Dos años, ocho meses y veintiocho noches son mil una noches, y también el título de la nueva novela de Salman Rushdie. Rushdie es una de las esfinges de la literatura mundial. Un hombre de aspecto marmóreo y ojos eternamente semicerrados, producto de una ptosis, una degeneración del tendón que permite mantener los párpados abiertos. Rushdie reconoció hace algunos años que si no se hubiera operado de la ptosis, sus ojos habrían quedado cerrados para siempre, en una ceguera física significativa para un escritor. Una ceguera que lo emparenta con el Borges de las tinieblas, ese autor burlón que leía El Quijote en una traducción al inglés mejor que el original en español.
Rushdie nació en Bombay, y ese nacimiento es ya una declaración de principios estrambóticos. Bombay es una de las capitales mundiales del caos, uno de los escenarios más densos, más chocantes, más extremos del planeta. De allí pasó a Inglaterra donde se educó y, en el 2000, se fue a vivir a Nueva York, esa otra capital mundial del caos, aunque un caos mucho más ordenado que el indio, entre otras cosas porque la lengua inglesa ha tejido un tapiz en el que se puede ser de ningún sitio sintiéndose de alguno.
Rushdie se ha declarado siempre amante de Thomas Pynchon. Y esta novela, con un velado homenaje a la Sherezade de las mil y una noches en el título, debe algo al autor norteamericano. Pero más aún, debe mucho al Tom Wolfe de The Electric Kool-Aid Acid Test, ese libro lisérgico que llevó la cultura pop a las riberas de Johnathan Swift entre otros. Porque aunque al Rushdie de Dos años, ocho meses y veintiocho noches lo emparentan con Voltaire o Tristram Sterne, lo cierto es que a mí me recuerda mucho más a Rabelais y al primer Tom Wolfe. Rabelais fue quizá el primer autor que mezcló la cultura popular con la alta cultura. Su Gargantúa y Pantagruel está lleno de flatulencias y latinajos a partes iguales, y sobre todo prefiere tirarse de cabeza a la sátira que nadar en las tranquilas aguas del estilo clásico. Y algo así le ocurre a Rushdie. En cuanto aparece en sus páginas un personaje, se lanza a la hipérbole satírica sin importarle donde acabe. Se podría decir que Rushdie se ha convertido en un asesino de sus propios personajes, una suerte de tirano y cirujano que los encadena y luego los opera para convertirlos en cosas digamos que algo raras.
Antes de nada, diré que la prosa de Rushdie es bella. Esa belleza, indiscutible en el inglés original, se transparenta en la traducción española de Javier Calvo. Pero el contenido “is a trip”, como se dice en inglés, todo un viaje. La novela comienza con un guiño a Goya y a su grabado sobre el sueño de la razón, e incluye bastantes referencias a España y lo español: al mundo hispanoárabe, a Andalucía, a Gracián, a Buñuel y su mano de la que salen hormigas, a nombres y apellidos con resonancias ibéricas. Así, la novela nace con Ibn Rushd, antepasado real de Rushdie, en Lucena. A este filósofo, seco y adusto, de cuerpo grande y seguramente párpados caídos, se le aparece una joven, una yinn no declarada. Los yinn y la yinnias son los genios y las genias de la botella y Aladino, seres sobrenaturales, excesivos, daimones enlatados, que pueblan los relatos fantásticos de la tradición clásica árabe. En sus palabras, “Los yinn no son conocidos por su vida familiar. (Aunque tienen relaciones sexuales, eso sí. Las tienen todo el tiempo.)”. Esta joven que le llega al filósofo del cielo, Dunia, dará al filósofo un número ingente de hijos y creará toda una progenie desperdigada por el mundo, la duniazada, que se reconocerán por la falta del lóbulo de sus orejas.
Geronimo Manezes, uno de los descendientes de Dunia, es un jardinero de Nueva York que un buen día descubre que ha comenzado a levitar, que no puede tocar el suelo. Es un guiño a Italo Calvino, que de alguna manera se repite, ya que Nueva York, la protagonista real de esta novela, es una tupida red de fantasías en la que los seres imaginarios vuelan por el aire de habitación en habitación. Además de Gerónimo, desfilan por sus páginas la Dama Filósofa, el Bebé Tormenta, el Héroe Natraj, Rosa Fast, Jimmy Kapoor, el señor Airagaira, Al-Ghazali, Daniel Aroni, Rubí Resplandeciente, Blue Yasmeen, Layla de la Noche, la Princesa Centella, Zumurrud y Zabardast. Además, de Ralph Lauren, Vicodin, Woody Allen, Andy Warhol, los ZZ Top, etc. Con todos estos nombres es quizá fácil ver: a. que esta novela es un sincretismo del mundo musulmán, las fantasías de un niño hindú y la cultura estadounidense del final del siglo XX. b. que los guiños cultos van sobre todo hacia España y Spinoza, el filósofo de la inefabilidad, c. que en esta novela hay de todo excepto desarrollo de personajes. El ritmo es frenético y los personajes planos como los adhesivos que vienen en una bolsa de Doritos. Sin haber bebido nada, uno piensa que la última novela de Rushdie es una mezcla de cómic descerebrado de los ochenta y de película de Bollywood. Algo para ver o leer sin comer palomitas, sino más bien una torta crujiente y muy picante, antesala del curry.
¿Qué depara su lectura? Pues sombras, muchas sombras; y maya, mucho maya, el maya hindú del Bhagavad Gita, el reino de ilusiones evanescentes y engañosas. Uno puede leer este libro como un relato semiautobiográfico en el que un espíritu burlón hindú y con raíces musulmanas (Rushdie mismo) se enfrenta a un mundo excesivo, maniqueo y adolescente de la Nueva York de sus fantasías ochenteras; lo puede leer como una alegoría de la introducción del mundo musulmán en el occidental, con el sexo, la violencia, la extrañeza ante el practicismo y la racionalidad protestante; y lo puede leer como una declaración de amor a Nueva York y al mundo occidental, declaración que se desvela y se vuelve a velar en el epílogo, cuando Rushdie escribe: “Estamos felices. Encontramos placer en todas las cosas. Los automóviles, la electrónica, los bailes, las montañas, todas esas cosas nos dan gran alegría.” Para después seguir: “La mayoría estamos contentos. Vivimos bien. Pero a veces desearíamos que regresaran los sueños. A veces, como no nos hemos librado por completo de la perversidad, echamos de menos las pesadillas.” Una declaración inquietante en el mundo que nos ocupa.