Se puede perfectamente ser una escritora deslumbrante y no haber sido agraciada con un nombre sonoro, reverberante. Es el caso de Marta Sanz, que ganó el premio Herralde de Novela con su “Farándula”. Son muchas las ideas descubiertas en este texto vibrante: “Mili le dio su bendición. Porque se admiraba de que aún alguien pudiera enseñarle algo a otro que se hubiese puesto en la tesitura de ser enseñado”.
Quizás fue Díaz-Plaja quien más incisivamente abordó los pecados capitales de los españoles. Y, entre ellos, la soberbia de los que nacen enseñados; la prepotencia de los que disfrutan arrasando y pisoteando lo que se les pone por el camino. Su ego no admite igual ni parecido. Los hechos son tan testarudos, parafraseando a Lenin, que su superlativa superioridad no admite parangón.
La creatividad innata a las lenguas vivas ha encontrado un adjetivo aún más eficaz para nombrarlos: sobrados (aunque lamentablemente carece de sustantivo). Les sobra todo y sobremanera esa petulancia de quien hace cátedra de cualquier obviedad; aquello que alguien describió como la solemnización de lo obvio.
El soberbio sabe de todo, absolutamente de todo y su placer está en que se conozca que es así cuando habla escuchándose con admiración, degustando sus propias palabras buscadas con métrica precisión. De reojo percibe que el corrillo asiste embobado a sus enseñanzas, sin darse cuenta que en cuanto se presenta la oportunidad huyen de su lado a bostezar libremente.
A veces el sobrado –que camina con el mismo envaramiento con el que departe- muestra la debilidad de una última lectura que ha enseñado algo a quien todo lo tiene aprendido. Pero suele ser un libro rarísimo, tan selecto como su mismidad subyugante (pero únicamente para sí).
La supina vanidad del soberbio es su vitamina y le permite con pleno desparpajo atribuir a su talento lo que debe a la suerte, a las circunstancias o constituye un puro plagio. Con ínfulas de emperador transita por la vida. Para él no hay interrogantes o márgenes para la duda o la inseguridad.
¡Tanta paz lleves como gloria dejas!, exclamamos con júbilo al marcharse. Es simplemente insoportable.