Se dio la voz de alarma el miércoles pasado en la prensa digital: el Ayuntamiento de Madrid piensa cambiar el nombre a la Semana Santa y denominarla “Semana de festividades” como si en la ciudad de Madrid fuesen a realizarse encierros con reses bravas, certámenes poéticos o bacanales. Después dijeron que es solo la denominación que Ahora Madrid utiliza en sus documentos internos. El Ayuntamiento no lo ha desmentido en su página Versión Original.
La historia del siglo XX nos enseña que la manipulación de las masas comienza por la tergiversación del lenguaje. Ahí tienen la magistral obra de Victor Klemperer “La lengua del Tercer Reich”. La tradición judeo-cristiana marca sus tiempos según las fiestas religiosas. El comienzo del año en el judaísmo -la fiesta de Rosh HaShaná- anuncia el Yom Kipur. Son los llamados Días Terribles. Después llegan las fiestas del peregrinaje: Sukot, Pascua y Savuot, que se alternan con otras celebraciones como Purim o Lag Baomer.
Durante casi veinte siglos, en Occidente, el calendario lo marcaban las celebraciones religiosas cristianas. Incluso el día se dividía en fracciones conforme a la Liturgia de las Horas, la oración universal de la Iglesia: maitines, laudes, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Aquella división del día en siete partes venía en el propio Salterio. Para medir las horas se empleaban relojes de agua o de sol. El año completo lo marcaban los tiempos del año litúrgico: Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa y Pascua.
El primer intento de eliminar las referencias religiosas del calendario fue de los revolucionarios franceses de la Convención, que impusieron el llamado Calendario Revolucionario cuya vigencia se extendió desde 1792 hasta 1806. Los meses tomaron sus nombres de las estaciones del año y los ciclos de la cosecha (vendimiario, brumario, etc.) En lugar de asociar cada día con un santo, los revolucionarios los dedicaron a animales, plantas y minerales. Así, por ejemplo, uno podía casarse el 1 de frimario, día del rapónchigo, que es una flor de la familia de las campanuláceas.
Napoleón abolió este calendario disparatado el 1 de enero de 1806 y, pese a dos intentos de reimplantarlo en 1814 y en 1871 -con la Comuna de París, un dato relevante- terminó en el olvido.
Quiérase o no, nuestra historia está condicionada por la presencia de lo sagrado en el cómputo del tiempo. Erradicar el elemento religioso de la vida pública exige, pues, renombrar los días, las fiestas, las celebraciones y, en general, modificar la simbología tradicional y la forma de celebrarlas. Quizás todo esto empezó cuando se suprimieron los símbolos de la Navidad en la iluminación de las calles, como si fuera de mal gusto adornar la ciudad con los motivos que siempre se habían utilizado, y se sustituyeron por cubos de colores, luces con forma de escoba y bolas luminosas. No ha ocurrido solo en Madrid. Recuerden las “reinas magas” de Valencia o el Padrenuestro blasfemo en la Barcelona de Ada Colau. Ahí tiene la propuesta de Podemos para eliminar los nombres religiosos del callejero de Sevilla.
En la capital de España, este año -en apenas ocho semanas- hemos conocido la transformación de la Cabalgata de Reyes -un tiempo de ilusión y magia para los niños y los mayores- en un espectáculo deplorable donde los Reyes Magos parecían sacados de un teatro okupa. Hemos asistido también a una función de títeres donde se violaba a una monja. A esto se ha sumado la defensa de una concejala de Madrid que, según el Ministerio Fiscal, se desnudó de cintura para arriba en una capilla universitaria. El insulto a las personas religiosas, la profanación y la blasfemia garantizan prestigio y patente de corso en ciertos medios radicales.
Creo que esto no tiene que ver exactamente con la izquierda ni la derecha. También los nazis despojaron al lenguaje y el calendario de su sentido original y los emplearon para movilizar a las masas en desfiles de caballeros medievales que pretendían evocar las glorias pasadas de Alemania. No hay que olvidar que los totalitarismos de izquierda y de derecha suelen coincidir en el mal gusto. Hay muchas personas de izquierda -incluso ateas- que jamás profanarían un templo ni insultarían a una persona religiosa o consagrada. Andalucía, por ejemplo, cuyo día celebramos hoy, está llena de socialistas que profesan una devoción auténtica y participan activamente en cofradías y hermandades que alimentan la vida religiosa de sus pueblos y ciudades.
Sin embargo, sería muy ingenuo pensar que el equipo de gobierno de Manuela Carmena pretende cambiar el nombre de la Semana Santa porque sí. Se trata de desnaturalizar la Semana Santa y diluir su elemento más característico: la religiosidad católica. Cualquier día alguien propondrá cambiarle el nombre al Camino de Santiago, que toma su nombre del Apóstol, para ponerle, no sé, “ruta senderista de la amistad”. Ahí sí que me echaré al monte.
Sin duda, la Semana Santa tiene interés turístico. No en vano, la tradición de la espiritualidad de estos días hunde sus raíces en el Concilio de Trento -a veces, incluso se remonta más atrás en el tiempo- y abre la puerta a una reflexión profunda sobre la propia vida y el significado de nuestras acciones. Nadie que se acerque a la Semana Santa con buena fe -incluso sin ser creyente- saldrá defraudado. La belleza de los pasos, la música, la escenografía deslumbrante de Sevilla o el rigor austero y doloroso de las ciudades castellanas -Cuenca, Toledo, Ávila- conmueven y emocionan cada año a miles de viajeros y turistas. A mí, por ejemplo, me gusta mucho la Semana Santa de Melilla. Suprimir el elemento religioso del nombre de estos días es desvirtuar el sentido de las celebraciones que conmemoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
En realidad, de eso se trata. En una sociedad de la imagen, lo que no se ve es como si no existiera. Así nos va. La gran preocupación de algunos políticos es su imagen y no sus acciones. Dedican grandes esfuerzos a “gestionar la comunicación” por falso, superficial o irresponsable que sea el mensaje. Se trata de ocultar la verdad en un torrente de palabras, imágenes y sensaciones.
En Madrid, el Ayuntamiento está tratando de diluir el elemento religioso de la Semana Santa en un supuesto ciclo de “festividades” donde la religión no sería central sino anecdótica. De este modo, no intentan que la Semana Santa se erradique. Basta que se soslaye su significado religioso. El único significado que tiene. En realidad, las demás religiones tampoco les importan demasiado. Solo les sirven como pretexto para restar al cristianismo su importancia histórica y cultural en la tradición.
Estamos ante una iniciativa que pretende arrancar las raíces de un tiempo religioso alimentado por siglos de tradición. No se trata de que uno tenga o no fe, sino de que reconozca la importancia de la cultura, la historia y, en fin, el pasado de un pueblo. Hay un tesoro de música, pintura, escultura, gastronomía y espiritualidad labrado a lo largo de siglos de vida y fe cristianas. Unamuno -nada menos- dedicó al “Cristo de Velázquez” un poemario maravilloso y puso ante Él sus contradicciones, sus dudas, sus esperanzas… Es decir, su vida.
No se deje manipular. Llame a la Semana Santa por su nombre. Vaya a los conciertos de música religiosa. Conmuévase con la devoción de un pueblo que sale a la calle entre trompetas e incienso. Escuche el silencio de los penitentes. Si es creyente, rece. Si no lo es, observe cómo vive su fe un pueblo heredero de una tradición de siglos. Durante estos días, los cristianos se preparan para celebrar el hecho central de su fe: la Resurrección de Cristo. Acompáñelos incluso si no cree; tal vez debería decir “sobre todo si no cree”. Será bienvenido. Le explicarán que ese Cristo clavado en una cruz y escarnecido -como dice el soneto español del siglo XVI- salva a la humanidad entera; incluido usted. Quizás se admire o se conmueva. En todo caso, proteja este legado cultural que, de algún modo, pertenece a todos.
Feliz Semana Santa.