Cuando alguien se entera de que trabajas como periodista suele tener esta curiosidad: “Pero, ¿y te dejan escribir lo que quieras?” Hay un interés lógico sobre cómo funciona la información, si hay o no mordaza, o censura.
Grandes cabeceras internacionales han hablado sobre la censura en la prensa española. Me refiero al artículo en New York Times en el que se exponía el control del poder sobre los medios de comunicación. Hablaban algunos periodistas y sí, hubo despidos. Lejos de silenciarse, el asunto trascendió a la opinión pública española y corrió como la pólvora por las redes sociales. En buena medida, porque desde que se gestó cierto complejo de inferioridad frente al resto del occidente, aquí interesa mucho lo que se diga de nosotros afuera.
Por otra parte, Internet hace palidecer a la imprenta y es esa herramienta que impide silenciar nada. Es más, cuando se intenta acallar algo se produce una suerte de efecto multiplicador. Se trata del llamado ‘efecto Barbara Streisand’. Ocurrió que la actriz norteamericana denunció en 2003 una fotografía que consideraba que invadía su intimidad. Con la denuncia, consiguió que una información de corto recorrido adquiriera una gran repercusión mediática.
Es peliagudo, claro, pero creo que en los tiempos en que vivimos el principal problema no es la censura, sino la sobreinformación. No es que ‘no se hable’ de tal o cual cosa, sino que se habla, se perora, se pontifica incesantemente, todo el tiempo, y sobre cualquier cosa, a gritos.
En un mundo tan ensordecedor, el problema es distinguir la melodía del ruido, la información sustancial de la banal, la denuncia legítima de la difamación.
Además, como vivimos tiempos líquidos, frenéticos –al menos en apariencia-, la novedad constante lleva al ciudadano a olvidarse del titular no ya de anteayer, sino de hace apenas minutos, porque ha saltado otro más potente, más impactante, más indignante.
El Gobierno, por ejemplo, ha desayunado titulares incendiarios durante la legislatura. Hubo días en que los escándalos se acumulaban y ponían a prueba la capacidad de indignación del lector. Cada vez que te cruzabas a un amigo era un sobresalto: "¿Pero has visto lo que ha hecho tal alcalde? ¿Pero has oído lo que ha dicho el de cual partido?". Al final, no se sabía ya ni cómo había comenzado aquella borrachera de indignación, aquel reguero de enfado.
Y, sin embargo, llega Mariano Rajoy, se sienta a charlar con Bertín Osborne y todo olvidado: las encuestas siguen dándolo como ganador.