TRIBUNA
La democracia en problemas
martes 10 de mayo de 2016, 22:15h
Actualizado el: 05/10/2016 23:58h
En los últimos años se han visto numerosos procesos electorales en diversos lugares del mundo. En el caso de España, la elección de gobierno en esta ocasión tendrá incluso dos comicios, el del 20 de diciembre de 2015 y el del 26 de junio del presente año. Cada uno de ellos tiene en común el hecho de que el pueblo decide quién debe gobernar, aprobando mayoritariamente a los candidatos y sus programas.
El siglo XX, durante largos y penosos años, estuvo muy lejos de esta realidad. En la primera mitad de esa centuria Europa vivió entre las guerras mundiales y la irrupción de los totalitarismos, que emergían ante la debilidad de las democracias y la crisis del liberalismo. De esta manera, el comunismo, el fascismo y el nacional socialismo se erigieron como alternativas a los regímenes democráticos y contaron con respaldos populares muy significativos.
En “The End of History?”, publicado en The National Interest (1989), Francis Fukuyama planteaba que esos fueron las principales alternativas ideológicas al liberalismo en el siglo XX. Los fascismos fueron derrotados en el plano de las ideas y en los hechos después de la Segunda Guerra Mundial, mientras el comunismo siguió siendo una alternativa viable después de 1945. Incluso más: tras la guerra las fuerzas de Stalin conquistaron los antiguos territorios dominados por Hitler, imponiendo formas de gobierno equivalentes a la soviética en Europa Central y del Este y estableciendo lo que Churchill llamó “el telón de acero”, que dividía a los pueblos libres de aquellos dominados por el comunismo. Incluso más, en 1949 triunfó la revolución de Mao en China, y diez años más tarde la Revolución Cubana de Fidel Castro. Con ello, regímenes ideológicamente inspirados en el marxismo-leninismo tenían un claro dominio en distintos continentes. Con un elemento adicional: desde esa ideología, pero también en Occidente, existía la convicción de que el futuro sería socialista, se anunciaba el triunfo progresivo e ineluctable de las revoluciones proletarias y el fin de las democracias “burguesas” y las economías capitalistas, que serían reemplazadas por dictaduras comunistas.
Es verdad que sabemos que la historia terminó de otro modo. La caída del Muro de Berlín fue un símbolo elocuente del fracaso de los socialismos reales, y muchos celebraron rápidamente la victoria de las democracias. El propio Fukuyama advirtió el fin de la historia en términos de debate en el plano de las ideas, ante el triunfo claro del liberalismo económico y político, como síntesis ideológica universal. Pronto se impuso la expresión práctica, con elecciones democráticas donde antes había dictaduras de cualquier signo.
Sin embargo, a comienzos del siglo XXI la democracia enfrente nuevos problemas, e incluso peligros, que corresponde tener en cuenta. Las elecciones, en el presente, son tanto signo de normalidad institucional como de preocupación. Así lo demuestran la consolidación por vía democrática de diversos proyectos populistas en América Latina, el crecimiento electoral de los grupos xenófobos en Europa, la gran votación que obtiene un candidato en Filipinas ofreciendo “descuartizar criminales” y olvidar “las leyes de derechos humanos” para combatir la delincuencia. A ello habría que agregar la victoria de Donald Trump en las primarias del Partido Republicano, y podríamos seguir con una larga lista.
Obviamente el problema no es nuevo. Basta recordar que Hitler, antes de asumir el gobierno en enero de 1933, participó en varias elecciones y obtuvo millones de votos, que lo volvieron imprescindible e hicieron viable que fuera llamado a gobernar, en una de las mayores expresiones de suicidio de una democracia. Sin embargo, conviene repensar la situación actual de los regímenes políticos libres, y los problemas objetivos o subjetivos que enfrentan las democracias contemporáneas, como podrían ser la judicialización de la política o la decepción ciudadana hacia sus gobiernos, por mencionar dos temas.
No es casualidad, por ejemplo, que la importante publicación Journal of Democracy, en su edición especial de su Aniversario Veinticinco (enero de 2015) se pregunta “Is Democracy in Decline?”. Algunos autores han llegado a hablar de “recesión democrática”, mientras en el orden práctico países que viven sus propias regresiones autoritarias, a vista y paciencia de la comunidad internacional.
En un interesante artículo publicado en la revista Estudios Públicos (Santiago, 2015), el chileno Mauricio Rojas analiza “El incierto futuro de la democracia”. Entre los múltiples aspectos que trata, presenta una conclusión muy interesante: “Las democracias están viviendo una crisis política fundamentalmente determinada por la tensión existente entre el apoyo creciente a la idea democrática y la desafección cada vez mayor con los sistemas democráticos existentes”. Efectivamente, no es casualidad que la democracia experimente una consolidación que prácticamente no admite contradicción intelectual, pero que paralelamente, e incluso apelando a la propia “idea democrática”, los regímenes políticos fundados en ella estén sufriendo desajustes y permanentes protestas, muchas veces inspiradas -al menos retóricamente- en la necesidad de expandir la propia democracia. Ahí, por ejemplo, podemos situar la contradicción entre democracias representativas y democracias directas, así como la ponderación excesiva de las demandas de los “indignados” o sus equivalentes, o la presentación de intereses corporativos de grupos de interés -ciertamente legítimos- como si fueran demandas de la ciudadanía en su conjunto.
La elección de un líder populista y contrario a la libertad es una posibilidad que ha tenido expresiones claras en América Latina, como es el caso de Venezuela. La posibilidad de que Donald Trump sea elegido como Presidente en una de las principales democracias del orbe merece análisis detenidos y desapasionados. Los resultados en Filipinas nos llevan a pensar en la viabilidad de alternativas extremistas de origen popular. La misma discusión que se ha abierto debe llevar a plantear soluciones y no simplemente a levantar el problema, presente en diversos lugares del mundo.
En cualquier caso, al menos parecen haber al menos un par de consensos en el tema. El primero, es que no hay un sustituto mejor a las elecciones libres y competitivas para formar gobiernos legítimos, es decir, no existe alternativa mejor que la propia democracia. El segundo, ya demostrado históricamente, es que la democracia no es garantía suficiente de permanencia de la libertad, la justicia o el respeto a la dignidad humana, por lo que requiere una madurez cultural, solidez institucional y cuidado de ciertos principios fundamentales. Después de todo, como asegura el propio Mauricio Rojas, “la desmesura, aunque sea democrática, nunca termina bien”.