“Naturalmente, en este océano hay olas mansas y olas tremendas; se presentan emociones violentas como la ira, el deseo, los celos. El verdadero practicante las reconoce no como un obstáculo ni una perturbación, sino como una gran oportunidad.” Sogyal Rimpoché
¿Alguna vez se han parado a dejar de pensar? El ejercicio opuesto parece una actividad muy común que además se incentiva desde temprana edad: “hijo, quiero que pienses por ti mismo”, o “no digas todo lo que piensas, pero sí piensa todo lo que digas”. Pensar, como hablar, está muy valorado pero tiene sus inconvenientes. Muchas veces uno querría dejar de pensar y parece que existen muchas formas convencionales para intentar conseguirlo como ver la TV, hacer deporte, salir de fiesta o, de una forma más extrema, dormir todo el día, medicarse, emborracharse o jugar al “Candy Crush”. Sin embargo ni siquiera todo el poder de la tecnología, de la química y de la industria del entretenimiento juntas han logrado alejarnos de nuestros pensamientos. Dejar de pensar parece una tarea casi imposible, al menos voluntariamente.
En vez de proponerles otro nuevo modo de evasión -tarea de muchos otros-, me gustaría invitarles a observar cómo funciona la máquina de fabricar pensamientos que todos llevamos encima de los hombros. Cuenta en uno de sus libros el gurú espiritual Eckhart Tolle, que una vez en el metro de Londres se sentó enfrente de una señora que no paraba de hablar sola en voz alta. La mujer tenía un diálogo consigo misma como si dos personas diferentes estuvieran discutiendo. Por un momento pensó que la señora estaba loca perdida, pero reflexionando sobre el tema llegó a la conclusión de que, en el fondo, él también tenía esa ‘otra persona’ dentro de su cabeza con quien -también- mantenía una especie de diálogo interior constante. La principal diferencia entre la señora del metro y él era que ella hablaba consigo misma en voz alta mientras que él no lo hacía, al menos en público. ¿Cómo y de dónde surgen esas voces? y los pensamientos, ¿son elegidos o aleatorios? ¿Existe alguna técnica que nos pueda ayudar a dejar de pensar?
Les propongo un sencillo ejercicio que les llevará tan sólo 10 minutos:
1) En una habitación cerrada, con poca luz y el menor ruido posible, siéntense en un sitio cómodo pero con la espalda erguida. En el suelo sobre un cojín, en una silla, en un banquito.
2) Cojan la postura poco a poco, cierren los ojos y empiecen a respirar por la nariz, inhalando y exhalando de forma natural. Sin forzar la respiración ni contenerla, sino con toda naturalidad.
3) Por liviano que parezca, intenten concentrarse en el aire que entra por las fosas nasales y en cómo sale: frío o caliente, despacio o deprisa, con fuerza o suavemente, sólo por una fosa o por las dos.
4) Intenten percibir cómo el aire que entra es un poco más frío que el aire que sale y cómo este último se desliza por la parte justo debajo de su nariz y encima de su labio superior: zona del bigote. Si no lo aprecian, permítanse un par de respiraciones fuertes para sentir el aire en esta parte del cuerpo, después vuelvan a la respiración natural.
5) Si en cualquier momento se despistan con cualquier pensamiento y su mente se va a otro sitio que no sea su respiración, vuelvan al ejercicio sin darle mayor importancia, simplemente sean conscientes de que se han despistado y vuelvan, de nuevo, a concentrarse en la respiración.
ADVERTENCIA: Antes de sentarse y probar me gustaría advertirles de que en un estudio llevado a cabo por el científico Timothy Wilson, un psicólogo de la Universidad de Virginia, el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres prefirieron recibir una descarga eléctrica antes de quedarse solos con sus pensamientos, aunque solo fueran 10 minutos. Los 10 minutos eran sólo un promedio: los experimentos oscilaron entre 6 y 15 minutos -esto último ya una tortura-, e incluyeron a gente desde los 18 a los 77 años de todo tipo de extracción social y nivel académico y cultural.
Hace unos meses en el artículo titulado “Antídoto contra la agitación” describía dónde residía el origen de nuestro sufrimiento, según un punto de vista ancestral que comparto. A través de este pequeño (gran) ejercicio les propongo poder ser testigos de su enemigo más poderoso: su propia mente. Sentados en silencio y con los ojos cerrados, observen cómo sin desearlo surgen pensamientos como si se trataran de palomitas de maíz en una sartén caliente. Sean conscientes y contemplen cómo todos los pensamientos surgen, se quedan con nosotros un tiempo, y se van. Algunos durarán unos segundos y otros pensamientos les acompañarán casi los 10 minutos sin apenas poder concentrarse en su respiración, pero no importa ya que el objetivo no es ‘dejar de pensar’ sino observar lo que ocurre, sea lo que sea, sin juzgarlo ni valorarlo, simplemente ser testigo de lo que sucede. La meditación puede ser muchas cosas pero no tiene nada que ver con dejar la mente en blanco, con relajarse, con distraerse o con desestresarse. La meditación es, sin embargo, un ejercicio de contemplación y observación atenta que, con la práctica, nos ayuda a conocer y aceptar de primera mano la realidad tal y como es: subjetiva, impermanente y dinámica.
Lo importante no es todo aquello que nos sucede sino la opinión que surge con lo que nos acontece, y esta opinión, en el fondo, puede que sea casual, espontánea y efímera, ya que igual que viene, se va, más tarde o más temprano. Aunque, puestos a dejar de sufrir, ya que dejar de pensar no se puede, ¿no sería mejor hacerlo más temprano que tarde?
“El problema no son los pensamientos en sí mismos, sino el hecho de estar pensando sin ser consciente de ello”. Sam Harris