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TRIBUNA

El nido de la serpiente

Víctor Morales Lezcano
lunes 30 de noviembre de 2015, 21:53h
Actualizado el: 30 de noviembre de 2015, 22:24h

El oficio del historiador es, de hecho, intelectualmente motivador. No creo que haya quien -con sensibilidad cultural hacia la dimensión histórica de la condición humana- pueda ponerlo en entredicho.

Sin embargo, el oficio de historiador está expuesto a los complicados efectos que derivan de su normativa deontológica. Esta normativa obliga al historiador a remontarse a los orígenes del caso y sus circunstancias, prudentemente distanciado de la fenomenología concreta del pasado; lo que le obliga siempre a documentarse y a intentar reconstruir aquel caso y sus circunstancias. De acuerdo con tal suerte de perspectiva me veo en la necesidad de recordar, ahora y desde El Imparcial, que la aparición (¿súbita?) del Estado Islámico de Iraq y Siria -reconocido como Daesh en lengua árabe- no es tan súbita, como algunos creen, aunque sí bastante innovadora en la cambiante trayectoria que la violencia ha venido trazando a través de los tiempos.

Una vez dicho lo dicho y presentadas mis excusas por tener que desempolvar la estantería en la que se conserva a resguardo el pasado del caso que hoy nos moviliza, me limito a recordar lo siguiente: La Primera Guerra Mundial generó, en su etapa final y a su terminación, una diplomacia de posguerra que no disfrutó de buena prensa. Y parece que ese baldón está cabalmente justificado, a la luz del consenso alcanzado por unos cuantos insignes historiadores como E.H. Carr, David Fromkin, y últimamente Robert Fisk y Eugene Rogan. Se trató de una tarea diplomática que, como ha ocurrido con frecuencia en el transcurso de los conflictos armados entre naciones e imperios, no se pudo ejecutar peor y no pudo contaminar más aún el escenario internacional del siglo XX en Centroeuropa y en Oriente Medio. Por poner el acento en el enrevesado territorio de la milenaria Mesopotamia, baste recordar que, tras la derrota del Imperio Turco-Otomano en 1918, se procedió a zanjar con escuadra y cartabón la cuestión de sus provincias árabes, creyendo poner, así, fin a la Cuestión de Oriente (1856-1914).

Las decisiones tomadas en Versalles, Sèvres y Lausana -entre otros tratados de trascendencia en la inmediata posguerra mundial- sembraron la semilla del desconcierto diplomático, del descontento árabe, de las expectativas sionistas y de una conflictividad interregional que llevó, en el transcurso del siglo pasado, a lo que puede denominarse como Segunda Cuestión de Oriente (1979-2015). O sea, la que se genera prácticamente a partir de la revolución iraní de los años 80 y que conduce de la mano a la eclosión violenta de una rama política del Islam, desafiante del statu quo que imperó en Oriente Medio desde el final de la Primera Guerra Mundial; hasta alcanzar las manifestaciones de terrorismo que han ido sucediéndose desde el 11-S en Nueva York y Washington hasta culminar -por ahora- con los atentados contra el semanario satírico Charlie Hebdo y la popular sala musical Le Bataclan, ambos en París.

Como ya se ha establecido en el campo de la historiografía contemporaneista, la Primera Cuestión de Oriente partió de un punto neurálgico: la decadencia interna del Imperio Turco-Otomano, seguida por las revueltas escalonadas de las poblaciones árabe-islámicas y balcánico-ortodoxas sumisas a la Sublime Puerta de Estambul. Ante el “enrarecimiento” interno de la Cuestión de Oriente, las mayores potencias del sistema internacional iniciaron pronto una intervención gradual, nada filantrópica, en el tejido del imperio en crisis, complicando desde el punto de vista diplomático, económico, energético y viario el explosivo marco de Oriente Medio a la altura de 1914. Solo la Gran Guerra vino, en teoría, a zanjar la cuestión de marras durante el paréntesis de Entreguerras, pero, como se ha recordado en principio, la insidiosa Segunda Cuestión de Oriente empezó a incubar con fruición los huevos que la serpiente había depositado en uno de esos nidos ocultos que sorprenden al imperio de la “razón razonante” con que no pocos piensan la Historia.

El resultado final de la Segunda Cuestión de Oriente, hasta ahora, se ha plasmado en una hidra de múltiples cabezas que castiga, mata y ha hecho de Occidente y Norte de África (piénsese en el malhadado Túnez) las latitudes preferentes de su praxis terrorista. Se está forjando una alianza contra el Califato suní de Daesh para aplastar la hidra con una lluvia de bombas, sin que otros procedimientos (bélicos) y recursos (humanos) tengan la oportunidad de ser puestos a prueba en la “nueva guerra” que encabeza el presidente de la Quinta República francesa.

Pero…¿no podría ocurrir una vez más que, por un astuto quiebro de la Historia, el presunto final de la Segunda Cuestión de Oriente diera lugar a otra versión del conflicto de nunca acabar? ¿Y que nuestro occidente volviera a descargar, por enésima vez, una lluvia de explosivos sobre Mesopotamia y los territorios que la circundan?

A los orígenes de la Segunda Cuestión de Oriente -dicho sea de paso- he dedicado unas cuantas páginas que saldrán a la luz a principios de 2016, en forma de ensayo histórico y que publicará la editorial Cátedra. Solo se trata de colocar en perspectiva el andamiaje del tema que allí abordo.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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