TRIBUNA
Notoriedad a través de la banalidad
miércoles 17 de febrero de 2016, 19:57h
Actualizado el: 17/02/2016 20:17h
Desde siempre parece algo natural y positivo en nuestra sociedad la búsqueda de notoriedad y sus sinónimos como fama, celebridad, renombre, prestigio, reputación, etc. pudiendo llegar a ella de forma virtuosa como mérito o por el contrario tras un comportamiento negativo conocido ampliamente.
En la actualidad, cuando los medios de difusión son tan notorios y globalizadores, lo llamativo es que los niveles más elevados en notoriedad están ocupados en su mayoría por personajes que sin desprecio en absoluto como individuos, pienso que tal vez la actividad que les ha catapultado a la fama o popularidad, no debería ocupar tan alto nivel.
De forma que si escuchamos cualquier emisora de radio, o vemos cualquier producto televisivo, nos encontraremos de forma repetida los mismos personajes, antes con predominio en las llamadas revistas del corazón pero actualmente en cualquier programa, tanto de entretenimiento como en los supuestamente serios informativos. Y no solo en los popularmente llamados programas-canales basura, también en los dependientes de las administraciones publicas con la excusa de la necesaria “cuota de pantalla”.
Como ejemplos tenemos que la meritocracia de los profesionales del futbol y otros deportes-espectáculo es indudable por la necesidad de la ciudadanía de apasionarse con determinados colores deportivos y aun más por haber conseguido con su actividad representar un importante porcentaje en la economía del mundo actual. Algo similar sucede con los artistas cinematográficos. El tercer gran grupo de los notorios que no notables, lo representa el encuadrado como “salsa rosa” con los dos sub-grupos, el del cotilleo social, especialmente dedicado a contarnos las desavenencias amoroso-familiares y el de cotillera tertuliano-política.
La banalidad consiste en que estos personajes consiguen estas cuotas de popularidad no por su actividad profesional sino por sus costumbres y modo de vida particular y con el agravante en los artistas, de que al estar incluidos en el mundo de la “cultura”, se sienten con derecho para adoctrinar sobre comportamientos sociales y políticos al resto de la población.
Me permito proponer un nuevo baremo para conseguir notoriedad, basado en la excelencia del trabajo desarrollado y especialmente en lo beneficioso del mismo para el resto de la sociedad y que aconsejemos y guiemos a los jóvenes por este camino si queremos crecer tanto individualmente como comunal.
Se debería aumentar el valor de los verdaderos ilustres, en el mundo de las artes, las ciencias, la literatura, etc y siempre por los méritos en su quehacer y no por su vida, antes llamada privada.