Don Felipe acababa ayer la tercera y última ronda de contactos para una investidura que, salvo milagro de última hora, no se producirá. La situación parece más que abocada a unas nuevas elecciones en junio, por cuanto los principales partidos se han mostrado incapaces de llegar a acuerdos estables.
Se echan la culpa unos a otros y, en realidad, todos la tienen. El PP ha sufrido uno de los mayores descalabros que se recuerdan, pasando de 186 a 123 diputados y dejando por el camino una mayoría absoluta que tardará mucho en repetirse. Ciudadanos, por su parte, ha sido quizá quien mejor lo ha hecho. Es quien más y mejor ha mostrado su flexibilidad a la hora de negociar pactos sin por ello renunciar a sus principios. Y posiblemente, haya sido el freno que haya evitado que Podemos y PSOE pactasen.
Esto último, el acuerdo PSOE-Podemos, era deseado por gran parte de ambos. Y también temido, porque, en realidad, lo que está en juego es la representación de la izquierda española. Pedro Sánchez ha hecho lo imposible por llegar a la Moncloa junto a una amalgama de radicales e independentistas con los que habría sido muy difícil hacer un gobierno sensato. Pablo Iglesias –que no hace un secreto de su intención de “Pasokizar” al PSOE- a su vez, ha tratado de exprimir al máximo a un líder socialista débil y dispuesto a todo, aunque al final los últimos rescoldos del PSOE con sentido de estado -cada vez menos, por desgracia- han evitado la catástrofe. La pregunta que ahora muchos se hacen es qué pasará si de las nuevas elecciones sale una correlación de fuerzas similar a la actual; algo, por lo demás, perfectamente factible.