Una de las noticias más impactantes de los últimos días se refiere al cambio de la gran potencia que es China, para revertir su política del hijo único, que ha dominado en las últimas décadas como una especie de mandato para evitar problemas de ajustes en el desarrollo del gigante asiático.
De esta manera, las autoridades orientales decidieron prohibir que los matrimonios tuvieran más de un hijo, con enormes sanciones para quienes vulneraran esa normativa, desde penas pecuniarias hasta sanciones civiles. Incluso se cuenta que muchas veces el hijo número 2 de una familia carecía de identidad civil, con todos los problemas que eso conlleva, en materia de acceso a la educación o la salud, por ejemplo.
Los resultados de esta política en todos estos años han sido apabullantes. Por una parte, se desarrolló un sistema de aborto masivo, destinado a evitar no sólo el segundo hijo, sino también a evitar que el primogénito fuera mujer. Por razones culturales principalmente, los chinos preferían tener hombres. El resultado ha provocado la preocupación de las autoridades recientemente: se estima que en la juventud y entre los adultos jóvenes, las cifras de hombres exceden las de mujeres entre 18 y 30 millones de personas, con las consecuencias previsibles en términos humanos, sociales, sicológicos y poblacionales. Por otra parte, la política del hijo único ha significado una destrucción sistemática de la libertad personal y familiar, en una cuestión tan personal e íntima como es decidir la formación de la propia familia y la posibilidad de traer nuevas vidas al mundo.
El tema de fondo, como es posible apreciar, es mucho más profundo. Se refiere a dos bienes fundamentales de las personas en cualquier sociedad, como son la vida y la libertad. En el primer caso, se refiere al respeto por la vida humana, cuya dignidad no debe estar supeditada al gobierno de turno o a las decisiones de terceros, como si se tratara de cualquier cosa. Los niños tienen derecho a nacer, a vivir una vida digna, a realizarse como personas. Esto no se trata de un problema exclusivamente chino, sino que tiene vigencia en distintas sociedades en el mundo, que han privilegiado leyes que favorecen el aborto y que no respetan el primero de los derechos humanos.
El segundo aspecto es la libertad. El Estado, en el mundo contemporáneo, es un instrumento que debe servir para la mayor realización de las personas, debe auxiliar a las sociedades intermedias cuando sea necesario, debe ejercer sus funciones propias con eficiencia y un claro sentido de servicio público, para el desarrollo del país en su conjunto. En este sentido, las autoridades políticas tienen el deber de actuar sabiéndose servidoras del pueblo y no servidos por ellos. Esa es una de las grandezas de la vida política, como forma de contribuir al progreso social. Por lo mismo, resulta inaceptable que el gobierno de turno, en cualquier país, tome la decisión de cuántos hijos debe tener una familia, que desarrolle políticas de esterilización incluso con desconocimiento de los afectados, que decida sobre la vida humana como si fuera un producto más que se transa en el mercado. Las experiencias históricas del siglo XX fueron lamentables al respecto, tienen en el nazismo su expresión más cruel e inhumana, pero lamentablemente no fue esa la última forma de decidir la vida de terceros o de planificar contra la libertad personal.
Al respecto, es importante comprender y compartir dichas premisas para evitar regresiones dramáticas. De hecho, se ha afirmado que hay algunos problemas específicos de la sociedad china que han llevado a reconsiderar la política del hijo único. Entre ellos destaca la asimetría entre hombres y mujeres, pero también el hecho de que en la actualidad se está produciendo un envejecimiento de la población, lo que lleva a replantear la prohibición. El punto es que si se solucionaran ambos problemas, la lógica podría indicar volver a la política del hijo único, considerando que ya se mejoró la pirámide de población o se lograron equilibrios entre los sexos. Eso es errar nuevamente el camino.
El tema político relevante se refiere a las prerrogativas y limitaciones que debe tener un Estado en el mundo contemporáneo, así como los derechos, libertades y deberes que corresponden a las personas y las familias. Después de haber vivido los terribles traumas del totalitarismo en el siglo XX, de nazis, comunistas y fascistas, las últimas décadas habían posibilitado la formación de regímenes democráticos prácticamente en todo el mundo. En el caso de China se producía una situación curiosa: la apertura comercial y el establecimiento de ciertas formas de comercio libre sirvieron para evitar juzgar en su justa dimensión al régimen totalitario chino. Una dictadura comunista, de partido único y donde no existe libertad política ni social, tenía en las políticas de control familiar y de la población un poder inmenso que en modo alguno corresponde al Estado. De hecho, es el mismo Estado el que decide ahora que se podrían tener dos hijos y no uno, política podría revertirse en cualquier momento.
La vida y la libertad para tener uno o varios hijos, o no tenerlos, no corresponde al Estado ni al poder de turno, sino a los padres. Si hay restricciones de algún tipo -económicas, de alimentación, de espacio- diferentes sociedades han demostrado que es posible enfrentar esos desafíos no a costa de la libertad humana, sino precisamente a partir de la creatividad, el emprendimiento, la capacidad de crear riqueza, la solidaridad. Y el Estado puede, y quizá debe, crear mecanismos e incentivos que permitan enfrentar las dificultades con información, inteligencia y oportunidades.
El derecho a la vida y la posibilidad de elegir con libertad deben ser fundamentos claros en este tema, y no la decisión burocrática o legislativa del poderoso de turno.