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TRIBUNA

Identidad insegura

viernes 26 de febrero de 2016, 20:04h

La dificultad de sentirse español radica en el carácter fluctuante de nuestros valores nacionales. Somos un intento constante de unificación que, ni el Tratado de Tordesillas, ni el Decreto de Nueva Planta, ni siquiera los coros y danzas de la Sección Femenina han logrado coronar con éxito. España no es una. Hay 47 millones de Españas, porque el individualismo es una constante de nuestra idiosincrasia, hoy agravada por circuntancias.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, dice Ortega y Gasset, enfatizando el poder constructor de éstas sobre aquel. Pero, la frase es un pleonasmo; redunda el “yo”, con mayúscula y minúscula, antes y después, en lo definido y en la definición, porque siempre hay mucho yo en nuestra historia, voluntarismo en la imposición de ideas desde Recaredo hasta Franco, y afán de prevalencia testicular, que incluso está a flor de labios en todo derrote chulesco y en cualquier zaragata de bar. Porque el trasfondo de la masculinidad es siempre el imperio de la fuerza, aunque haya de llegar a la violencia. Si alguien dijera –esto se hace así por mis neuronas- resultaría tan pedante como incomprensible, porque en España siempre se ha pensado, se ha gobernado y se ha legislado, con y por los cojones, aunque fueran ovarios.

El epifenómeno de esta masculinidad furiosa está en el siglo XIX, donde convergen una guerra civil, llamada de la Independencia, que vino a resolvernos Wellington, que se fue bien pagado; cuatro guerras civiles más, llamadas carlistas, de cuyas consecuencias provienen los nacionalismos periféricos que sufrimos; un rey traidor, funesto y priápico; las pérdidas vergonzantes de las colonias, algunas tras una guerra con Estados Unidos; un par de reinas afectas a furor uterino; innumerables asonadas y pronunciamientos militares; una República fallida entre delirios cantonales; y otros dos reyes, más salaces que estadistas presentables. Toda esta historia, y su correspondiente intrahistoria, cupo en un solo siglo y ha dejado flotando, (Jung dijera: en el inconsciente colectivo) en nuestra idiosincrasia, una imagen deleznable del Estado. Por si faltase algo, la guinda la pusieron, durante el XX, el desastre de Anual, otra República ahogada en sangre por el Frente Popular, una guerra civil más, dos dictaduras militares, más o menos blandas en línea con las del siglo XIX y el bloqueo internacional. ¡Qué rosario de desgracias nacionales!, ¡es que desde Carlos III y la Ilustración no ha habido un respiro! La Ilustración he dicho, el fruto del siglo de la Razón, eso que producen las neuronas.

Y, ¿todo fue nefasto durante ese siglo XIX y los tres cuartos del siguiente? Pues, no. Hubo quienes han pensado con sus neuronas. A mediados del XIX, Sanz del Río importó de Alemania el krausismo que fue muy fecundo entre nosotros, sobre todo por los efectos que tuvo su pedagogía. Sin la Institución Libre de Enseñanza no hubieran sido posibles figuras como Ortega y Gasset, Marañon, Besteiro, Pijoan, Menéndez Pidal, Ramón y Cajal, Sorolla, Juan Ramón y toda la generación del 27. El krausismo no promulgaba sólo la libertad de cátedra, sino que practicaba la libertad de aprender y hacía que el libre aprendizaje fuera vivo, experimentado, paseado, de contacto con la realidad, porque el objetivo era educar “personas sociales que tuvieran una racional armonía, con fe perenne en el ideal y los pies firmes en el organismo social”. Ahí es nada.

Giner de los Ríos es, quizá, el líder mejor representante del movimiento en el área pedagógica. Era catedrático de Universidad, a la vez que maestro de Enseñanza Primaria. Y no estoy seguro si compatibilizó esas labores con las de Ministro de Educación… Pero no lo traigo aquí por su curriculum ejemplar, de hombre humilde, sabio y auténtico, sino por algunas ideas, poco escuchadas en nuestra sociedad.

Por ejemplo, dice Giner “el derecho y el Estado son formaciones que dependen esencialmente de la perfección moral”. ¿Qué líder o lideresa actuales han caído en esta cuenta?, ¿quién se plantea el alcance moral de su gestión política?, ¿no es acaso la ideología, aunque esté trasnochada y fracasada, el referente máximo, y tal vez único, del actor político?, ¿con qué moral estamos funcionando, cuando se ha decretado prescindir de la filosofía?

“La autoridad fecunda es la autoridad interior” sigue diciendo Giner, convencido, cuando parafrasea a Ibsen, que la revolución hay que hacerla en las cabezas. Es el humanismo, la creación de la persona social, el yo y la gente, dijera Ortega, la esperanza de conseguir la unidad en la variedad que pretende el krausismo. En ese marco, la tolerancia es más que un valor moral, es la oportunidad de aprender de la variedad que el otro encierra.

Esta corriente fecundísima, de pensamiento y pedagogía, fue abortada por el régimen que se instaura tras la guerra civil del 36 que, a horcajadas de un cangrejo, vuelve a la Escolástica, como hizo Fernando VII, en 1814. El cayado de los pastores es escolástico: dogma cerrado, ley dura, verdad ontológica. Con un cayado en la mano, sólo se puede aspirar a pastorear ovejas; o mejor dicho, la filosofía del cayado se corresponde con una cultura ovejuna y se ejerce en el aprisco.

La Transición de 1978 amenaza con desvanecerse, como si se hubiera tratado de un espejismo. Y su desaparición nos aboca al progreso de 1934, propio de cangrejos. Entre otras realidades, porque hemos allanado la Escolástica por rancia, sin llenar el vacío, más que por un cierto epicureísmo pragmático y un abultado nihilismo trascendente. No nos interesa nada más allá de aquí y ahora. Y, en este preciso momento y lugar, lo que cuenta es pasarlo bien con el mínimo esfuerzo. Tener ambición de superación personal, querer ser más, invertir energía en constancia, aplicar esfuerzo para adquirir habilidades, cultura y sabiduría, es música celestial. El auditorio sólo escucha a quien le asegure el triunfo inmediato y millonario, tras una breve operación, con tal de que sea divertida. O lo que es peor, un “dolce fare niente” subvencionado.

La identidad se construye, ciertamente, porque “todo fluye”; pero, necesitamos referentes, valores éticos, aspiraciones, para andar seguros. Cada persona tiene ante sí el reto de convertirse en persona, ser autor de sí mismo. Sólo quien se entrena en ser autor adquiere “autoridad”. Los griegos los llamaban “authentés”, el que actúa por sí mismo. Y los latinos fueron a traducir la palabreja por “autenticus”, el que crea confianza y da fe. ¡Casi nada!, ¡qué conjunción de semantemas para hablar de identidad segura! Las palabras viajan por el tiempo, a través de generaciones, y llegan cargadas de espiritualidad, si las atendemos con respeto.

Si queremos preparar una identidad nacional de futuro, hay que aplicarse a la educación. Y ésta es algo distinto a la erudición, algo más que la dotación tecnológica y está por encima de la ambición material.

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