“Il n´y a pas de risque zéro”. Esta frase pronunciada con firmeza y claridad por el primer ministro francés, Manuel Valls, fue reiterada por el presidente de Francia, François Hollande, y vivida por Angela Merkel el viernes pasado. Durante toda la historia de la humanidad, el peligro ha formado parte inalienable de la vida cotidiana y el hombre tuvo que estar preparado para hacerle frente. Pero el ciego idealismo de los políticos hizo a los europeos olvidar la realidad y nos ha hecho creer que habitamos en unos reinos de Jauja, donde no es necesario el ejército ni el uso de la fuerza, porque todo se resolvería “hablando”.
En Francia, el abucheo del ministro Valls y el descontento por la actuación del ministro de Interior, Bernard Cazeneuve, van acompañados por unas reacciones poco comprensibles de la ciudadanía francesa. Los periódicos -entre cuales Le Figaro,-entrevistan a los psicólogos en busca de explicación plausible para las reacciones espontáneas como amenazas de muerte, los comportamientos sospechosos frente a los edificios simbólicos y acumulación de montones de basura en el lugar donde el terrorista de Niza fue abatido. Todo esto no presagia nada bueno para Francia. Si a esto le añadimos el negro telón de fondo que supone el crecimiento del racismo y de la xenofobia, entonces tendremos un retrato de una sociedad enferma, sospechosa, rara. Es la misma sociedad que, hace poco tiempo, era alabada por su tolerancia, multiculturalismo y cosmopolitismo, ¿cómo ha sido posible este cambio tan brusco en el comportamiento de millones de personas?
Hay muchas explicaciones para ello y cada uno puede optar por la que más le plazca, pero hasta ahora no he escuchado a nadie que mire en el fondo del fracaso de toda Europa. Sí, es un fracaso estrepitoso y temible por sus consecuencias, de la política europea migratoria. El malestar de la población que no está acostumbrada al peligro constante requiere buscar la causa de esta amenaza. Desgraciadamente, no es difícil encontrarla porque la población de procedencia musulmana genera constantemente esos peligros no sólo porque no se integra, sino porque su objetivo final es la desconfianza o, peor, aniquilación del que no es como ellos. Esto lleva a la conclusión de que la política migratoria europea ha fracasado.
Vivimos las duras consecuencias de un modelo de convivencia inviable, que consistía en obligar a los europeos a aceptar cualquier persona sin exigirle el mínimo conocimiento de la lengua y de cultura del país que los acogía. Se ha olvidado lo fundamental de cualquier relación: la comunicación permanente entre ambas partes, sin diálogo es imposible la convivencia cotidiana, sin comunicación eficaz la vida genera pequeños rencores, incomprensión mutua, el aislamiento. Así, se han generado las sociedades autárquicas dentro de los países de Europa, completamente cerradas y hostiles al entorno. El Molenbeek, barrio árabe de Bruselas donde la policía no se atreve a entrar, es sólo una muestra del absurdo al que nos ha llevado la acogida irresponsable de la población no preparada para convivir en la sociedad abierta. El acogimiento de los refugiados requiere un esfuerzo considerable tanto por parte de los europeos como por parte de los migrantes. ¿Quién ha dicho que es fácil cambiar el país de residencia? ¿Cuándo ha sido fácil adaptarse a otra sociedad y a otro modo de vida? ¿Quién ha pensado, quién ha explicado a los migrantes de los países árabes qué es la democracia? Y ¿quién se ha ocupado en decir que la libertad no es amenaza a su modo de vida, sino una necesidad? Lo más grave es que esta cuestión no ha sido planteada por nadie de los “cosmopolitas” de boquilla, muchos de los cuales, siguen culpando al europeo de a pie en este fracaso.