Ni siquiera las águilas reales del comentario político o el análisis historiográfico atisban en los siglos venideros un cambio del paradigma plutarquiano en la construcción de la historia y, consiguientemente, en su estudio. Los “héroes” a la manera del escritor griego, los grandes líderes o las figuras verdaderamente carismáticas impondrán el poder de su genio en la andadura de pueblos y sociedades. A vueltas de mil cambios y mudanzas, la Rusia de Iván IV, Pedro el Grande, Catalina II, Nicolás I y Stalin reviven en el presente no pocos de sus rasgos en la de Putin, nimbado del mismo temor reverenciado y agradecido de sus coterráneos, debido en esencia al continuum de su trayectoria más genuina que creen ver en un gobernante de hechuras, en efecto, singulares y por entero identificado con las pulsiones y ensueños de la “Gran Patria Rusia”… (No se viene, claro es impunemente, al mundo y se vive la infancia y mocedad en San Petersburgo).
Lejos de Oriente, solar por antonomasia de autócratas y déspotas, acontecimientos de la más impactante actualidad nos enfrentan con similar fisonomía. Así, en la Europa conmocionada por el éxito del Brexit, sus habitantes más longevos han vuelto a llevar el exvoto de su rendida admiración a la memoria del fundador y primer presidente de la V República Francesa. Como está escrito en los libros de Historia, su doble y decidido rechazo a la incorporación del Reino Unido a la Comunidad Europa se mostró decisivo a la hora de retrasar en más de un lustro dicha integración. Sin embargo, contra lo que se afirmase ligera y apresuradamente en la época, su negativa en modo alguno respondió a agravios personales o históricos pasados, sino al arraigado pensamiento gaullista de la visceralidad anti-continental británica y a la fortaleza del special partnership con los EEUU, a causa justamente de sus prejuicios antieuropeos y la vívida conciencia y plena intangibilidad de su identidad imperial. Sólo un espíritu superior como, desde luego, lo fuese el del estadista galo, podía situar en el plano indicado la desafección íntima e irrenunciable de la Gran Bretaña a un protagonismo laborioso y dinámico en el quehacer de la nueva Europa. Su historia lo impedía, si no lo determinaba. Britannia nunca aceptaría subordinar el cultivo de patrimonio cultural y genético a la entrega a una empresa nacida al margen de su iniciativa – (intuiciones y pronunciamientos churchillianos aparte…)- y con el sello bien visible del dúo franco-germano.
Y en ello, a fin de cuentas, seguimos. De Gaulle, siempre De Gaulle. Privilegio de las personalidades que crean y modelan la Historia. En la Europa hodierna –no hablemos de España…- se echa mucho en falta su orfandad.