Oigo en la radio que un golpista, alguien que hace ostentación de romper definitivamente la nación española, será recibido en La Moncloa por un presidente del Gobierno de España en funciones. Mal empieza la mañana. Miro por la ventana y todo es gris. Obscuro. Salgo a la calle. Llueve. Charcos y suciedad rodean la Puerta del Sol. Voy al Ateneo por la Carrera de San Jerónimo. La calle está peligrosa. Cientos de baldosas de la acera están levantadas. La gente las evita sin mucho éxito. ¡Cómo no acordarse de la familia de la señora alcaldesa! Somos rehenes de nuestros políticos. Cruzo la plaza de Canalejas y me siguen persiguiendo las baldosas rotas. De repente, como por arte de magia, cambia el suelo.
¡Cambia la vida! Quizá.
Ahora las baldosas se han convertido en losas. Son grandes y firmes. No se mueven. Da gusto caminar sobre ellas. Levanto la vista y estoy casi al lado del Congreso de los Diputados. ¿Qué habrán hecho en estos cuatro meses los padres de la patria para conformar un Gobierno? ¡Quién lo sabe! Además, ¿qué ganamos reprochándoles que son los culpables de las baldosas rotas de España? Nada. Tampoco sirve de mucho llamarles sepultureros de un viejo fiambre. Aceptemos la ruina. Vivamos entre ruinas. Conllevemos la tristeza con dignidad. El gris oscuro es ya plomizo. Negro.
¡Los grandes problemas no tienen solución! Quizá.
Entre baldosas rotas y enormes losas, entre cuerpos rotos y almas negras, entre la nada y el abismo, aceptemos lo real que es surrealista: un presidente de Gobierno en funciones, un señor del PP, se entrevista con el presidente de la Generalidad de Cataluña. No sé qué dirá el presidente en funciones en esa reunión. Sospecho lo peor, pero sí sabemos lo que dirá el golpista, el separatista, el presidente fetén de la Generalidad. Yo lo he oído en la radio de sus propios labios. Él viene a recordarnos a los españoles que Cataluña es independiente. Él, así lo ha aseverado, representa a un Parlamento de mayoría absoluta independentista y, por tanto, él preside un Gobierno independentista. No viene, pues, a pedir nada sino a levantar acta de un hecho: Cataluña no es España. El presidente de la Generalidad quiere que veamos todos los españoles nuestro propio entierro ante un presidente del Gobierno en funciones que cierra los ojos y traga con todo por unos días más en el poder.
¡Los grandes problemas de España sólo tienen historia! Quizá.
Me resguardo de la lluvia en El Ateneo y leo en un libro: “No llaméis esto pesimismo: reconocer la verdad no es nunca un acto pesimista. Carecer de sensibilidad para los inmensos dolores ambientes, no percatarse de la terrible mengua española, negar la espantosa realidad de nuestra situación, no podrá ser nunca verdadero optimismo: será siempre una falsedad.
Pienso que optimista ha de ser más bien el que colige y amontona su dolor, religiosamente, solícitamente, sin que se pierda un adarme, y luego lo emplea como abono de futuras fecundaciones, macerando en él su energía, sus aspiraciones y su intención. El dolor, señores, es un severo cultivo; la alegría es solo la cosecha; en el dolor nos hacemos, en el placer nos gastamos. España es un dolor enorme, profundo, difuso: España no existe como nación. Construyamos España, que nuestras voluntades haciéndose rectas, sólidas clarividentes, golpeen como cinceles el bloque de amargura y labren la estatua, la futura España magnífica en virtudes, la alegría española. Sea la alegría un derecho político, es decir, un derecho a conquistar. Podemos conocer nuestro itinerario moral en aquel lema que Beethoven puso sobre una de sus sinfonías: A la alegría por el dolor.”
Esas líneas forman parte de un texto famoso de Ortega y Gasset, escrito en 1910 para una conferencia en la Sociedad ¨El Sitio”, de Bilbao, y titulado La pedagogía social como programa político. ¡Qué decir de ellas! Lo obvio. Son vigentes. Filosóficas. O sea consuelo, si no cura, para nuestros fracasos actuales.