El próximo 10 de febrero, Jordi Pujol y su mujer, Marta Ferrusola, declararán en calidad de “investigados”- lo que antes se conocía por “imputados”- por un delito continuado de blanqueo de capitales. Y es que todo lo que rodea al entramado delictivo creado por el clan Pujol para cobrar comisiones ilegales y llevarlas a paraísos fiscales es absolutamente escandaloso. Las últimas estimaciones cifran en 900 millones de euros la cantidad defraudada al fisco y depositada en un paraíso fiscal.
Semejante cantidad de “mordidas” -que en muchos casos superaban el famoso 3 por ciento”- y en un espacio de tiempo tan extenso no han podido pasar desapercibidas para el nacionalismo catalán, de quien Jordi Pujol fue máximo exponente durante décadas. Conviene recordar que el propio Mas fue el delfín político del ya ex-molt honorable, y que además ocupó la consejería de Hacienda. Cuesta creer, pues, que ni él ni nadie de la extinta Convergencia estuviesen al tanto de los manejos de su fundador.
Da la impresión que desde la vida política catalana se sigue queriendo tapar este asunto a toda costa. Y es que una de las habilidades del nacionalismo consiste en la patrimonialización de todo y todos: atacar a un nacionalista es atacar a Cataluña, y más aún si se llama Jordi Pujol (como ya se hizo hace décadas con el caso de Banca Catalana). Por más que desde Democracia y Libertad -sucedáneo de Convergencia- hagan lo posible por desactivar el tema, quien fuera su fundador es la encarnación del nacionalismo catalán. El dinero público detraído se repartía entre el clan y el partido, en una suerte de simbiosis de corruptelas. El “España nos roba” tendría que cambiar de sujeto por “el nacionalismo catalán”. Y si ahora es la CUP quien marca la agenda en Cataluña, durante casi tres décadas ese papel lo desempeño Pujol, por más que algunos de los “suyos” pretendan que se olvide.