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TRIBUNA

Educación a la baja

José Manuel Cuenca Toribio
jueves 12 de mayo de 2016, 22:24h

En el shakesperiano “furor” y “ruido” parlamentario de estas últimas semanas, el don Beltrane perdido en su atmósfera ha vuelto a ser, por incontable vez, el muy grave tema de la educación española. Comentaristas y glosadores varios han puntualizado cómo a un tiempo de forma expresiva y aterradora en las controversias del Palacio del Congreso –ennortadas por una deriva en muchas ocasiones de sesgo tabernario- los diputados elegidos en los sufragios del 20-XII-2015- eludieron de manera meticulosa cualquier alusión de cierto porte doctrinal al estado y problemas de los diversos grados de enseñanza, con particular relieve de la superior.

La cuestión no es, empero, novedosa; mas se comprende bien que ante el adanismo y “el asalto a los cielos” de las formaciones de mayor vibración discursiva y en una Cámara con numerosos miembros extraídos o provenientes del mundo de la docencia, tan perentorio y remecido asunto no haya acaparado ni titulares ni intervenciones de cierta amplitud y hondura. Es lo menos que la opinión pública cabía esperar de estos innovadores representantes –al menos indumentaria y lingüísticamente- del sufrido y paciente pueblo español: competencia e interés por un tema en el que razona o intuye que se ventila gran parte de su inmediato porvenir. La decepción ha sido grande e inocultable. Uno de los escasos puntos en que la desmedrada sociedad civil muestra real preocupación y demanda de solvente información no despierta auténtica inquietud en sus élites parlamentarias, obnubiladas por otras materias y “juego de tronos”. Aunque, naturalmente, su instinto de supervivencia lleva a la comunidad civil a una esperanza palingenésica en el trabajo y la agenda de las próximas Cortes, nada está asegurado ni mucho menos en tal extremo. Es probable que otros asuntos le tomen la delantera, y los futuros diputados centren su atención en otros focos de la actualidad nacional, no horra precisamente de ellos. Lo cual, a su vez, como ya ha venido ocurriendo en otras legislaturas, agravará las dimensiones dramáticas o trágicas -(¿por qué no denominarlas así: el porvenir de la juventud, tan ligado a su nivel formativo, constituye en los grandes pueblos auténtica res sacra?- de la cuestión ahora abordada.

¿Qué es posible, pues, hacer entonces en coyuntura tan crucial? Primordialmente, y con enorme esfuerzo, desechar el pesimismo, y estimularnos con el quehacer cuotidiano de la legión inmensa de profesores y profesoras que en los diversos escalones del sistema educativo se afanan con ahínco para que sus alumnos alcancen un nivel de instrucción de primer orden. En medio de la indiferencia y atonía generales, el lograrlo habrá de costarle un trabajo hercúleo.

Mas la colectividad española ha de saber que ya se ofrecerán pocas coyunturas para remediar al menos en una década la desastrada situación educativa, sin cuya solución el porvenir de la juventud quedará irremediablemente hipotecado.

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