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TRIBUNA

"Ahí hay un caballero"

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 23 de abril de 2016, 18:16h
Actualizado el: 23/04/2016 19:44h
No se trata, desde luego, de imitar y menos aún de remedar uno de los más famosos de aquellos dictados que en las viejas escuelas de España enunciaban los buenos maestros y maestras de tiempos pedagógicamente áureos a los párvulos recién ingresados en la andadura docente que les conduciría, por áspero camino –esfuerzo, sacrificio y alguna que otra amargura-, a las puertas mismas del venerable y hoy descrito y adjetivado terroríficamente Bachillerato.

Más sencillamente, el título del presente artículo reproduce el aviso dado por una amable secretaria a su jefe de Despacho de que, tras la puerta de este, se encontraba a la espera una persona que no era otra que la de este modesto y animoso cronista de una España en acentuado y acelerado astillamiento. El lenguaje es, incuestionablemente, uno de los indicios más elocuentes de tal desgarramiento. La pobreza, la impropiedad, la incorrección que hoy estruendan los oídos menos educados en la escucha de un español mínimamente rico y genuino, se unen a la contemplación del desconcierto y la indigencia de un léxico raquítico y demediado, febrilmente imantado por el logro de la igualdad a toda costa en la relación gramatical de seres y objetos, con exclusión semipenal y fiera de distinciones o títulos.

En cruzada tan ardida, a la vez que por el momento muy exitosa, el recurso cada vez más pujante al vocablo “caballero” en sustitución del de “señor” y, sobre todo, del nefando “don” –mera contracción del dominus scientiarum de las antiguas Escuelas y Universidades medievales y renacentistas- semeja ser el más oportuno quizás y, en especial, el más aséptico o neutral cara al uso del de don y del de señor. Nadie, en efecto, podrá sentirse capitidiminuido y aún menos atacado en su dignidad y estima propias ante el empleo, en el desventurado quinto centenario del Quijote que encalabrina a los españoles bien nacidos, de la apelación del buen hidalgo manchego. Pese a que la Caballería ya nada tiene que ver con este mundo de la informática y la igualdad de género, es indudable que incluirnos, generosa y universalmente, por la mayoría de nuestros interlocutores en los establecimientos privados y gran parte de los públicos, en las filas de tan noble y antaño encumbrada cofradía y aun, en muchos casos, religión, resulta ser un rasgo de espíritu límpido y en exceso, si ello cabe, cordial. Únicamente tal vez su latitudinaria aplicación pueda encocorar a ánimos en extremo sensibles o susceptibles. En posesión harto legítima del “don” o “doña” –estudios, carreras académicas y profesionales, pertenencias a Academias e Instituciones científicas del más elevado rango científico e intelectual-, su elusión u olvido acaso entrañe, en no pocas coyunturas, una contrariedad que podría fácilmente evitarse con el retorno, cuando menos parcial, de apelaciones o denominaciones sin conexión alguna con situaciones de dominio social o prepotencia económica. En la España agraria anterior a la hiper-revolucionaria “década prodigiosa”, a los maestros más humildes de los grandes pueblos se les reconocía invariablemente el título de “don”, al paso que a numerosos terratenientes, privados de estudios bachilleriles o superiores, les bastaba el nombre de pila o, incluso, un apodo, con frecuencia, malsonante…
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