Precisamente, si la cinta ambientada en los años 20 que dirige, produce y protagoniza Clooney se acaba por dejar ver, aunque sea sólo con leves sonrisas es, única y exclusivamente, por sus méritos. Él es el único que recuerda a aquellas maravillosas escenas plagadas de glamour y de ingeniosos diálogos. Y ello, a pesar de que Renée Zellweger arrastra como un mal peso las ocasiones más cómicas que incluso, consigue enterrar bajo su interpretación fría y artificial y que no puede quedar más lejos de la añorada Katherine Hepburn.

Este tercer largometraje como realizador de Clooney se aparta de los anteriores, políticamente comprometidos, y nos trae una historia protagonizada por jugadores de fútbol americano, periodistas sin escrúpulos y liantes con menos escrúpulos aún. Una de las primeras estrellas de este deporte, en la que se basa el personaje de Clooney, era Johnny McNally, un tipo con mucha personalidad que bebía la noche antes de los partidos y conducía como un loco una moto con sidecar. En una época en la que el verdadero éxito lo tenía el fútbol de la liga universitaria y que, en cambio, el profesional estaba incluso mal visto, el curioso personaje, que se llama Dodge Conolly en la película, utilizó todo su encanto e inteligencia para conseguir que las cosas cambiaran.
La cinta narra esta curiosa e histórica transición a través de unos personajes en los que se mezclan las mejores y las peores pasiones, con diálogos que son ciertamente un homenaje al romanticismo de las citadas comedias, pero que, por desgracia, resultan tan sólo un lejano recuerdo de ellas.