España es un museo. Vayas donde vayas es fácil encontrar un monumento, un castillo o una simple ruina de historia milenaria expuesta a las inclemencias del tiempo. La gestión y conservación de las obras de arte, sean estas arquitectónicas, pictóricas o escultóricas, es una tarea compleja y costosa. No puede ser de otro modo, en una tierra donde conviven cuevas prehistóricas con anfiteatros romanos y con joyas del arte románico, renacentista y barroco. Eso, que podría ser un privilegio y bendición para un país, desde hace ya muchos años se convirtió en un grave problema nacional.
Se suman y multiplican los casos de catástrofes y escándalos en la gestión y restauración del patrimonio cultural español, que no olvidemos que también es patrimonio universal. El último caso de “restauración” fallida es el castillo de Matrera, que resistió a los moros y cristianos desde el siglo IX, pero sucumbió víctima de un rasguño de algún burócrata inconsciente de la Junta andaluza. La imagen ridícula de la pared de cal blanca con ladrillos pegados a ella da la vuelta al mundo acompañada por alegres carcajadas de la prensa extranjera. Sin embargo, este fracaso en la recuperación de un bien cultural es sólo una muestra más de los numerosos fallos en la gestión del patrimonio español.
El Teatro Romano de Sagunto, restaurado durante los años noventa recibió en 2008 la sentencia del Tribunal Supremo de ser derruido. No poca influencia en el proceso judicial ha jugado la vieja lucha entre los partidos políticos rivales, el PP y el PSOE. También en Valencia, ahora se trata de la capital, hay obras de arte en peligro eminente. Las altas temperaturas y la humedad que señorean en esta ciudad, durante el verano, son condiciones bastante difíciles para cualquier visitante y más para las obras de arte. Si a uno se le ocurre refugiarse de este clima caluroso en un museo, que tenga cuidado y elija bien, porque uno de los más importantes monumentos del patrimonio Nacional, el Colegio del Patriarca, no tiene aire acondicionado. Las grandes obras de Francisco Ribalta, El Greco, Luis Morales, Van der Weyden y hasta la arqueta con el manuscrito de Tomás Moro, redactado durante su prisión en la Torre de Londres, todo está expuesto a los rigores de estas temperaturas elevadas y, encima, con las ventanas del museo abiertas. No hace falta ser un experto para reconocer los efectos “benéficos” que produce esta ventilación “natural”. La breve charla con el personal del museo es desoladora porque no da ninguna esperanza de la pronta solución. La negrura, ya muy notable en los cuadros de Caravaggio, sólo se condensará y se expandirá a otras obras, porque los dirigentes hacen caso omiso a las quejas y apelan a la Generalidad o a cualquier otro organismo de la administración, lamentando que no conceden financiación adicional.
El estado del patrimonio español, que es europeo y americano, reitero, es universal, es más preocupante todavía si recordamos el desmantelamiento del Museo del Ejército y su fracasada reconstrucción en el Alcázar de Toledo. Muchas piezas se perdieron en el camino entre el Salón de los Reinos y la fortaleza toledana, y el propio Salón, de espectacular belleza, arrastra años de abandono. Su restauración ha sido anunciada hace unos días, a ver qué sorpresa nos aguarda esta vez.
Todos los casos señalados ponen de relieve el papel dañino de las rencillas político-administrativas. Nadie sale bien parado: las instituciones culturales, ni las academias, tampoco los “sabios” de las universidades que no se pronuncian sobre estos atropellos al patrimonio cultural. El silencio cómplice que opta por promover los intereses locales e inmediatos es el mayor enemigo del patrimonio cultural nacional. Obra aquí la ley implacable señalada por Cervantes: “la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo”.