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TRIBUNA

Cortés y los acomplejados

Natalia K. Denisova
lunes 02 de noviembre de 2015, 20:18h

Es cansino y agotador responder a los críticos de Hernán Cortés. Lo he hecho tantas veces que he optado por la actitud de Juan Ginés de Sepúlveda de aguantar “sufriendo y callando”. Mas, como el cronista imperial, vuelvo a las andadas, vuelvo a hablar del primer marques del Valle, Hernán Cortés, en busca de otro fracaso. Sería imperdonable perder la oportunidad de alzar la voz, cuando uno de los más destacados conocedores de Hispanoamérica, Borja Cardelus, denuncia la zafia versión de Hernán Cortés que aparece en la serie Carlos V.

Sí, zafia y falsa es la figura de Cortés que campea por la televisión y por las instituciones, mejor dicho, por toda España y gran parte de Hispanoamérica. Es lamentable la actitud de los estudiosos y del amplio público a este cúmulo de viejos tópicos, lugares comunes y simplemente salidas de tono a la hora de tergiversar la vida de un hombre que vivió hace 500 años. En realidad, hay dos actitudes: una es el silencio cómplice que proviene del analfabetismo histórico; la otra es de los aplausos clamorosos que buscan con ello ocultar sus complejos y rendir homenaje a lo políticamente correcto. Nihil novum sub sole. Nada más anticuado que denigrar a Cortés: es una larga tradición que comienza durante su vida. Los cineastas, académicos, expertos, estudiosos y la mayoría del público siguen una larga tradición inaugurada por el rey Carlos I o el emperador Carlos V.

Hernán Cortés ensanchó el imperio español y fundó el primer virreinato continental. Si alguien con el mismo ahínco con que indagan sobre sus amantes y riquezas, se hubiera dedicado a investigar sobre su gobierno, ahora tendríamos una buena respuesta de porqué a partir de los años 1540 la Corona trata de contener las alabanzas a Cortés, prohibiendo sus biografías donde aparece como un héroe clásico, ganador del mundo nuevo. No respondía a los intereses de la Corona, reforzar a los españoles que ganaron las tierras. La imagen de Cortés engrandecido por el humanista Luseo Marineo Sículo y el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, servía para otros conquistadores que defendían sus intereses, a veces más que legítimos, otras veces no tanto.“La razón del Estado” ya se imponía sobre los súbditos y Carlos V buscaba vías para fortalecer la presencia y control de la Corona en las nuevas tierras. La rebelión y guerras civiles que estallaron en Perú, poco favorecieron a los conquistadores. A partir de este momento Carlos V deja hablar sin cortapisas a los religiosos que se quejaban contra los españoles y el más vehemente, Bartolomé de las Casas, que con su Brevísima relación de la destrucción de las Indias marca el hito: fuera de España da comienzo a la leyenda negra y dentro de España a una crítica autodestructiva. La lucha de intereses políticos y odios personales determinó la imagen nefasta de Cortés.

No hay nada reprochable en lo que se crea una falsa imagen de un personaje público. Al final, eso es lo que suele pasar siempre. Lo reprobable es que pasados cinco siglos sigamos sin querer saber la historia basada en documentos y hechos. Nadie quiere saber quién ha sido Hernán Cortés. La mayoría se conforma con la figura verde, jorobada y sifilítica del gran hombre inmortalizada por Diego de Rivera en el Palacio Nacional, expresión máxima de la ideología nacional-comunista del México del siglo XX. No es casualidad que la obra más sensata, exenta de saña e ideología, sea absolutamente desconocida. Me refiero al libro de Demetrio RamosHernán Cortés: mentalidad y propósitos que apareció en 1992. El historiador dice en un momento dado: “Lástima que de los grandes personajes se apoderasen los literatos o los políticos para hacerles según su capricho”. Añadimos hoy: lástima que uno de los grandes personajes de la historia de España, según Prescott, más grande que César, se hayan apoderado unos ideólogos de pacotilla para denigrarle y así excusar su analfabetismo histórico y sus complejos.

Cuando apareció la exposición los Itinerarios de Hernán Cortés, hace un año, algunos académicos salieron de su letargo para cantar las alabanzas a una muestra vacía, acomplejada e hipócrita. La muestra que se apropió del nombre de Cortés y lo utilizó para diluir su hazaña entre las conquistas de los romanos, árabes y, Dios sabe de quién más, para rematar esta vejación con unos esqueletos de españoles e indígenas sacrificados y comidos por los fabulosos aztecas o sus aliados. Esta es la “gran cultura” con la cual se enfrentó Hernán Cortés. Este es el homenaje que le seguirán brindando los acomplejados analfabetos del mundo de “la cultura” y los atrincherados en las “academias” que huyen de la discusión y aceptan cualquier imagen nefasta tanto de Cortés como del descubrimiento en general.

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