En varios artículos míos he sostenido que la época de la revolución y del nacionalismo habían pasado a la historia a partir 1989, cuando cayó el comunismo como ideología alternativa a la democracia representativa y al capitalismo.
Ahora sostengo que todas las ideologías políticas han fenecido, y no sólo la ideología comunista, la primera y la más afectada de todas ellas. ¿En qué me apoyo para afirmar esa idea? En lo que significa ideología. Desde Karl Marx, que la definió el primero, la ideología es una representación de la sociedad y también un programa de acción para actuar sobre esa sociedad. En pocas palabras, unas ideas se transforman en visión del mundo.
Karl Marx estaba convencido de que la propiedad privada era la causa de las desgracias de la sociedad, y aboliendo la propiedad privada, socializada por la acción revolucionaria de la clase proletaria, se conseguiría la perfección de una sociedad sin explotadores y sin explotados. Marx concebía esa historia de la misma manera que su maestro Hegel, en otras palabras, la síntesis de una sociedad perfecta se llegaba por la fuerza de las leyes históricas, y esa sociedad se llamaba comunista.
A partir de 1989, hasta los más acérrimos comunistas se dieron cuenta que las ideas comunistas (que ya no procedían sólo de Marx, sino de Lenin) eran una falacia (Octavio Paz dijo que el último comunista sería mexicano, señalando, con su broma, a la estirpe ideológica hispánica).
Fue una inmensa mentira que la URSS estuviera en la inexorable senda de una sociedad sin clases. La abolición de la propiedad privada sólo había servido para hacer súbditos de un poder estatal despótico, muchas veces aniquilador, sin legitimidad alguna.
Las ideas comunistas, que se presentaban como científicas, se derrumbaron, y su ideología, su visión del mundo, se hundió para siempre. El comunismo hoy existente, o bien se ha convertido en un régimen autoritario con capitalismo, o bien sigue siendo una dictadura totalitaria con un capitalismo estatal que produce severa escasez económica.
Con la extinción de la ideología comunista, pareció que la ideología opuesta -democracia liberal, y capitalismo también liberal- iba a triunfar, extendiéndose por la faz del mundo. El libro de Francis Fukuyama, “El fin de la Historia y el Último Hombre”(1992), fue considerado el triunfo de esa ideología, que a partir de entonces sería la única ideología.
Francis Fukuyama, que era deudor de Hegel a través de Alexandre Kojève (“el fin de la Historia” está en Hegel y en Marx), no dijo que el neoliberalismo triunfaría, sino que las ideologías que se habían forjado contra la ideología comunista, sufrirían el mismo declive, la misma extinción.
Mi tesis se apoya en parte en Francis Fukuyama, pero también en Kojève, y en los autores que han pensado sobre las crisis históricas que surgieron tras la Revolución Francesa de 1789. Durante dos siglos, se enfrentaron dos principios radicalmente opuestos, liberalismo versus absolutismo, capitalismo versus comunismo, etcétera.
La crisis consistía en la lucha -la agonía unamuniana- entre dos ideologías, dos sistemas, dos concepciones de la humanidad. Crisis es palabra griega, con la que los médicos mostraban el momento crucial, el momento que señalaba que el enfermo sanaba, o que era vencido por los humores que le llevaban a la muerte.
La última crisis económica que llevó consigo una crisis sistémica o global fue la de los años 1929-1939-1945. En aquellos años se enfrentaron las democracias liberales contra los sistemas totalitarios, fascistas y comunistas. La gran época de crecimiento capitalista entre 1945 y 1973 se tradujo sólo en Guerra Fría. Tras la crisis del petróleo de 1973 a 1989, la URSS y los Estados comunistas entraron en declive económico y tecnológico, preámbulo de su hundimiento ideológico.
Según estas premisas, nuestra época no padece una crisis global. Los herederos de la revolución comunista no proponen medidas comunistas, como la supresión de la propiedad de los medios de producción y de intercambio. Se esfuerzan en convencer que es posible más dinero para los menos protegidos, y más impuestos para los capitalistas y los ricos en general, y estas promesas se hacen desde la reducida perspectiva nacional, con lo cual sus propuestas son estatales, y acaban indefectiblemente siendo nacionalistas y populistas. Ejemplos: desde Serbia hasta Venezuela, pasando por Argentina y Bolivia, etcétera.
Las ideologías han muerto, y todavía no emergen ideas nuevas que puedan dar origen a las nuevas ideologías políticas. Los “ísmos” del pasado, el socialismo, el nacionalismo, el liberalismo, el conservadurismo, etc, son sustituidos por definiciones pragmáticas. Así, “Podemos” se refiere al Poder, y “Ciudadanos” invoca la manera de ser en una democracia. Como no hay auténticas oposiciones de ideas, la política es reemplazada casi por completo por la lucha y conservación del poder. Maquiavelo lo vio hace siglos. El rival político ahora se ve como un enemigo. Carl Schmitt lo definió hace años, inspirado en Maquiavelo. Pero el futuro será un tiempo sin radicales antagonismos, sin crisis globales, será el triunfo de la democracia, el único sistema legítimo mundial. Y la democracia es un régimen que se basa en lograr acuerdos, y no en decidir por la fuerza de las mayorías. El lunes, cuando el Rey manifieste si habrá Gobierno o nuevas elecciones, sabremos si queremos ser una democracia avanzada, aquella que se rige por los acuerdos, o nos conformamos en seguir como hasta ahora, una tempestad en nuestro estanque.