El tratamiento dado a Hernán Cortés por la serie de TVE Carlos I Rey Emperador rebasa cualquier calificativo. Uno de los más grandes personajes de la historia española y mundial, resulta denigrado hasta unos límites inconcebibles, y todo ello adobado con una absoluta falta de rigor histórico.
Para empezar, se presenta a un Hernán Cortés que baja la mirada para dirigirse a Moctezuma, algo impensable teniendo en cuenta que el orgulloso extremeño era, a ojos del emperador azteca, la encarnación de un dios. Insólito también que el reflexivo Cortés se dejase llevar por la ira, al punto de atravesar con su propia espada a uno de los españoles. De dónde habrá sacado el guionista tamaña felonía.
No relata la serie cómo Cortés pudo dominar el imperio mexica, un territorio de varios millones de almas, contando con menos de quinientos hombres a su mando. Nada se dice de su astucia extrema a la hora de utilizar en su provecho el descontento de los tlaxcaltecas, sometidos cruelmente por los mexicas. Ni de los tremendos, espectaculares acontecimientos de la noche triste y el posterior asedio de Tenochtitlan, el verdadero núcleo de los episodios cortesianos, que la serie simplemente soslaya. Cortés aparece de pronto dueño del país como por arte de birlibirloque, como si el asunto no le hubiera costado nada. Y cuando lo ha hecho, el guión habla de que Cortés ha destruido “un paraíso”. Un paraíso gobernado por un tirano como Moctezuma, que sojuzgaba a los pueblos del contorno, y donde los sacrificios humanos estaban a la orden del día.
Dueño pues Cortés, no se sabe cómo, del imperio mexica, la serie se ensaña en lo que de verdad le interesa, que es anatematizar a Cortés a partir de lo que ha inventado la leyenda negra sobre él. Así, se recrea en un episodio menor como la muerte de su esposa Catalina Suárez, que por descontado se imputa al de Medellín, algo nunca probado. Una cosa son ciertas licencias argumentales y otra inventarse pura y simplemente la historia.
De ahí en adelante, la serie muestra a un Cortés que va de mal en peor: zafio, cruel, borrachín, arbitrario, caprichoso, prácticamente un vulgar asesino. Incluso sucio en su aspecto y su vestimenta, detalles que él cuidaba en grado sumo, pues es sabido que vestía con gran adorno, nunca con el desaliño que le pinta la serie. Veremos qué nos deparan los futuros capítulos, pero es más que probable que se le acuse también de veleidades independentistas, algo que jamás anidó en la mente leal de Cortés.
El tratamiento es, pues, tan falso como infame, y no solo hacia Hernán Cortés, sino hacia la propia obra de España. En un momento dado se queja Cortés de que la Corona, codiciosa de oro, solo quiere a México como “monedero”. ¿Y qué de la evangelización? ¿Y del intercambio cultural? ¿Y del cruce de sangres? Todo esto, el meollo de la presencia española en América, es ignorado por esta serie, que no es objetiva, sino que parece escrita por un relator cualquiera de la peor leyenda negra, y en cuyo guión se percibe un profundo sentimiento antiespañol.
En suma, una serie muy negativa para la imagen de España y una gran oportunidad perdida para contar la verdad. Lástima que no se haya aprovechado la serie para, más allá de lo anecdótico y sin interés, sacar a flote la verdadera obra de Hernán Cortés: Primero, la increíble epopeya de la conquista con un ramillete de hombres. Segundo, su acción colonizadora en los campos de la religión, la exploración y unificación del enorme territorio, la fundación de ciudades, el traslado a México de ganados, gentes, aperos... Con razón el autor mexicano Juan Miralles define a Cortés como el “inventor de México”.