POCO A POCO
Somos una vergüenza
Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 14 de marzo de 2016, 16:52h
Actualizado el: 14/03/2016 20:28h
Así de claro. Como ciudadanos de pleno derecho de la Unión Europea, miembros de esa maquinaria comunitaria que algunas, las menos, cosas buenas nos habrá dado, la estrategia implementada por los Veintiocho y canalizada a través de Bruselas respecto al problema de los inmigrantes provenientes de Oriente Medio es simple y llanamente lamentable y miserable.
Saltándose a la torera toda legislación europea, salvo un pequeño apéndice de los acuerdos de Dublín al que ahora se agarra el Consejo como si no hubiera un mañana, y con la condena en firme de Naciones Unidas y no pocas organizaciones no gubernamentales, la Unión Europea ha vuelto a poner de manifiesto su inoperancia y la falta de un mínimo de escrúpulos a la hora de abordar problemas humanitarios de primera magnitud.
Durante meses, los socios comunitarios asistieron impasibles a la muerte de millares de seres humanos en aguas del Mediterráneo mientras, con toda la parsimonia del mundo, se pasaban la pelota de unos a otros sin afrontar de frente, con empatía y auténtica responsabilidad, lo que no es sino una crisis común, tan italiana como polaca, tan alemana como griega, tan española como danesa. Mientras, todos nos echábamos las manos a la cabeza viendo cómo los cadáveres de bebés llegaban a nuestras costas.
La decisión de expulsar a millones de refugiados que apenas cargan con harapos y pobreza a Turquía, cuya interesada buena fe nos costaría a todos los europeos la nada despreciable cantidad de 6.000 millones de euros y el desbloqueo de las negociaciones para una futura anexión de Ankara a la UE (al tiempo), es uno de esos episodios de la historia que quedarán recogidos en los libros como una sonrojante asquerosidad, como lo más bajo de nuestra era.
No sólo nos quitamos un problema de en medio que, no se engañen, nosotros mismos hemos contribuido a crear, fortaleciendo y perpetuando regímenes dictatoriales con ningún aprecio por las libertades y la democracia, sino que también mercadeamos con la miseria y la desgracia ajena, la de millones de personas cuyo único delito es la de poner en práctica el más primario de los sentidos humanos: el de la supervivencia. Tampoco nos quedamos cortos de cinismo al no llevar a cabo el reparto de asilados que firmamos y ratificamos (España ha recibido 18 hasta la fecha, ¡18!) a bombo y platillo para apaciguar a una mansa opinión pública.
En este sentido, me alivia saber que en este punto la diplomacia española se muestra frontalmente en desacuerdo con el pacto de expulsión y que el ministro José Manuel García-Margallo, que reconoce que "Europa no está haciendo lo que puede", esté insistiendo en el que también para mi es el problema real: solucionar lo que provoca esta llegada masiva de personas, que no son sino la guerra, la violencia y el sectarismo religioso.
Hace tiempo que perdí la fe en la Unión Europea, en sus instituciones y en su futuro como la gran familia cohesionada que se nos insiste en vender, pero es que ahora me avergüenza lo que en mi nombre, como ciudadano y pasaporte comunitario en vigor, se está llevando a cabo en las fronteras orientales pero urdiendo en los despachos occidentales.
Ojalá nunca se den las circunstancias en las que seamos nosotros los que tengamos que, de nuevo, como ya nos pasó en la II Guerra Mundial para endeble memoria de muchos, salir a la carrera de nuestras casas y suplicar ayuda y acogida fuera de nuestro país. Ojalá no tengamos que poner nuestra vida en peligro ante la amenaza de mafias, soldados, bombas, terroristas, concertinas, senderos embarrados interminables, mares traicioneros, policías, periodistas sin escrúpulos o duros inviernos. Ojalá no seamos tratados entonces como mercancía, como excedentes humanos de los que deshacerse, como un problema incómodo a solucionar de cualquier manera. Ojalá no seamos víctimas de la desidia, el desprecio y el rechazo de nuestros congéneres.
Entonces quizás, y sólo quizás, podamos llegar a sentir un mínimo de empatía por lo que están padeciendo desde hace meses decenas de miles de sirios, iraquíes, libios, afganos, eritreos... Decenas de miles de seres humanos.
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Jefe de Internacional de El Imparcial
BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial
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