La editorial Renacimiento, con el esmero que la caracteriza, acaba de poner en circulación un volumen, bajo el título de Constantinopla, que reúne por primera vez la totalidad de las crónicas que, desde diciembre de 1908 a marzo de 1909, un joven Julio Camba envió desde dicha ciudad a La Correspondencia de España, así como las que posteriormente escribió sobre tema turco en fechas y diarios diversos (El Mundo, España Futura, La Tribuna, ABC, El Sol, La Vanguardia) hasta 1952. Y se completa con otro bloque correspondiente a su viaje al Perú.
La preparación, que denota una minuciosa labor de documentalista, ha corrido a cargo de José Miguel González Soriano, quien ha conseguido sumar una veintena de nuevos textos a los registrados “Desde Constantinopla” por Almudena Revilla en Periodismo y literatura en la obra de Julio Camba, principal referencia hasta el momento. El gran acierto de conseguir completar este grupo de crónicas permitirá al lector comprobar de primera mano la evolución literaria e ideológica del Camba, quien partiendo de una anterior posición filo-anarquista, pasaría al escepticismo -que muestra ya en la época de “La Corres”…- y, posteriormente, a un conservadurismo moderado, que es su perfil más conocido; y que le llevó, al reeditar posteriormente algunos de estos artículos, a eliminar ciertos comentarios, como, por ejemplo, el que se refería a las “carnes apostólicas” del nuncio papal, con quien coincidió en el viaje en barco “De Nueva York al Callao”.
Estos textos conforman la primera corresponsalía en el extranjero de Julio Camba, quien -dice González Soriano- habría de convertirse en una “rana viajera” en el oficio. El que aquí asoma es un Camba que había sido testigo de niño de la tertulia secreta de librepensadores que tenía lugar en la farmacia donde trabajaba de ayudante; que enseguida comienza a escribir para pequeñas publicaciones ácratas; que con solo 16 años deja su tierra natal y se va a Buenos Aires, donde será detenido por participar en una huelga general revolucionaria; un Camba que, a su vuelta y en breve tiempo, movido por un precoz descreimiento, publica unas “incisivas crónicas parlamentarias” a la manera de Azorín, y que adquiere cierta fama por su columna “Palabras de un mundano” del diario El Mundo.Y es ese tono de inteligente e irónico desencanto (“Yo conozco un procedimiento infalible para hacer conservadores a los revolucionarios: elevarlos al Poder”), de aguda chispa, de un peculiar humor teñido de acidez -que abandona en ocasiones para ser directo y descarnado (“Probablemente las rosas de la primavera ensangrentarán las manos del mundo en los valles de los Balkanes. Los cadáveres serán enterrados, y en el próximo invierno la nieve volverá a caer. Entonces los poetas hablarán de un blanco sudario…”)-, el que, unido a un compromiso y una implicación fresca y sincera, hace que el lector de hoy lea con verdadero gusto estos reportajes que se muestran libres de la mordaza que actualmente le impondría lo “políticamente correcto”. La oportunidad de esta publicación está también en las alusiones continuas y paralelismos que Camba hace respecto a la España del momento: “Una revolución tiene que ser terrible, como quieren la revolución española los conspiradores de la Puerta del Sol. Si la revolución no es terrible, la Libertad no puede ser generosa”; o “La Turquía no se ha emancipado, pero comienza a emanciparse. España puede mirarla con envidia”.
En la introducción, amplia y documentada igualmente, González Soriano esclarece diversas cuestiones sobre la política turca del momento, informa acerca del periodismo de la época -que tuvo su verdadera edad dorada en España por esos años-, además de mostrar la trayectoria literaria del autor. Camba no es un escritor olvidado, pero en las numerosas ediciones de sus textos y en la crítica sobre su obra se suele incidir en temas o ámbitos ya conocidos, olvidando otros. Por lo tanto, como en la parábola del hijo pródigo, alegrémonos de la vuelta de este Camba, que se ha hecho, además, con la pulcritud y respeto que merece. Se da la feliz coincidencia de que Julio Camba escribió alguna vez para “Los Lunes” de El Imparcial, así pues, justo es acercarlo de nuevo a esta tribuna a través de una edición que revela un quehacer amoroso y moroso, como requiere siempre -a despecho del ritmo que marcan los tiempos- todo trabajo bien hecho.