Dada la incuestionable relevancia poseída por el catolicismo en la forja de la identidad nacional y en la convivencia misma de nuestros días, es lógico que cualquier faceta de cierta entidad relacionada con su decurso temporal entrañe un interés social irrebatible, mucho más allá del suscitado en un país de vieja cristiandad, sometido a un acelerado proceso secularizador, por todo lo concerniente a su religión tradicional.
Y el flamante cardenal Sebastián, miembro bien complacido de la benemérita congregación Marista, de tan destacados servicios a la enseñanza española, no duda en poner en guardia a los guías del catolicismo hispánico de la deriva alarmante seguida por la cultura de signo confesional en la sociedad hodierna. El testimonio creencial aportado a lo largo y ancho de la geografía peninsular y de los dos archipiélagos es en la hora presente condigno con las mejores tradiciones y fecunda historia de la Iglesia española, sin que exista ningún frente de importancia en la actual crisis económica y social en que los cristianos y sus organizaciones no ofrezcan un ejemplo estimulante de entrega y solidaridad incondicionales.
Pero en el horizonte del cultivo de las letras, las artes y las ciencias de la España de una centuria que, pese a su cercano alumbramiento, nos abruma ya con sus acongojantes envites, dista mucho de ofrecer una cara tan roborante como en el campo de la vivencia, honda, profunda, del sentimiento de ajeneidad en días de especial tribulación. Y aquí, las palabras siempre serenas y circunspectas de un escritor religioso, percatado del valor de ejemplaridad de su pluma, no se envuelven en celajes de falsos respetos o artificiosas consideraciones. La cultura generada y vivificada por los principales centros docentes e intelectuales del catolicismo español –creación y gerencia privados o con ayuda estatal- es manifiestamente alicorta y demediada en términos absolutos, pero también relativos. Casi sin excepción no sale de ellos una publicística acribiosa ni abundosa en punto a las temáticas más controvertidas de la hora presente. No hay revistas con artículos solventes y atractivos sobre las variadas materias que suscitan el interés o preocupación de los sectores más dinámicos de la muy átona -culturalmente- sociedad cristiana de la España que anda ya, sin su impronta, por la segunda década del siglo XXI. No constan grandes debates ni pronunciamientos de alto velamen doctrinario en las principales universidades de signo confesional acerca de los asuntos que centran la curiosidad de los medios de comunicación más influyentes… Y no se cuenta… ¿para qué seguir? Ni su apresurado y atristado glosador ni el propio cardenal Sebastián tienen empeño alguno en lacerar más de lo estrictamente indispensable el feble cuerpo cultural manifestado hoy por el catolicismo de unas horas de imponderable desnudez y anemia en sus coordenadas intelectuales. Baste con lo mencionado para revelar la urgencia y trascendencia de una movilización cultural a gran escala como piedra angular para su presencia halagüeña y estimulante en un país a la husma angustiosa de afanes y espuelas verdaderamente regeneradores. Y si alguna duda aún alberga el amable lector o lectora, sumérjase en las Memorias de Mons. Sebastián y se convencerá… Sin ideas no hay creación; y sin creación no hay economía, cultura ni sociedad.