Pekín tras los misiles norcoreanos
lunes 08 de febrero de 2016, 08:25h
Por segunda vez Corea del Norte ha logrado lanzar con éxito un misil intercontinental. Un hecho que unido a las sucesivas pruebas nucleares de Pyongyang, supone una peligrosa escalada armamentística donde se pone en jaque la seguridad en toda la región. El régimen comunista norcoreano viola así la prohibición impuesta por Naciones Unidas y ha obligado a los países amenazados, Corea del Sur, Japón y Estados Unidos a convocar urgentemente al Consejo de Seguridad de la ONU. Esta vez, el misil portaba un satélite que colocará en la órbita terrestre, pero en un futuro podría transportar una cabeza nuclear a cualquier punto de un extensísimo radio de acción.
Obviamente, la nación amenazada de un modo más directo es Corea del Sur, pero no la única: Japón es ya una diana indefensa ante estos misiles balísticos, lo que ha espoleado -o servido de pretexto- a que las autoridades niponas estén ultimando sus proyectos de rearme. Habla por sí mismo que el misil recién lanzado sobrevolase el espacio aéreo japonés en el área de Okinawa. Tampoco es un secreto que la megalomanía norcoreana sueña con desarrollar su sistema balístico hasta el punto de alcanzar territorio norteamericano. Ante esta agresiva política de chantaje nuclear, China se ha limitado a “lamentar” la actuación de Pyongyang. Una lamentación meramente protocolaria que se ve acompañada por un bloqueo contra cualquier sanción que obligase a entrar en razón a las autoridades norcoreanas. Lo cierto es que Corea del Norte no podría sacar adelante esta carrera armamentística sin el paraguas que le proporciona Pekín. Además de “lamentar” lo que está sucediendo, China debería contribuir a que el conflicto se recondujera hacia una vía de negociación diplomática para la que posee la llave, antes de que la colisión de intereses desemboque en otra fase más aguda y difícil de resolver.
No parece que el dragón asiático esté dispuesto a renunciar a esa pieza estratégica que le brinda el régimen norcoreano. Si definitivamente las acciones internacionales quedasen empantanadas, se vislumbra ya una solución alternativa basada en la supremacía tecnológica norteamericana. Pronto se anunciarán las negociaciones formales para instalar el sistema THAAD antimisiles en la península coreana. En este caso, Pekín no ha lamentado esta posibilidad, sino que la ha rechazado enérgicamente. Entre otras cosas porque el escudo antimisiles sería capaz de neutralizar cualquier lanzamiento balístico 2.000 kilómetros adentro de la propia China. ¿Si esto es factible, y previsible, por qué encenagar las soluciones diplomáticas? Pekín debería ponerse al frente de una auténtica solución diplomática, antes de que la tecnología del escudo antimisiles imponga una solución militar de hecho en la región.