A Nicolás Maduro no le gusta la prensa y, más en concreto, anda estos últimos meses tremendamente indignado con la de nuestro país. A ver, debe de preguntarse el mandatario venezolano, ¿a santo de qué viene dedicar crónicas, artículos de opinión e incluso portadas hablando de la vida de los venezolanos? Si la cabra de su mente tira cada vez más al monte, para desesperación de quienes padecen en persona la creciente precariedad, lo normal es que la respuesta a dicha pregunta Nicolás Maduro la encuentre en esa frase tan falsa como pomposa que ya utilizaban, por ejemplo, los desaparecidos regímenes soviéticos o, en la actualidad, la opaca Corea del Norte: todo lo malo que pueda ocurrir en su país tiene origen en el intento de desestabilización procedente de fuerzas extranjeras para acabar con su gobierno, con su pueblo. Nunca llegaré a entender si se trata de verdadera paranoia de un líder que se cree lo que afirma o, simplemente, de una forma burda para lograr perpetuarse en el poder a través de la demagogia y la opresión contra quien tenga el atrevimiento de llevarle la contraria. Quizás, una mezcla de ambas cosas.
Por si no tenía bastante con los periódicos e informativos de este lado del océano, ahora resulta que Maduro tiene que abrir la puerta – aunque sea a medias y a regañadientes – a visitas no deseadas que parecen viajar a Caracas solo para tocarle las narices. Es lo que tiene el egocentrismo, también propio de los mandatarios que se creen incontestables. El pueblo en realidad importa unicamente en la medida que sirve como concepto imprescindible en cualquier discurso de corte demagógico que se precie. La última visita a Caracas ha sido la del líder de Ciudadanos, Albert Rivera, a quien Diosdado ya avisaba que a lo mejor ni lo dejaban entrar. Aunque Rivera finalmente haya aterrizado y se encuentre en tierra venezolana, las puertas de los opositores que cerró el gobierno con ellos dentro han permanecido cerradas a cal y canto. Y por supuesto, un Maduro enervado ya ha dicho bien alto, con ese tono también tan propio de los dictadores, que Rivera pertenece a la oligarquía española, la cual debería ocuparse de sus asuntos.
Porque los opositores encerrados, las colas en los desabastecidos mercados y la paralización de cada vez más fábricas por falta de materias primas, como azúcar, harina o leche, es problema solo de los venezolanos. Un problema que, por descontado, no puede achacarse a su gobierno, sino, de nuevo, a esas fuerzas agitadas por los opositores desde el extranjero para destruir su política en favor del pueblo. Sí, ese pueblo al que le resulta cada día más difícil encontrar alimentos básicos, productos de higiene personal o indispensables medicinas. El mismo que sufre en sus carnes la creciente inseguridad, ese al que los regímenes como el de Maduro utiliza en los mítines y urnas, sin ofrecerle a cambio, por lo menos, un digno estado del bienestar. Mucho menos, libertad para expresarse cuando descubren lo que supone el populismo, la política al servicio únicamente de quien ostenta el poder. Aquellos que hablan de democracia a la vez que desprecian los votos depositados en las urnas y que, sinceramente, asustan.
Porque en el colmo del cinismo, con una mano señalan al pueblo y con la otra, desvalijan el país. En Venezuela, una de las primeras tareas que ha emprendido la nueva Asamblea que tomó juramente el pasado mes de enero consiste en elaborar un mapa de la corrupción de los 17 años de régimen chavista. Las cifras espantan, pero sirven para explicar la pobreza de un país tan rico en recursos. Por el momento, se ha calculado que el desfalco de las arcas pública oscilaría entre 200.000 y 300.000 millones de dólares, ahora a buen recaudo en paraísos fiscales de todo el mundo. O que han servido, presuntamente, para financiar “sucursales” chavistas en otros países. El nuestro, sin ir más lejos.