No tocar techo en el cenit del proyecto y degustar el amargor del sótano histórico en el mismo año. Bajo esta premisa aterrizó el trompicado paso continental madridista en Munich. Con el atisbo de un horizonte plomizo ante la perspectiva contraria a arrancar un triunfo y revolver la inercia. El Bayern, enemigo con nombres familiares desde el parqué hasta el banquillo, aguardaba en un Audi Dome que acogió el ardoroso y ordenado aliento de 7.000 espectadores. Buscaba el bloque bávaro allanarse el trago en la recta final de una primera fase volcánica a través de la imposición del ritmo y el desconcierto en la hoja de ruta madrileña. Y lo conseguiría en el primer suspiro, estirando su escapada de intensidad y cierre desde el parcial inicial de 8-3 y en recorrido hacia el 12-5 al que se arribó al borde de quemar los primeros cinco minutos.
El juego yacía pegajoso. Los pupilos de Laso se veían abocados a batallar en el pentagrama que les resulta menos favorable: el cuerpeo en estático, sin opciones de volar al galope del frenesí de Llull y Sergio Rodríguez. Así, tratando de detectar fisuras en la rigurosa cobertura de líneas de pase y pasillos de pizarra, consiguió el Madrid templar la presión con carácter. La ausencia nuclear que representaba la baja del lector de partidos Chapu Nocioni (esguince de hombro) y las molestias padecidas por Trey Thompkins esbozaban la idoneidad de discutir el devenir desde los centímetros y la jerarquía. Gustavo Ayón, que concluiría luciendo su imponente pedigree, y Felipe Reyes relativizaron el escenario inicial ajustando el luminoso. Con el aliño de la movilidad incipiente desde el perímetro, el enfrentamiento estrechó el margen con la primera ventaja española en el minuto ocho (14-15) y la fijación de un escueto 18-20 en el epílogo del primer cuarto.
Había respirado el partido tras el intenso acto inicial, pero no resultaría el intermedio más que un oasis hasta el descanso. Se replegó sobre sí mismo el intercambio de ajustes y el tacticismo, que derivó en la concatenación de imprecisiones y decrépita puntería, contaminó buena parte del segundo periodo. No obstante, un gris parcial de 2-2 retrató el paisaje hasta el cuarto minuto de recorrido. Sin soluciones ofensivas se manejaba un equipo capitalino que parecería quedar constreñido al magnetismo de los fantasmas de inconsistencia que le han dictado la travesía en el presente ejercicio. Dusko Savanovic y K.C. Rivers emergieron en el tosco ataque alemán para elevar la exigencia al hierático club visitante. El ex madridista inflingió 8 puntos consecutivos, delineados en dos triples, sólo encontraron rebate global en el banquillo, con el talentoso estilista Luka Doncic, el energético Willy Hernangómez y el debutante senegalés Maurice Ndour. La marejada en la que todavía salían a flote dos sistemas amaestrados por el oponente condujo a vestuarios, un partido sin dominador ni roles todavía repartidos con claridad. Ambos púgiles efectuaron trueques con la adquisición de ventajas discretas en una línea argumental sin renglones definidos. El 38-36, con mando teutón, subrayaba lo acontecido en pista.
La reanudación ofreció un aperitivo aún más integrista, para vanagloria de los departamentos técnicos defensivos, con un empate a cero parcial a lo largo y denso de los dos primeros minutos. No aceleraba el Madrid, que luchaba por alcanzar la preponderancia en un compás ajeno, como deliberando sobre la metafísica de su enfangado devenir. Pero Sergio Llull, como tantas otras veces, reclamó para sus compañeros el respeto y la atención al estilo que muta su pelaje en irresistible. Que haría traducir el primer tramo de curso en la toma de contacto antes de adquirir la velocidad de no retorno. En una suerte de alegoría específica de una planificación que conllevó el alzamiento de la Euroliga en mayo, el balear conectó un triple que refrescó automatismos, lógicas y dinámicas. Y, tras el consiguiente 38-39 que volvía a entregar la primacía a los merengues, el esquema ideado y gestionado por Pablo Laso irradió la deflagración que quemó la pretérita semana al candidatable Fenerbahce de Pero Antic, Bogdan Bogdanovic, Luigi Datome, Nikola Kalinic y Jan Vesely. Como una reproducción del crimen perfecto, la metamorfosis de cada variable de juego aconteció en un tercer cuarto de huida hacia adelante. Si en el BarclayCard madrileño los otomanos vieron reducida su variopinta producción a 10 puntos, el Bayern sufriría la anestesia del bagaje creativo que limitó su ataque a 13 puntos y dilató sus oquedades hasta los 29 tantos cedidos en el cuarto que se antojaría, de nuevo, decisivo.
La briosa protección del rebote, la multiplicación de sudor y manos en el achique y el aplomo del que se sabe superior cultivaron un ramillete de opciones que erosionó a un Svetislav Pesic que sólo localizó abrigo en tiempos muertos, sin respuesta ni respingo. El exuberante esfuerzo defensivo nacional construyó los espacios para el crecimiento del Chacho y Llull y, en consecuencia, de la efervescencia que, finalmente, hizo acto de presencia para recuperar una esencia que había alimentado el rendimiento constante del pivot mexicano. Ayón -22 puntos, 9 rebotes, 6 robos, 4 asistencias y 41 de valoración-, cúspide y cimiento del arrebato de excelencia del tercer cuarto, selló la reacción alemana. Al exquisito parcial de 2-21 argumentó un motivado Rivers un cinco de cinco en lanzamientos de tres puntos. Pero lo abrupto de la distancia de estatus, remarcada en un arranque -con parangón endógeno- de orgullo e imposición del propio guión, autografió un 51-65 que no guardaría espacio para matices. El Real Madrid volaba, despojado de ataduras anatómicas o mentales, y el Bayern ejercía de sujeto pasivo.
El epílogo del trascendental partido no significó sino la confirmación de lo paralelo de la potencialidad de ambos contendientes. Los alemanes, apremiados por la urgencia que impone la intención de recortar la escarpada diferencia a contrarreloj, ahondaron en su impotencia (anotaron 16 puntos en el intervalo de conclusión). Los 10 minutos finales gestaron el declive de un digno Savanovic, manifestaron el brillante saludo de Rivers a sus excompañeros de vestuario -22 puntos y 6 de 7 en triples- y condujeron el cierre de carpeta de un Ayón fuera de eje y al homenaje al paladar del aficionado que el fino organizador Sergio Rodríguez -9 puntos, 4 rebotes y 10 asistencias- dibujó con esteticismo de highlight. Llull, elemento engrasador atemporal y fuera de sujeciones circunstanciales -18 puntos, 4 de 9 en triples y 5 asistencias- lideró el cuerpo de peones complementarios con Maciulis, Reyes, Thompkins y Taylor sumidos en la rectitud de la atribución en la rotación. Carroll, desatinado, contrapone las sensaciones del futuro, personalizado en Doncic y Ndour -verdes y bajo alternativa en altura-.
Con todo ello, el Madrid arrasa los pronósticos agoreros que les reservaba el pútrido honor de sumergirse en el hito histórico de ganar la Euroliga y no traspasar la primera ronda en la edición siguiente. Esquiva con gallardía tal afrenta y rememora, a falta de una jornada europea, la paleta de colores que les tilda de venenosos. Con Khimki y los herederos de Ataturk clasificados, una victoria en la capital española ante el Estrasburgo, escenario más que asequible si la regularidad toca tierra, imprime el billete de acceso al Top-16. Y, cruzado aquel puente, pocos colosos gustarán de cruzar su ambición con la del vigente campeón, que luce un punto de cocción aledaño al renacimiento. Por si acaso la irregularidad no revistiera tanta profundidad. Pesic ya aventuró el diagnóstico preciso en la previa: “Es un gran equipo y en algún momento recuperará su nivel. No sé cuándo lo logrará, pero espero que no sea contra nosotros”.