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TRIBUNA

La epopeya de los misioneros de La Florida

sábado 30 de abril de 2016, 14:33h

No ha sido suficientemente reconocida la labor evangelizadora de España en América, realizada con enormes tenacidad y coste, tanto en vidas como en recursos. Si la religión católica se hizo verdaderamente universal fue gracias a la labor española en el Nuevo Mundo.

Y si debiéramos citar un ejemplo de tenacidad evangelizadora, ninguno como el de La Florida. Porque allí habitaban tribus que habían hecho la vida imposible a los pioneros de la colonización, como Hernando de Soto y Pánfilo de Narváez, ambos muertos en su intento de ocupar esas tierras.

Florida tenía, pues, mala fama en los virreinatos españoles, en cuanto poblada por indios sumamente agresivos, siendo curioso que los más feroces eran quienes no habían pasado de la etapa de cazadores-recolectores, siendo más maleables los que habían alcanzado el nivel de la agricultura.

Pero los frailes de las órdenes religiosas mantenían que los indios eran pacíficos, y que bastaba con hablarles y razonarles, prescindiendo del binomio frailes-soldados, que era el que había prevalecido hasta ahora para implantar la presencia de España en el Nuevo Mundo. Era la tesis del discutido y célebre fray Bartolomé de las Casas, que quería apartar a los nativos de cualquier contacto con soldados o civiles.

Poblado indio. La agresividad de los indios de Florida fue proverbial. Dibujo Juan Carlos Arbex.

El dominico Luis de Cáncer también era de esta opinión, y logró convencer al virrey de México para su experimento evangelizador: acudiría a Florida sin acompañamiento militar, para demostrar la buena disposición natural de los nativos. El Virrey le proveyó de una pequeña carabela, con el encargo de hacer progresar la evangelización, y de paso haría de avanzadilla de la presencia de España en la región. Por fin la teoría del “buen salvaje” iba a quedar acreditada.

En la nave solo viajaban Cáncer, varios religiosos más, el piloto Arana y algunos marineros, además de una nativa floridana, bautizada Magdalena, procedente de una expedición anterior, que había sido llevada a Cuba y estaba ya españolizada. Corría el año 1549, y en la deshabitada bahía de Tampa desembarcaron dos religiosos, Tolosa y Fuentes, más Magdalena para que hiciera de intérprete. Cáncer y los demás misioneros continuarían costeando, acordando reunirse poco después con los primeros en otro punto de la bahía.

Al llegar el barco a ese punto, no encontraron a los dos frailes, pero sí a otro español, un tal Juan Munos, o Muñoz, que había vivido su epopeya particular: según relató al subir al barco, era un superviviente de la malograda expedición de Hernando de Soto, y llevaba la friolera de diez años viviendo como esclavo de los nativos. Fue grande su alegría, pero proporcionó noticias desalentadoras: sabía de los dos frailes desembarcados y de Magdalena. La españolización de esta era solo aparente: nada más entrar en contacto con su antigua tribu, se había despojado de sus ropas españolas y retornado a sus costumbres ancestrales. Y en cuanto a los dos misioneros, habían sido muertos por los indios.

El padre Luis de Cáncer entró en un estado de hondo abatimiento, pero no cambió su opinión: los nativos eran intrínsecamente buenos, y era la visión de los soldados y las armas lo que les volvía agresivos, y solo ansiaba hallar una ocasión para demostrarlo. Munos porfió en lo contrario, y le recordaba las lamentaciones de su capitán Hernando de Soto, cuando sus pacíficos intentos de colonización se topaban una y otra vez con la agresiva intransigencia de los nativos.

La ocasión que aguardaba el misionero no tardó en presentarse. Navegando por la costa descubrieron una partida de indios en la playa. Parecían pacíficos, y hacían señas de querer entrar en contacto con los españoles. El padre Cáncer dio orden de que le arriaran el bote para bajar a tierra. Tanto el piloto Arana como el excautivo y experimentado Munos trataron de disuadirle de hacerlo. Más valía guardar distancias y ponerse a buen recaudo en la seguridad de la nave.

Pero el padre Cáncer porfió, al fin y al cabo era aragonés. Solo, sin arma alguna, y portando una cruz en la mano, remó a tierra, desembarcó en la playa a la vista de los indios, se arrodilló y comenzó a rezar. Se acercaron los indios mirándole con curiosidad, le rodearon y uno de ellos le asestó sin más un formidable golpe en la cabeza con un garrote, lo que imitaron enseguida los demás. El pobre dominico quedó muerto en la arena, y el piloto Arana decidió poner velas hacia la seguridad de Cuba. Por desgracia, los peores rumores sobre la ferocidad de los indios floridanos se habían confirmado.

Así comenzó la evangelización en La Florida. Cualquier otra nación habría renunciado a proseguir, pero la España de entonces no conocía el desaliento. Con inaudita tenacidad persistió en el empeño. El padre Cáncer fue el primero, pero pronto La Florida habría de dar nuevos y trágicos testimonios de entrega. No en vano, el 12 de octubre de 2015 el Vaticano abrió causa de canonización de los mártires de La Florida.

Borja Cardelús

Hispanista y escritor

BORJA CARDELÚS es hispanista y escritor

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