Decía La Rochefoucauld que “los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance”. Tenía razón. Es lo que está pasando en España esta Navidad: resentidos y perroflautas hacen lo posible por amargársela a aquellos que simplemente quieren vivirla de acuerdo a su fe y sus tradiciones. En esta carrera de la inquina van ganando de calle Manuela Carmena y los suyos. La última ocurrencia, travestir a los Reyes Magos en las cabalgatas de Madrid. Una de las organizadoras lo dejaba claro en declaraciones a El País: “Una fiesta en la que las mujeres no pueden participar sería una fiesta machista y habría que cambiarla; no entiendo este revuelo”. Además, en la de Carabanchel está reservado el derecho de admisión: a 800 niños les han prohibido participar porque su colegio es católico. Y eso que el consistorio no pagaba un duro; carroza, trajes y caramelos corrían a cargo del colegio y los padres. Cuánta miseria.
Se veía venir, aunque no por ello resulta menos impresentable. El Ayuntamiento de la capital lo dio todo en el “orgullo gay”: banderas, cartelería, espacios…facilidades e implicación al máximo. Una de las razones esgrimidas para tanto exceso me resultó convincente: hay países -musulmanes, que no se por qué los podemitas se lo callan siempre- donde aún se persigue a quien tiene una orientación sexual determinada, y eso es algo a combatir. Perfecto. En base a ello, pedí al Ayuntamiento que en Navidad se colocasen más belenes para solidarizarse con aquellos cristianos que están siendo masacrados en Siria e Irak por su fe. También pregunté si pondrían nuevamente el del Ayuntamiento. A finales de noviembre, aún se lo estaban pensando -conservo el tuit como prueba-. La realidad es que Madrid tiene la iluminación navideña más fea y cutre de su historia, han reducido los belenes a la mínima expresión -de hecho, el de la Puerta de Alcalá es “clandestino”-, y la iconografía oficial es una mezcla entre el Cobi de Barcelona 92 y el festival de Benidorm de principios de los 70.