Si un gestor de fondos de inversión quiere cubrirse las espaldas –supongamos que no es el ‘lobo’ de Wall Street, sino un humilde servidor público, a cargo del venerable fondo de pensiones de un país nórdico, por ejemplo, Noruega-, un primer paso es invertir tan sólo en productos con la máxima calificación crediticia.
Tres son las principales agencias que dispensan las ‘notas’ que hacen que el prudente gestor se vuelva a casa con su familia y pueda tomarse su vasito de ‘aquavit’ con la conciencia tranquila. Son ya bien conocidas por todos: Standard and Poor’s, Moody’s y Fitch, fatídico triunvirato que suele actuar sin discrepancias significativas, como sus veredictos fueran infalibles. Pero no lo son, como pudimos comprobar en 2008.
Se señaló a las agencias de rating como culpables de aquella crisis. Paquetes de deuda colaterizada que incluían bonos sobre hipotecas basura obtuvieron el sello ‘triple A’, la máxima calificación crediticia. Se compraron como instrumentos seguros, cuando contenían grandes pufos de los bancos estadounidenses, a la sazón, sus clientes principales.
Experimentados profesionales del relato social vieron que, quizá, las agencias de rating no iban a sobrevivir a la crisis de 2008. En primer lugar porque ya no podían considerarse infalibles en modo alguno. Después, porque cada vez se las señalaba más y más como culpables de la crisis. Y, sobre todo, porque ni siquiera eran imprescindibles para sostener el tinglado.
Se dice que hemos pasado del ‘mito’ al ‘logos’. Que somos racionales. Pero donde esté un buen relato con buenos y malos para comprender el mundo, que se quiten las explicaciones sesudas. Tenemos pulsión mítica cuando buscamos héroes y culpables. Si Yannis Varoufakis, del que
escribí la semana pasada, iba vestido de héroe hasta hace poco, al remontarnos más atrás vemos que a las agencias de rating se les ponía cara de villano.
Lejos de convertirse en ‘cabeza de turco’, las agencias de rating no sólo sobrevivieron a la purga sino que retomaron su actividad con redoblado entusiasmo. Standard and Poor’s, Fitch y Moody’s jugaron un papel fundamental en la desconfianza que se extendió sobre la deuda periférica de la Eurozona, en lo que vino a llamarse la crisis de deuda europea.
Ahora, el trío ‘supertacañón’ vuelve a los titulares por sus advertencias sobre los riesgos de la incertidumbre política que pesarían sobre la Economía española, advierten de rebajas en los rating en caso de que se subviertan las reformas estructurales del anterior Gobierno y amedrentan autonomías y ayuntamientos con sus calificaciones de ‘bono basura’.
A pesar de que las agencias de rating no eran fundamentales, sí eran útiles. Sobre todo, para descargar de responsabilidad a esos gestores de fondos que, recordemos, no tienen porqué ser el ‘lobo’ de Wall Street y prefieren, sencillamente, que otro se equivoque en lugar de ellos. Habría que revisar los mitos.