MACGUFFIN
Títeres con rombos
Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
martes 09 de febrero de 2016, 19:49h
Actualizado el: 09 de febrero de 2016, 21:07h
No me quiero poner en el lugar de esos padres que sentaron a sus hijos en el suelo con una bolsa de patatas frente al escenario de Títeres de Abajo, dispuestos a pasar una gradable tarde de Carnaval. No tengo hijos, así que imagino que no puedo siquiera intentarlo. Pero puedo intuir, en esta época de sobreinformación que vivimos, en la que la que las técnicas de educación para ser el padre diez llegan como mantras multiplicadas por mil, que muchos de ellos verían su reflexionada estrategia desmoronándose poco a poco a medida que los títeres que sus hijos miraban con embelesamiento ahorcaban a un muñeco con atuendo de juez o apuñalaban a otro que vestía hábito. “Papá, ¿qué es Alka-Eta?”. Peor que el “¿de dónde vienen los niños?”. Aunque aún queda mucho por hacer –un Sálvame en horario infantil es un ejemplo de que no se puede cantar victoria-, hemos avanzado en la protección de la infancia, en evitar la exposición de los menores a comportamientos y contenidos que, se ha demostrado, tienen consecuencias negativas en el desarrollo de los valores e, incluso, las actuaciones de los menores. Aún recuerdo cuando a mis padres les dio una tarde por sentarse a ver con mi hermano Los Caballeros del Zodíaco allá por los noventa… El pobre lo entendería como un castigo, qué se yo, pero no los volvió a ver. Parece muy poco probable que hoy, 25 años después, se emita como un programa dirigido a niños, una serie con tal carga de violencia. Así que sí, hemos avanzado. Y hay que tratar de no desandar ese camino.
La educación de los niños, de esos que van a constituir la sociedad del futuro, es una cuestión muy seria, en la que no caben banalizaciones o laxitudes: pegar está mal, matar está muy mal. No voy a caer en mencionar los múltiples contextos en que la reacción rápida y contundente que vimos el viernes no se aplica. Que no se haga o no se haya hecho en otras situaciones no puede justificar lo que, sin duda, ocurrió el otro día: que se expuso a menores a un espectáculo que, claramente, no estaba dirigido a ellos. De hecho, la compañía Títeres de Abajo divide en su página web los espectáculos en dos apartados: Teatro Popular y Espectáculos Infantiles. La obra representada en Madrid, ‘La Bruja y Don Cristóbal’, está en el primer apartado. Esta misma función se representó el pasado mes de enero en Granada, para un público adulto, y nadie se escandalizó ni llamó a la Policía. Por eso lo de los rombos de las películas, ahora convertidos en recomendaciones de edad.
Así que hay una cosa clara: alguien metió la pata programando este show como ‘para todos los públicos’. Creo que la falta de intencionalidad no debe ser un atenuante en política. Da igual si la señora Celia Mayer quiso aterrorizar a un puñado de niños en Madrid o, simplemente, no se dio cuenta. Es lo que tiene la política, que el grado de exposición y responsabilidad públicas obliga a ser impecable. O al menos, así debería ser. Así que Mayer haría honor a la tan manoseada “nueva política” si pusiese su cargo a disposición del
Ayuntamiento.
Ahora bien, en ese asunto se están mezclando churras con merinas. Supongamos que este espectáculo se hubiera representado ante un público adulto (como se hizo, insisto, unos días antes en Granada). Hay a quien le hubiera parecido mal que se ahorcara a la representación de la Justicia, claro. Otros se hubieran reído. A otros, les hubiera dado exactamente igual. La famosa pancarta de ‘Gora Alka-Eta’ se utilizó en la función como una prueba falsa de lo que pretendía representar un montaje policial (intentar relacionar a la bruja protagonista con el terrorismo para prenderla). De nuevo, un golpe a otro de los poderes del Estado que se encuadra dentro del carácter, si se quiere, anarquista y punk de la obra. De nuevo, para gustos, los colores, pero, ¿apología del terrorismo? Recuerdo la denuncia en 2011 a Ángel Salas, director del festival de cine de Sitges, por incitación a la pederastia después de programar en el certamen una cinta en la que se mostraba la violación de un bebé recién nacido y de un niño de cinco años. Nunca vi esa película ni creo que lo haga, pero, ¿incitación a la pederastia? Una pancarta en la que se lea ‘Gora Eta’ (quitemos el ‘Alka’, que ejercía como clara hipérbole satírica) no es, ‘per se’, un delito; el delito es el uso que se haga de ella. Si no, cualquier película o ficción sobre la banda terrorista Eta sería apología del terrorismo.
Será el juez el que determine si en este caso concreto el objetivo de tal pancarta era el de ensalzar, justificar o incitar al terrorismo. Y tan fundamental del Estado de Derecho es la libertad de expresión como el respecto a las decisiones judiciales. Pero mientras, se ha ordenado prisión provisional para los dos titiriteros. Dudoso el riesgo de fuga de dos personas con arraigo, familia y trabajo en Granada; más bien imposible la destrucción de pruebas cuando las acusaciones se basan en el testimonio de los asistentes al espectáculo y los vídeos que grabaron con sus teléfonos móviles; difícil la comisión de un nuevo delito o agravio a las víctimas, a no ser que vuelvan a representar la obra. Una medida excesiva.
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Redactora jefe de El Imparcial
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
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