Para aquellos que acostumbren a recibir el sacramento de la eucaristía ya les anticipo que lo de comulgar con ruedas de molino va camino de ser que sí. No es que vayan a tener la obligación de abandonar esta práctica espiritual, es que se cierne sobre estos feligreses un cambio que va más allá del propio precepto litúrgico. La cosa destaca porque los chinos se han venido arriba y como son tan emergentes en todo, pues hasta con la fabricación de las hostias consagradas se atreven.
Tratándose de chinos ya sabemos que la mano de obra barata está garantizada, y claro, aquí viene el dilema. Las hermanas carmelitas descalzas ponen el grito en el cielo –no es peyorativo, por cierto- al entender que las hostias chinas [sic] son producidas con un coste tan bajo que les hace imposible poder competir con el gigante asiático. El resultado en precio viene a representar un 40% menos que las fabricadas por las religiosas de diferentes congregaciones españolas; de manera que no hay quien resista el sostenimiento productivo de este trozo de pan ácimo al ritmo de tan sañuda competencia.
La globalización ha llegado a los altares y nadie sabe cómo ha sido, sin embargo, la realidad es que lo de ser chino siempre es sinónimo de ser objeto duplicado, porque ya sabemos de la habilidad que tienen estos orientales para copiarlo todo, incluso los cálculos renales si estos cuentan con denominación de origen. Lo cierto es que las hermanas religiosas están de los nervios porque ven en todo ello que su negocio de elaboración de obleas consagradas se va al garete por la rivalidad del lejano oriente; y claro, rezan, imploran y llaman a las instancias superiores para evitar el desastre de lo que llevan haciendo más de 100 años cada mañana de cada nuevo día.
Hasta aquí lo de tantas pequeñas y medianas empresas. Nada nuevo. Ahora bien, preocupa y mucho la calidad. Sabido es que los conventos cuidan mucho el detalle culinario, no en vano su artesana repostería tiene bien ganada la fama de la excelencia; es más, yo diría que las hermanas, por cuestión de hábitos, no dan el salto a las estrellas Michelin, claro que también puede que lo sea porque, en cuestión de firmamento, ya andan más que iluminadas. Lo cierto es que las monjas deben estar sopesando, y no con poca preocupación, cuanto de perniciosas puedan resultar para la salud de los feligreses las susodichas hostias made in china.
¡A saber a quienes nos estaremos comiendo! -se preguntarán los que comulguen-, porque una cosa es el pan eucarístico en manos de quienes elaboran y hornean con sus pías manos el producto, y otra muy diferente es imaginarse una nave en las afueras de Shanghái en donde cientos de chinos lo mismo te fabrican hostias que alpargatas, o dentaduras postizas que confitura de panga del río Mekong. Ya me dirán ustedes.
Pero la cosa no acaba ahí, porque las hermanas carmelitas también hacen causa con sus desasosiegos, sabedoras de que con todo este mercadeo industrial no solo se va al garete una importante fuente de ingresos, sino que, además, consideran que con ello existe el riesgo de perder el control que requiere el elaborar un producto con exigencias de pureza y un mínimo de harina para poder ser reconocido como pan; y claro, esto les colma la paciencia dado que los fabricantes industriales suelen sacar al mercado obleas libres de gluten para los feligreses celíacos, que dicho sea, también lo requieren por sus necesidades alimenticias.
Visto lo visto y teniendo en cuenta las nuevas tendencias culinarias, y no digamos la nueva cultura de cocinar en tu casa o en la mía, de tal manera que unos por veganos, otros por vegetarianos, y que decir de los derivados como los frugivolistas los ovolactos, los crudívoros, los pescetarianos e incluso los intolerantes a la lactosa, pues eso, que con todos los respetos a las Carmelitas Descalzas más vale que cambien sus delantales si no quieren verse devoradas por la China profunda o por tantos nuevos sabores, nuevos maridajes, nuevas fusiones e incluso nuevas experiencias.
En fin, que dedicar los fogones a satisfacer las necesidades de tantos fieles como clases de hostias sagradas se demanden, hoy en día pasa por hacer comulgar a paladares tan variados como exigentes. Es lo que tiene la nouvelle cuisine, aunque ésta nos venga de los mismísimos chinos ysus “exóticos” ingredientes.