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NOVELA

Lucía Etxebarria: Dios no tiene tiempo libre

domingo 27 de diciembre de 2015, 18:31h
Actualizado el: 28/12/2015 14:02h
Lucía Etxebarria: Dios no tiene tiempo libre

Suma de Letras. Barcelona, 2015. 384 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. La escritora valenciana aborda el fenómeno de la corrupción desde un punto de vista inédito y muy sugestivo, centrado en quienes conviven con los corruptos. Una novela absorbente e iluminadora.

Por Rafael Fuentes

La línea recta quizá no sea la aproximación más rápida y rigurosa al fenómeno de la corrupción política, porque afronta solo su dimensión pública, quedándose en la superficie de y lo más llamativo de la crónica social, sobre esos aspectos escandalosos en los que recae el foco periodístico, las cámaras de los platós, el avispero de las redes sociales. Pero todo ello deja un amplio espacio en sombra, que constituye lo que pudiéramos llamar la vida privada de la corrupción.

Y esta vida privada de la corrupción es la que aborda la última novela de Lucía Etxebarria, Dios no tiene tiempo libre, donde explora la intrahistoria emocional de los corruptos. Atraparla mediante un hábil zig-zag cuya línea quebrada le permite sorprender las espaldas, el reverso del escándalo a través de las personas que viven cobijadas por los defraudadores, sufriendo sus efectos destructivos pero también alentando connivencias y disfrutando sus beneficios y prerrogativas. Un punto de vista, pues, inédito y revelador que emerge ante nuestros ojos al examinar el comportamiento de las esposas de los corruptos y las figuras que pululan en su entorno. Alexia y Elena saltan así al primer plano, frente al empresario y político corrupto Guillem y al escándalo de Jaume, que ha gastado ingentes recursos públicos en su doble vida con fastuosas fiestas acompañado de chaperos y droga, personajes a los que se les unirá, entre otros, un atormentado y cocainómano actor, David, que sabrá jugar con habilidad sus cartas como intérprete.

Esta indagación del entorno afectivo del corrupto sigue un proceso de singular hondura quizá porque la novela, antes de ser concluida o dada a la imprenta, se estrenó como drama en el circuito off del teatro madrileño. No solo escrita por la autora de Amor, curiosidad, prozac y dudas, sino también dirigida por ella misma, tal como se reseñó en estas mismas páginas. Experimento original, poco aprovechado en el mundo literario pero cuyos efectos incrementan sin duda el vigor final. La puesta en escena teatral anterior a terminar la novela resulta mucho más productiva que adaptarla a las tablas cuando el relato ya se ha publicado como tal. El montaje previo requiere desnudar y tensar los conflictos esenciales. La autora, en su dirección de actores, se ve en la obligación de dialogar exhaustivamente con ellos sobre los sentimientos que no se exponen mediante palabras, iluminar quizá aspectos que no habían sido atendidos, recibir sugerencias de quienes va a encarnar a los personajes en el escenario. Un diálogo que exige una introspección íntegra y poliédrica que redundará en una mayor veracidad emocional de su versión final narrativa.

No sólo sale ganando esta autenticidad afectiva de la novela, sino también de forma muy destacada su estructura dialogal, que en Dios no tiene tiempo libre resulta formidable e inhabitual en la narrativa de hoy por su variedad de registros y la rotundidad de sus giros coloquiales, sin caer en el costumbrismo ni mermar un ápice la contundencia de sus reflexiones y revelaciones. Los tres protagonistas centrales, Elena, Alexia y David se hallan dominados por un similar impulso de confesión. Nacidos en una cultura de raíz católica, su sentido de culpa no se orienta hacia el frío autoanálisis, sino a la pulsión confesional. Un encadenamiento de confidencias tan viscerales, exasperadas y sinceras, que ofenden e hieren íntimamente a sus interlocutores, lo que desencadena un duelo verbal entre ellos donde el agravio enlaza con réplicas sumamente lúcidas que a menudo se aproximan o desembocan en la máxima, en el aforismo, en la clarividente sentencia.

Más allá de lo que vimos en la escena teatral, la novela de Etxebarria intercala, entre los pasajes donde preponderan los diálogos, capítulos donde se nos narra los sucesos en el trasfondo del tiempo que conducen a los personajes a su situación actual, como si se abriese un portillo en suelo que nos llevara al profundísimo e inesperado subsuelo del pasado en el que se entrelazan azares y decisiones de apariencia nimias pero con consecuencias trascendentales a largo plazo en cada una de sus existencias. Alexia, y más aún Elena, aparecen así como víctimas y a la vez beneficiarias de ese concepto elaborado por la filosofía de Eva Illouz que ha recibido el nombre de “capitalismo emocional”. Eva Illouz es citada implícitamente en Dios no tiene tiempo libre, nada excepcional cuando la propia Lucía Etxebarria había desarrollado sus presupuestos en Ya no sufro por amor (2005), igualmente dedicado a desmontar ideológicamente la mitología moderna consumista en la que se ha transformado el antiguo amor romántico.

Alexia y Elena, pertenecientes a las familias más adineradas y encumbradas de Mallorca, experimentan en un grado extremo ese capitalismo emocional, que se basa en la mercantilización del romance y la idealización de las mercancías, ya expuesto por Illouz en su ensayo El consumo de la utopía romántica. Sus esposos y amantes, Jaume, Guillem, David, sustituyen el efecto y la pasión real por el intercambio de objetos y experiencias cada vez más lujosas, que en el caso de los dos primeros protagonistas masculinos proceden de negocios sucios y del latrocinio de los fondos públicos. El actor David, tan anárquico como arribista, se sumará a ese capitalismo emocional a través de la seducción tanto de Elena como de Alexia.

Los vínculos entre ellos crearán un auténtico laberinto de pasiones, cuya falsa satisfacción requiere el desfalco de las arcas de la Administración, de la contribución de los ciudadanos, del bolsillo de todos. Algo que no colma ni en lo más mínimo la existencia interior de ninguno de los protagonistas, aunque les otorgue una vida regalada y fastuosa. La oquedad destructiva de este modo de vivir queda sintetizada en aquella célebre sentencia atribuida a León Daudí: “La vida, cuanto más vacía, más pesa.”

En ese cruce de confesiones con el que se teje el relato, aflora una y otra vez la responsabilidad ante esa corrupción que muchos no protagonizan pero de la que sí se benefician y envenenan silenciosamente en la sombra: “Y si lo sabías… ¿no te importaba?” (pág. 71). Pregunta más compleja de lo que a primera vista parece. En realidad, la lentitud con que se fue avanzando en el latrocinio, lo fue convirtiendo en una costumbre. Y las grandes ganancias materiales colaboraban a silenciar la conciencia. Este es un tema clave, que puede hacerse extensible a todos los seres humanos. No querer ver lo que se tiene delante de los ojos es un mal ubícuo. No solo en el ámbito de la corrupción, sino también en todas las esferas de la vida íntima. Actuar ante los demás y creérselo como si fuera auténtico. Interpretar ante uno mismo y aceptarlo como verdad. Comportarse como los otros esperan de ti, sin llegar a tener conciencia plena, o no admitir lo que realmente deseas. Esto lo ejercitan ininterrumpidamente, en diversas claves, Jaume, Guillem, Alexia, Elena y David, lo que les arrastra a parasitar otras existencias para sobrevivir.

Esta forma de conducta posee un indudable éxito social, al menos a corto plazo. Aquí Lucía Etxebarria se apoya en una máxima quevediana, que quizá se inspire a su vez en Maquiavelo y Plutarco: “La hipocresía es un pecado moral, pero una virtud política”, proveniente de Marco Bruto y que se convierte en un leitmotiv de Dios no tiene tiempo libre al reiterarse en diversas ocasiones. Aunque lo que en Quevedo era una recomendación para reyes y príncipes, hoy se ha extendido a empresarios sin escrúpulos y descendido hasta concejales de las corporaciones municipales. Fingir, prometer, falsear, estafar bajo la hipócrita estratagema de las grandes palabras del bien común, origina un éxito económico, social y político espurios pero muy tangibles, como se aprecia en Jaume o Guillem, perfectamente en consonancia con la mentira intrínseca organizada en sus propias familias y la simulación en relación consigo mismos.

Obviamente, lo que se consideraba una habilidad de los príncipes del pasado, hoy no pasa de ser una lacra a extirpar. Una infección que será arrancada antes o después por el principio de la realidad. El disimulo, la apariencia, el artificio son segados inexorablemente a medio plazo. “Lo real termina imponiéndose siempre, por mucho que una se mienta.” (pág. 375). Y no solo en la estafa colectiva. También en el fraude sentimental del círculo privado y en el desfalco sigiloso que se lleva a cabo con uno mismo, vinculados por Lucía Etxebarria en tres hechos con una idéntica raíz.

La guillotina de la opinión pública y los tribunales caerán con justica sobre los depredadores que han esquilmado las arcas de todos o sobre la clase política que ha traicionado las promesas dadas. Pero Dios no tiene tiempo libre señala que esa depuración será inconsistente o incompleta si no desciende más abajo y purga también la hipocresía y el autoengaño íntimo en el terreno privado. ¿Hasta qué punto se miraba pero no se quería ver la patraña colectiva, cuando corría el dinero en abundancia y nuestra vida de nuevos ricos parecía no tener fin? ¿En qué medida hubo connivencia en saber y no querer reconocer lo que venía pasando, mientras todos obteníamos de rebote uno u otro beneficio, por cierto con fecha de caducidad no contemplada?

En cualquier caso, esos personajes que protagonizan a escondidas esa vida privada y vicaria de la corrupción, se enfrentan al reto de autoconocerse y desechar el miedo a vivir una existencia auténtica. El mal que envenena simbólica y físicamente las venas de Elena solo podrá desaparecer si esto sucede. Dios no tiene tiempo libre explora así una madeja de secretos y confesiones donde se revelan escondidas verdades de nuestra vida colectiva que nos duele reconocer. Una novela que explora interrogantes y recovecos de la misteriosa relación de nosostros con nosotros mismos. Una novela que retira el antifaz a la vida privada de la corrupción. Una novela absorvente e iluminadora.

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