“El débil es el cruel, la amabilidad sólo puede esperarse del fuerte”. Leo Roskim
En el mundillo de las inversiones, tanto profesional como personal, se reproduce un comportamiento social muy curioso que se apoya en la premisa de que a nadie le gusta perder, y mucho menos admitirlo. Tengo amigos y compañeros de trabajo que siempre cuentan las apuestas que han ido bien pero nunca hablan de las que han salido mal. Cuando un asesor aconseja a sus clientes (inversores finales o gestores de fondos) sobre qué activos, qué zonas geográficas o qué mercados parecen, en definitiva, más atractivos, debería estar haciendo una apuesta concreta del tipo: ‘es recomendable menos renta variable (20% del patrimonio total) y mucha más liquidez (50%) ’; ‘mejor invertir en las bolsas de Europa y La India que en las de EEUU y China’; ‘es aconsejable comprar oro para defenderse de la locura de los Bancos Centrales (10%)’; ‘vender los fondos de renta fija a largo plazo o los invertidos en bonos de alto rendimiento e invertir sólo en los monetarios a corto plazo (20%) ’. Cada vez que hacemos una de estas apuestas, como todos aquellos que invierten, podemos acertar o podemos equivocarnos. Unos pocos lo admiten abiertamente pero la mayoría no lo hace. Así es la naturaleza humana: equivocarnos erosiona nuestro ego, ¿o tal vez todo lo contrario?
De la misma forma que hay muchas personas que siempre están ‘fenomenal’, hay un gran número de inversores a nuestro alrededor que lo aciertan todo. Eso sí, a toro pasado. Cuando algún activo financiero, materia prima, zona geográfica o moneda sube mucho o cae mucho, ellos siempre dicen que lo habían anticipado y que, por supuesto, siempre tenían su dinero invertido en el lado bueno. Me pregunto cómo es posible que sigan trabajando después de tantos años dando en el blanco, a no ser que, sin yo saberlo, sean la competencia encubierta de Warren Buffet o de George Soros. Yo los llamo “I Told You, Securities.” o ‘Ya Lo Decía Yo, Sociedad de Valores y Bolsa’.
A nadie, repito, a nadie le gusta escuchar cómo otro inversor siempre dice que acierta con sus inversiones, como tampoco hay persona que aguante a otra que pregone estar boyante y encontrarse en estado de éxtasis constante. No es envidia de lo que estoy hablando sino de desconexión. Ningún inversor, profesional o no, que por supuesto acierta y falla -como todos-, quiere oír al fanfarrón que alardea, con muy poco tacto, sobre sus buenas decisiones de inversión y va dando lecciones. “El ingenio de la escalera” lo llaman los franceses, que se refiere a las frases ingeniosas que podrías haber dicho durante la fiesta pero que se te ocurren demasiado tarde, cuando ya te has ido y estás bajando por las escaleras. Curiosamente los que ‘siempre aciertan’ en realidad ‘nunca se mojan’ ya que no quieren equivocarse. Son ambiguos y no admitirían estar equivocados sin utilizar una excusa de fuerza mayor, por supuesto ajena.Siguiendo este mismo razonamiento, a una persona que tiene problemas, como todos los tenemos, no le gusta oír cómo el vecino no solo no tiene ningún problema sino que todo, absolutamente todo en su vida, es excelente, reluciente y formidable. Recuerdo como si fuera ayer la noche del siglo pasado que me unió para siempre a un amigo de la adolescencia. Después de salir y entrar, ligar y emborracharnos juntos durante unos cuantos años, no sin algún susto y dificultad por el camino, una noche, en un campamento en Francia, me confesó lo mal que estaba la relación entre sus padres y lo mucho que le dolía. Hasta ese día no tenía ni idea, yo creía que mi amigo era el chaval más feliz, más guapo, más majo y más triunfador que había conocido, y lejos de decepcionarme, su declaración nos llevó a otro nivel de amistad que perdura y se alimenta desde entonces. Quiero pensar que él se siente igual que yo cada vez que le hablo de mis sombras, de mis miedos, de mis problemas o de mis malas inversiones.
La mayoría de las personas pensamos que si tenemos la fachada (del inglés “façade” ) más limpia y reluciente de todo el pueblo, seremos los más visitados; y es una creencia extendida pensar que cuanto más engrandecemos las hazañas y cualidades propias y ajenas (de hijos, padres, amigos y conocidos hasta el grado de “me lo presentaron una vez”), más adorados y queridos seremos, pero estamos equivocados: un ser humano sintoniza con otro por todo lo contrario, se une en la adversidad, y la hipocresía nos separa. Cuando uno abre Facebook, o mejor dicho Façade-book, ¿qué ve? Muchas fotos y comentarios ‘chulos’, mucha gente guapa, muchos dientes blancos en las fotos pero sobre todo mucho Photoshop, mucho maquillaje y también mucho miedo. Miedo a ser honesto y miedo a mostrarse natural, a no estar a la altura. Nadie quiere aparentar ser débil o mediocre, pero curiosamente la debilidad y el infortunio, en el fondo, es lo que nos ha unido desde hace siglos. Las conexiones más profundas se producen cuando nos alejamos de la superficie y nos desnudamos ante el otro, ya que el que no tiene más ropa que quitarse, ya no siente vergüenza y se libera. El ‘pensamiento positivo’ del que tanto hemos escuchado no tiene nada que ver con la mentira, el marketing personal o la hipocresía. Está bien buscar el lado bueno de las cosas, no quedarse atrapado en laberintos mentales auto destructivos y no obsesionarse con el dinero que hemos perdido en una mala inversión, pero una cosa es ser ‘positivo’ y otra muy distinta es vivir una mentira, tragarse la bilis y no expulsar las toxinas de nuestro cuerpo por miedo a que se ensucie nuestra límpida fachada. Ser positivo es hablar con honestidad y con la seguridad del que se siente humano y tiene poco que ocultar ya que todos fallamos, todos nos deterioramos, todos sufrimos y todos olemos cuando sudamos, por no hacer un comentario más soez.
¡Menos Facebook y más ‘Naturlook’! (‘aspecto natural’ en inglés), y por supuesto menos ‘todo fenomenal’ y más ‘déjame que te cuente’ y menos ‘subir todo a la nube’ y más ‘andar con los pies en el suelo’.