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El acuerdo sobre el clima de París

lunes 14 de diciembre de 2015, 09:31h
La cumbre del clima de París se ha cerrado con un acuerdo. Ha sido calificado de histórico con fundamento, pues las reuniones anteriores sólo habían podido constatar las enormes diferencias de intereses y perspectivas de los distintos bloques económicos. Pero ese acuerdo se ha alcanzado a costa de rebajar las expectativas que se habían puesto en él. Por lo demás, no deja de ser una declaración de intenciones, las de mantener la temperatura de la Tierra no más allá de dos grados por encima de los niveles pre industriales, y buscar acuerdos que permitan rebajar ese límite a un grado y medio. Por lo demás, se compromete a que la emisión de gases de efecto invernadero alcance pronto un cénit, y que caiga de forma significativa a partir de ahí. Ello exige una transición acelerada de los combustibles fósiles a las energías renovables.

Para alcanzar este acuerdo se han roto antiguas alianzas, como el G77, por sus diferencias internas, mientras que los países más vulnerables al calentamiento más los países desarrollados han logrado imponer sus términos. Esas nuevas alianzas son duraderas, y tanto el acuerdo de París como éstas marcarán la agencia global en este campo.

Este acuerdo tiene las características típicas de las componendas políticas. Un gran anuncio, revestido de importancia histórica, pero que desde el punto de vista práctico tendrá un gran coste económico pero pocas consecuencias en lo que se refiere al objeto del mismo. En primer lugar porque aunque el efecto invernadero y la contribución del hombre están más que probados, el papel que tiene éste en aquél es todavía objeto de debate. En segundo lugar, en las próximas décadas, al menos hasta la mitad del siglo, los combustibles fósiles van a seguir siendo la principal fuente energética. Y aunque se espera un gran desarrollo por parte de las energías renovables, más allá del coste de apostar por ellas, no serán capaces de asumir más que una parte de la energía que necesitan nuestras economías.

En definitiva, París se ha convertido en un teatro, pero su representación no deja de tener consecuencias. La más beneficiosa de ellas sería la apuesta por el desarrollo tecnológico en el ámbito de la energía. Y que la voz de la ciencia se escuchase sin estar mediatizada por los intereses políticos, por ejemplo en el ámbito de la energía nuclear. Entre las consecuencias menos halagüeñas está el más que probable desprecio del debate científico en un ámbito tan complejo y, en el fondo, inseguro, como el clima. O la posibilidad de sucumbir a la ideología anti humana que propugna abierta o veladamente la reducción en la energía al servicio del hombre.
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