Muchos filósofos han dedicado sus reflexiones a la guerra. Ésta ha pasado de ser un fenómeno que enaltecía al hombre a ser una expresión de la barbarie humana. Muchos han pensado la guerra, pero pocos han escrito sobre el ejército, su estructura y funcionamiento. Varias son las razones de esta carencia. Ya el Quijote trataba la rivalidad entre las armas y las letras, si uno se dedica a las armas, poco tiempo le queda para el cultivo de las letras. Sin embargo, queda el legado escrito por grandes militares. Una muestra excelsa de ello se encuentra hoy en el Alcázar de Toledo, un recinto majestuoso, convertido en el último refugio para los restos del Museo de Ejército. Se trata de la exposición de las cartas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, dirigidas al político más grande de su época, Fernando el Católico.
El motivo para la recuperación de este legado es el quinto centenario de la muerte del Gran Capitán acaecida el 2 de diciembre de 1515 en Loja. Allá podemos ver no sólo los escritos inéditos del archivo de los duques de Maqueda, sino otras piezas de gran valor como las armas y obras de arte. Después del 31 de enero de 2016, la exposición empezará su peregrinación por Córdoba y Granada. El éxito de cualquier exposición depende de lo que expone y cómo lo hace, pero en el caso de los documentos es necesario conocer la trascendencia de ellos, ¿qué llevan dentro estos escritos? ¿Cuál ha sido el legado más importante de este gran hombre?
El Gran Capitán fue, ni más ni menos, el creador del Estado moderno. No es exageración: Gonzalo Fernández de Córdoba fue el colaborador más fiel de los Reyes Católicos, llevó a cabo en los campos de batalla y las tierras conquistadas las instrucciones que leemos en las cartas. Fernando el Católico, quien sirvió de modelo para que Maquiavelo escribiera su Príncipe, es preciso y claro. Sabe lo que quiere y sabe el modo de conseguirlo, donde la pieza clave es el Gran Capitán, un líder político por excelencia y un estratega militar.
Los que hoy día denigran la guerra por ser un quehacer despreciable, no conocen, o mejor, niegan la historia universal. El siglo XV es el momento de la demostración de la fuerza militar, que era el único modo de asegurar la existencia independiente de los Estados en formación. El mayor rival de los Reyes Católicos, después de la rendición de Granada, fue el monarca francés y el territorio discutido - los reinos de Italia. Precisamente las fuerzas de los franceses hicieron lucir el talento del Gran Capitán, quien lanzó frente a sus caballerías pesadas y lentas, la infantería ligera y móvil, germen de los futuros tercios. El Gran Capitán desarrolló la tradición militar hispana, forjada por siete siglos de enfrentamientos, que consistía en la guerra de desgaste y las emboscadas, en fin, la guerra del desgaste que pudo con el ejército francés muy bien abastecido. Estas innovaciones llevaron el arte de la guerra a otro nivel, ejercido durante todo el siglo XVII por toda Europa. Con todo lo dicho, la estrategia militar no era nada más que el último medio para defender los intereses estatales, cuando los medios pacíficos no dieron ningún resultado. Sería imperdonable olvidar que Gonzalo de Córdoba fue un gran político: negoció con el rey Boabdil y redactó las capitulaciones de rendición de su reino; antes de dar un combate, siempre negociaba y a veces conseguía el arreglo pacífico.
Los escritos de la exposición desmontan varios tópicos que existen en torno a los Reyes Católicos en particular, y en torno a la monarquía española en general. Las cartas demuestran que la retirada de Gonzalo de Nápoles no influyó en las buenas relaciones con el rey Fernando. Una de las virtudes de aquellos grandes personajes era saber muy bien delimitar los intereses del Estado de las relaciones personales. El “desagradecimiento” del rey Fernando no es nada más que un tópico, introducido por los historiadores que tienden a dramatizar mucho hasta convertir la historia en una novela. Pocos han reparado en otro aspecto de la monarquía que se nos aclara a través de las relaciones entre el Capitán y el Rey: ¿por qué la creación de infantería sólo ha sido posible en los reinos de España? La respuesta es sencilla y proviene de la naturaleza de este ejército: la infantería son los súbditos armados, no la nobleza, sino los de a pie. Si la nobleza vive de su fidelidad al rey, los súbditos - no, y armar a ellos para el monarca francés era el mayor disparate y temor por la sublevación. De aquí la preferencia francesa por los suizos y la caballería noble. Mientras que en España, al contrario, faltaban recursos para suministrar las fuerzas extranjeras y sobraban los súbditos que durante siglos estaban defendiendo sus tierras con sus propias armas. La guerra para ellos no era la obligación que les impone el monarca, sino la necesidad cotidiana de defender sus propiedades e intereses, entre cuales estaban los intereses de la monarquía.
Si consideramos que la labor del Gran Capitán sólo tuvo impacto en Europa, nos equivocaremos mucho. Antes que nada, uno de los capitanes más destacados y su hombre de confianza se llamaba Gonzalo Pizarro, el padre de Francisco, conquistador del Perú. Gonzalo Pizarro, apodado el Largo, luchó durante años en las guerras de Italia y luego en el reino de Navarra. Si el padre está citado en las crónicas de Antonio Rodríguez Villa, no tenemos documentos sobre la participación de Francisco Pizarro en las campañas italianas, pero todo señala que él también pasó un buen tiempo en el famoso ejército. Según López de Gómara, Francisco sirvió bajo las órdenes de éste, siempre como soldado, en el sur de la Península, Calabria y Sicilia. Los compañeros de Pizarro, que describen su vida como en el Perú, señalan que solía vestir las botas blancas y el sombrero del mismo color al uso de Gonzalo de Córdoba. Hernán Cortés también fue tentado por las heroicas hazañas del ejército español y quiso formar parte de ello, pero una travesura nocturna cambió su rumbo y, finalmente, se dirigió al otro lado del Atlántico.
Pero la influencia más importante ha sido lo que estos hombres, Cortés y Pizarro, llevaron al Nuevo Mundo. La tradición es lo que une fuertemente las conquistas del Nuevo Mundo y las campañas europeas. Antes que nada, el modo de llevar a cabo la guerra, evitando el combate y tratando de negociar la paz con los indios mediando el trueque y las alianzas. Hernán Cortés es un ejemplo excelso del político, obligado a actuar como un militar en el asedio del Tenochtitlán, donde el enemigo numeroso no supo sobreponerse a la táctica del desgaste impuesta por los españoles. Más aún, en las Ordenanzas de buen gobierno para los vecinos y moradores de Nueva España, 20 de marzo de 1524, dice así: “Primeramente: Mando que cualquier vecino y morador de las dichas ciudades e villas que agora hay e hobiere, tenga en su casa una lanza y una espada y un puñal, y una rodela e un casquete o celada, e armas defensivas, agora sean de España, ora de las que se usan en la tierra; […]” que además, tengan un caballo o yegua, lanzas, escopetas, y organizan cada cuatro meses los alardes. Es decir, la defensa de las tierras conquistadas corría a cuenta de los propios súbditos que no los militares mantenidos por la Corona.
No sólo los arreglos militares en América iban determinados por las normas y la tradición española, sino también la construcción de una nueva sociedad mestiza respondía a las normas aplicadas, por ejemplo, en Nápoles. Fernando el Católico en una de las epístolas a Gonzalo de Córdoba le pide a promover los matrimonios entre los españoles y las mujeres napolitanas, como el modo más seguro para asentarse en tierras recién recuperadas. En cuanto al Nuevo Mundo, en el 1514 salió una cédula real que reconocía los matrimonios mixtos entre indígenas y españoles que legalizó los linajes mestizos y promovió las alianzas entre los capitanes y las hijas de los caciques, suprimiendo de paso la tradición indígena de “regalar”mujeres a cambio de alianza militar o simplemente de mercancías.