Las generaciones más jóvenes asumen la democracia como una forma natural de organización política. Todos los años se repiten procesos electorales en el mundo entero, que son informados por aquellos medios casi instantáneos que hoy se disponen para la difusión de las noticias y las opiniones. Actualmente, el proceso electoral norteamericano es seguido en distintos lugares del mundo, así como el caso de España excede los estrechos marcos de su territorio, interesando en otros lugares del planeta, en una forma que tiene sus correlatos en diferentes partes donde se realizan elecciones.
La realidad es bastante más compleja y contradictoria, históricamente hablando, y la democracia es un régimen de corta data y de una considerable debilidad en el pasado. Más allá de sus antecedentes en la Grecia clásica, lo cierto es que se trata de un régimen con poco más de un par de siglos de vida. En el siglo XX, si nos retrotraemos al mundo de entreguerras, se podía apreciar la crisis intelectual y práctica del liberalismo en los distintos lugares de Europa y de otros continentes. Las dictaduras totalitarias, comunista, fascista y nazi, sin duda eran las más terribles, pero en modo alguno eran los únicos autoritarismos del periodo, que parecía dejar a las democracias en el basurero de la historia. La situación se repitió en varios lugares del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, pero quizá el tema se volvía irrelevante ante la noticia de que sociedades como Francia, Alemania o Italia habían recobrado la libertad y el régimen democrático.
En América Latina, por ejemplo, la regla general en las décadas de 1970 y 1980 eran las dictaduras militares. Luego, y de forma progresiva, se fueron produciendo transiciones democráticas en los diversos países: en Argentina y Brasil, en Perú y en Chile, en Panamá y Paraguay, cada uno con su historia y especificidades, pero también con el elemento común de ser parte de la "tercera ola de democratización" de la que habla Huntington, de la cual España fue pionero a partir de 1975. En la actualidad en cada año hay elecciones en más de un país, con todo lo que ello implica en términos de participación democrática, alternancia en el poder e irrupción de fuerzas políticas y candidatos que se enfrentan en las urnas. Por lo mismo, dictaduras como la de los hermanos Castro en Cuba representan una excentricidad histórica en la actualidad.
Lo curioso es que la misma consolidación de la democracia ha hecho renacer las críticas hacia el sistema que parecía concentrar los mayores apoyos y esperanzas. Una de estas críticas se refiere a que el acto de votar sería insuficiente, que lo relevante es la participación y que ella debe ser constante y darse también en las esferas sociales. Una segunda crítica se relaciona con la incapacidad del régimen democrático para resolver problemas siempre presentes en las sociedades, como son la pobreza o la falta de oportunidades laborales, la vivienda o el acceso a la salud, que siguen vigentes en medio de una democrática indiferencia, como se insinúa con sarcasmo. El voto, que durante muchas décadas e incluso siglos era la gran aspiración de la democracia y el gran factor de desarrollo del sistema -recuérdese solamente el triunfo gigantesco que se produjo cuando el derecho de sufragio se extendió a las mujeres-, hoy se considera un mero punto de partida, marcado por la insuficiencia. Pero las elecciones siguen siendo muy importantes y el gran factor de legitimidad de origen de los gobiernos en el mundo.
El tema vuelve a cobrar relevancia en el caso de España, considerando nuevamente experimentará procesos electorales decisivos dentro de poco, como es la elección para formar gobierno y definir la continuidad o la alternancia de Mariano Rajoy y el Partido Popular en La Moncloa. Porque España, después de la muerte de Franco hace casi exactamente cuarenta años, inició su propia historia democrática, ciertamente con dificultades, pero también con logros dignos de ser recordados en estos tiempos de olvido parcial y sesgado. La Constitución, la estabilidad, el progreso económico y social son algunos de ellos, que por ser hoy una realidad obvia, se minusvaloran o incluso se denigran.
El ambiente electoral de España es realmente interesante para los analistas y personas interesadas en la comprensión de los procesos históricos y políticos. Por ejemplo, existe la situación curiosa de un gobierno que podría considerarse exitoso en términos económicos y de recuperación del prestigio del país, pero que ha ido perdiendo respaldo ciudadano y fortaleza política. En una época de cambios vertiginosos y memoria de corto alcance, quizá pocos recuerdan la situación de España hacia el 2012, cuando el pesimismo y "la crisis" consumían la prensa, las conversaciones y el ánimo. Por otro lado, está el interesante proceso de renovación al interior del PSOE, cuya responsabilidad gubernativa en el desarrollo de la crisis ha ido dando paso a una generación joven y con discurso, que logró detener la debacle que presentaba el partido de Zapatero en tiempos de Rubalcaba.
Sin perjuicio de lo anterior, quizá lo más interesante radique en las dos nuevas fuerzas políticas que han irrumpido con fuerza, liderazgo y votos en la política española de los últimos años, pero cuya verdadera capacidad y respaldo popular todavía es un misterio. Podemos y Ciudadanos, y sus respectivos líderes Pablo Iglesias y Albert Rivera, ven que el 20 de diciembre es una oportunidad histórica para lograr cosas grandes, y desde hace algún tiempo incluso se plantean como alternativa de gobierno. Para ello deben convencer y sumar votos, más de lo que han hecho hasta ahora, así como mostrar ciertas capacidades de liderazgo y responsabilidad gubernativa que no se improvisan.
En cualquiera de los casos, las elecciones siguen teniendo un problema, prácticamente en todos los países: la hiperinflación de las promesas y las expectativas, las ofertas electorales que no siempre se cumplen en la realidad, pero que sirven para aumentar el caudal de votos. Y las consecuencias siempre son lamentables: cuando no se cumplen las promesas o los males reflotan, el sistema se desprestigia y podría entrar en un callejón sin salida. Ahí conviene tener en cuenta que la democracia es solo eso, con sus méritos y limitaciones, quizá la menos mala de las formas de gobierno conocidas, si usamos aquella fórmula que se le adjudica a Churchill.
Como explica Raymond Aron en Introducción a la filosofía política. Democracia y Revolución (Barcelona, Paidós, 1999), el régimen del que hablamos tiene muchos méritos, inmensos, pero con una condición muy importante: "a condición de que no se desee un régimen perfecto", como muchas veces se espera de la democracia, sin criterio histórico y con escaso conocimiento de la naturaleza humana. Los procesos electorales se viven con intensidad, mientras los resultados se lamentan o celebran. Pero una cosa debe quedar clara, y es que solo el trabajo bien hecho, sistemático, cotidiano, va labrando el progreso de los pueblos, mientras las elecciones y la democracia son simplemente condiciones que facilitan que ello se cumpla en libertad.