuevos desafíos. Es probable que nunca vuelva a existir una profusión de declaraciones de independencia o formación de nuevas naciones como la ocurrida en la era de las revoluciones, de las guerras mundiales o en el fin del siglo XX. Aunque es imposible predecir el futuro, al parecer existe una estabilidad tal que las fronteras y las organizaciones estatales tendrán una mayor continuidad, y no serán atacadas por guerras, nuevos imperialismos o secesionismos, aunque en esto siempre hay que estar con sumo cuidado. Más todavía considerando el complejo escenario que vive España y la situación específica de Cataluña, marcada por la retórica divisionista y con un futuro que se presenta como necesariamente abierto, a diferencia de la claridad que se expresaba constitucionalmente en los años de la transición española.
En su conferencia clásica ¿Qué es una nación?, después publicada en forma de libro (Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1983), Ernest Renan reflexionó sobre un tema capital del pensamiento y la historia europea del siglo XIX, como era la formación y definición de las naciones. Ahí enumeraba ciertos aspectos que podrían considerarse centrales en lo que constituye una nación, pero que a la larga resultaban insuficientes: la raza, la lengua, la religión, la comunidad de intereses, la geografía. A diferencia de esos factores, algunos muy relevantes y que ciertamente influían en la configuración de las naciones, Renan explicaba el asunto en otra dimensión.
De esta manera, el pensador francés concluía: "Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que, en verdad, tan sólo hacen una, constituyen esta alma, este principio espiritual. La una está en el pasado, la otra en el presente. La una está en la posesión común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de seguir haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa". Pasado que resulta fundamental, pero que en el presente se manifiesta en un hecho tangible y determinante: "el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida en común". Por eso Renan resumía su planteamiento señalando que "una nación es (perdonadme esta metáfora) un plebiscito de todos los días".
Tema crucial y de la mayor importancia, asunto histórico y de una extraordinaria actualidad, que hoy se manifiesta conmemorando la reunificación alemana y el doloroso proceso que afecta a España, sometida a otro gran desafío histórico, en momentos en que unos celebran una eventual secesión y otros piden la unidad patria. Es el perpetuo dinamismo de las cuestiones humanas, especialmente aquellas que nos unen o nos dividen.