La situación de España combina la indefinición política con la búsqueda de acuerdos para formar gobierno. A pesar de que el Rey Felipe ha pedido al líder del Partido Socialista Obrero Español que procure formar gobierno, y que éste le ha pedido tres o cuatro semanas para iniciar las negociaciones de cara a ese objetivo, la verdad es que el asunto aparece lejos de estar solucionado.
La elección del 20 de diciembre produjo un resultado complejo y ambiguo. Complejo por lo inédito, por el cambio en la composición de las fuerzas de los partidos y por el proceso posterior que ya se extiende por cuarenta y cinco días sin llegar a puerto, en una búsqueda de soluciones que durará todavía algún tiempo. Y es ambiguo, por la serie de combinaciones posibles para formar gobierno, por las diferencias entre lo señalado en la campaña y las negociaciones posteriores, porque puede terminar gobernando una combinación de centroderecha, una de izquierda o bien una mixta. En definitiva, en la elección del 20D prácticamente no se resolvió nada.
La elección la ganó el Partido Popular, con Mariano Rajoy a la cabeza, logrando obtener 123 diputados. Victoria, sí, pero con una baja considerable en relación a las del 2011, en que el PP había desplazado del gobierno al PSOE, obteniendo una clara mayoría absoluta. En las actuales circunstancias, dicho resultado no le ha permitido formar gobierno, y aparece a la expectativa de ver cómo se resuelve el asunto.
El caso del PSOE es curioso. Es su peor resultado desde la década de 1980, un partido crucial en la democracia española, ya sea en el gobierno con Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, o bien en la oposición a José María Aznar y a Mariano Rajoy. Hoy, venido a menos y siendo claramente perdedores, aparecen haciendo las gestiones correspondientes para organizar gobierno, en una tarea que no se ve fácil.
Podemos está en una situación en que mezcla ataque y repliegue, intenta forzar las definiciones de los socialistas, los pautea con algunos comentarios, incluso procura fijar cargos gubernativos para un futuro gobierno de izquierda o de progreso, como le llama Pablo Iglesias. Sin embargo, el líder de Podemos omite o deja en segundo plano un aspecto fundamental: que pensó el proceso político en la lógica de que su proyecto obtenía el segundo lugar en las elecciones, y desplazaba al PSOE a un histórico y problemático tercer puesto. No ocurrió así, y hoy se ve que los socialistas lideran las conversaciones y fijan las condiciones. Tampoco sabemos qué sucederá con lo que señalaba Iglesias durante la campaña, al advertir que una alianza PSOE-Podemos dañaría a ambos, en caso de que el orden electoral fuera el que finalmente se dio. Problema no resuelto.
Ciudadanos es una fuerza joven y que se ha logrado establecer bien en la política española, aunque con un resultado electoral que fue menor al esperado. Lo interesante es que en las últimas semanas se ha vuelto un interlocutor relevante a la hora de intentar lograr algún acuerdo de gobierno, y si bien ha recibido el veto de Podemos -que además acusó al PSOE de estar “haciendo teatro” con el partido de Albert Rivera-, todo indica que esa fórmula no será efectiva y, de lograrse finalmente algún acuerdo gubernativo, Ciudadanos será parte de él.
No está de más recordar que los partidos más pequeños, especialmente Izquierda Unida y los grupos nacionalistas, todavía tienen la posibilidad de participar en alguna de las opciones que se barajan. O en la coalición de izquierda tipo Frente Popular o en una alianza diferente. Sin embargo, esto entra ya en la dinámica de las negociaciones políticas, la lucha por el poder o la búsqueda de gobernabilidad.
El problema es otro, y se haría bien en mirarlo directamente, aunque signifique ponerle una nueva variante al proceso político español. Todas estas negociaciones, si se aprecian con nitidez, tienen demasiados elementos impropios de la democracia, más cercanos a las transacciones antiguas de grupos pequeños, “oligárquicos”, que convierten las conversaciones no en una forma de terminar el proceso electoral, sino derechamente en una nueva elección. En otras palabras, lo que hoy se discute no es necesariamente lo que se presentó en las campañas electorales, los programas y alianzas no son los mismos, las ofertas destacan tanto por lo novedoso como por la utilidad puntual que representan a los distintos grupos políticos.
Es verdad que se trata de una situación inédita en la democracia española de las últimas cuatro décadas, y también que debemos suponer la buena fe con que actúan los distintos grupos políticos. Pero también es cierto que la forma como se conduce actualmente el proceso nos debe llevar, legítimamente, a hacernos algunas preguntas fundamentales. Por ejemplo, las siguientes:
Los electores de Ciudadanos, ¿Habrían votado por Rivera de haber sabido que iba a iniciar negociaciones para formar gobierno con Pedro Sánchez a la cabeza? ¿Está de acuerdo con las medidas económicas planteadas por el PSOE en su Programa para un gobierno Progresistas y Reformista? ¿O las distintas interpretaciones que puede tener “el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad?
Los del Partido Popular, ¿qué habrían hecho de saber que su líder Mariano Rajoy entraría a esta etapa sin la decisión de formar gobierno?
Los del Partido Socialista, ¿habrían votado por Podemos o por el PSOE de haber sabido de un posible gobierno con Ciudadanos?
Y los de Podemos, que escucharon o parecieron oír que no habría negociaciones con la casta, ¿cómo ven el esfuerzo actual de Pablo Iglesias por formar parte de una coalición “progresista” con el PSOE e Izquierda Unida, pero sin Ciudadanos?
El tema es complejo y, seguramente, no se resolverá tan fácilmente. Es difícil sostener que el mandato de los ciudadanos el 20D fue un gobierno dirigido por el PSOE que, como ya señalamos, obtuvo su peor resultado en los últimos 35 años. Quizá es hora de que se tome la decisión difícil, pero que dará más legitimidad al próximo gobierno, de pensar seriamente en llamar otra vez a los españoles a la urnas. Y que en ese proceso se pongan todas las cartas sobre la mesa: si salgo primero gobierno, si salgo segundo o tercero apoyo a tal o cual, jamás haré coalición con estos otros, y todas las fórmulas que se nos ocurran.
La democracia es el gobierno del pueblo, y tal vez puede ser la hora de devolver al pueblo el derecho a elegir su propio gobierno.