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ORIENT EXPRESS

Los musulmanes en Europa

Ricardo Ruiz de la Serna
domingo 31 de julio de 2016, 19:45h

La civilización occidental bebe de dos grandes fuentes: la judeocristiana y la grecorromana. Sobre estos fundamentos se ha alzado, a lo largo de los siglos, este modo de vida que reconoce la dignidad intrínseca de todo ser humano por el solo hecho de serlo, el valor de la vida humana, la libertad, la razón, la limitación de poder, el imperio de la ley y todos los demás principios sobre los cuales construimos nuestras sociedades.

Por lo menos en tres grandes ocasiones, el islam avanzó a la conquista de Europa: en el siglo VIII en España, entre los siglos XIV y XVI en los Balcanes y Europa Central y en el siglo XVII frente a las murallas de Viena. Habría que añadir otros periodos de guerras y conflictos en los extremos del continente como los últimos siglos de la Horda de Oro a partir de la conversión al islam de Uzbeg Kan (1312-1341) o las invasiones de los almorávides (S. XI-XII), los almohades (S. XII-S. XIII) o los benimerines (S. XIII-XV).

A lo largo de unos nueve siglos, Europa combatió contra los sucesivos imperios islámicos. Por supuesto, no solo hubo guerras. Existieron periodos de coexistencia, recelos, traiciones, influencias mutuas… Se habla mucho de la “España de las tres culturas” y, tal vez, se exagera la “convivencia” como si se entendiese por ella en tiempos de Alfonso X el Sabio lo que se entiende hoy -sobre esto habría que escribir otro día- pero es claro que Europa y el mundo islámico han vivido una a las puertas del otro y pared con pared durante más de mil años.

En Occidente, el nacimiento de la idea moderna de “tolerancia religiosa” se remonta a las guerras de religión. El profesor Henry Kamen dedicó un libro fundamental al “Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna”. Así se fue forjando la idea de que uno debe gozar de la libertad de profesar la religión que desee, así como del derecho de cambiar de religión o, en un tiempo más reciente, no profesar ninguna en absoluto. En paralelo, fueron creciendo nociones como la de “libertad de conciencia” y su correlativo derecho a objetar “en conciencia”. En una formidable empresa intelectual que se extendió desde la Europa del humanismo renacentista hasta la modernidad, el debate sobre la libre interpretación del texto bíblico o su traducción a las lenguas vernáculas fue nutriendo una reflexión vastísima sobre la religión, la libertad y la dignidad del ser humano. Hace apenas cinco siglos, españoles, franceses, suecos, alemanes, flamencos, valones y otros tantos pueblos de Europa se acuchillaban por motivos religiosos. A Miguel Servet lo quemaron vivo los calvinistas de Ginebra en 1553 por herejía. La familia del gran humanista Luis Vives sufrió persecución en España por judaizantes: a su padre lo quemaron en 1526 y a su madre la desenterraron para quemar sus restos en 1529. Rechazó una oferta para enseñar en la Universidad de Alcalá de Henares y se trasladó a Inglaterra. Son solo algunos ejemplos de cómo la libertad religiosa fue una conquista y un avance que, hundiendo sus raíces en la noción de dignidad del ser humano, Europa elaboró a lo largo de varios siglos. Esta idea de derechos inalienables late en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776).

Esto es Europa y esto es Occidente. A lo largo del tiempo, en ocasiones, los imperios y Estados del viejo continente han traicionado, pisoteado y despreciado aquello que los inspiraba. La ignominia de la esclavitud, las injusticias del colonialismo o las ideologías totalitarias -singularmente el fascismo, el comunismo y el nacionalsocialismo- son algunos ejemplos de cómo una civilización puede traicionarse a sí misma. Sin embargo, el ideal de libertad y razón que Occidente representa ha seguido inspirando a millones de seres humanos hasta nuestros días.

Esta libertad religiosa de la que hoy goza Europa -y que es inimaginable en Afganistán, en Irán o en Arabia Saudí- es la que disfrutan millones de musulmanes europeos. Junto a la mayoría de inmigrantes e hijos de inmigrantes llegados al continente, hay una minoría de “conversos”. No me gusta mucho la palabra. Un hadith del Profeta dice que todos nacemos musulmanes y que son nuestros padres los que nos hacen judíos o cristianos. En todo caso, estos millones de musulmanes viven entre nosotros y presencian horrorizados los atentados terroristas que azotan Europa al igual que golpean con espantosa frecuencia el Oriente Próximo, el África subsahariana o el Asia Central.

Las sociedades europeas no son sociedades islámicas y creo que los europeos debemos hacer todo lo posible para preservar el legado de casi tres milenios de civilización que, con sus muchas sombras y sus muchísimas luces, ha dado a la humanidad algunos de sus logros más valiosos. Sin embargo, en estas sociedades europeas viven millones de ciudadanos que profesan el islam. Muchos de ellos descienden de pueblos que han tenido periodos recientes de estrechísima relación con Europa. Ahí están los argelinos y senegaleses en Francia o los marroquíes en España. Entre las filas de la Francia Libre que combatieron contra los nazis luchaban miles de musulmanes del norte de África y el África Negra. Durante el desastre de Annual, hubo cabilas que permanecieron leales a España en los peores momentos. No todos la traicionaron y se pasaron al bando de los rebeldes de Abd el Krim. Es una historia poco contada, pero muy cierta.

En estos días escuchamos llamamientos -y exigencias- para que los musulmanes condenen los atentados terroristas al tiempo que sus pronunciamientos de dolor y repulsa son, a menudo, silenciados. La inmensa mayoría de musulmanes europeos sienten ante el terrorismo el mismo rechazo que los demás europeos de otra religión o que no profesan ninguna en absoluto, pero soportan sobre sí el estigma y la injusticia de que muchos los consideren sospechosos a título colectivo. Leer los comentarios a las noticias en internet o los mensajes en las redes sociales es escalofriante. Cada día son más frecuentes las atribuciones colectivas de culpas a los refugiados y a los musulmanes en general, las selecciones sesgadas de textos coránicos -a menudo en traducciones deplorables- y las generalizaciones sobre el islam como si la forma de vida en Indonesia -el mayor país islámico del mundo- o en Malí fuesen iguales que en Afganistán o en Yemen.

De poco sirve recordar que los jóvenes radicalizados por la propaganda del Estado Islámico suelen alimentar su odio a través de internet o que el trabajo para neutralizar el odio y el radicalismo debe hacerse también en los colegios y en los medios de comunicación además de en los centros religiosos. No minusvaloro la importancia de las llamadas “mezquitas de garaje” ni de los líderes religiosos radicales. Al contrario, subrayo que Europa debe discernir entre el ejercicio legítimo de la libertad religiosa y el pretexto religioso para incitar a la violencia y fomentar el terrorismo. Para defender la primera, la ley debe ser implacable con el segundo.

La libertad religiosa es uno de los tesoros de la civilización occidental forjado a lo largo de siglos. Si un musulmán no puede vivir en Europa sin ser sospechoso de terrorismo ni tener que justificarse permanentemente ante los demás, nuestra civilización se estará traicionando una vez más a sí misma. No podemos perder la claridad moral. Los terroristas yihadistas y los islamistas que a lo largo del siglo XX han empleado el terrorismo para conseguir sus fines han golpeado y golpean las sociedades islámicas. Tómese el caso de Egipto o el de Argelia para ver que frente a ellos se han alzado voces autorizadas que les negaban la legitimidad religiosa que pretendían tener. Las mujeres periodistas o profesoras que desafiaron al Grupo Islámico Armado en la Argelia de los años 90 reivindicaban su condición de argelinas con todo lo que esto significa de doble legado islámico y europeo. Las propias sociedades islámicas están hoy en procesos de transformación profundísimos cuyo resultado es incierto.

Los terroristas yihadistas odian a Occidente, entre otras cosas, por estas libertades -entre ellas, la religiosa - que debemos preservar como a un tesoro. Europa significa que uno puede ser, por ejemplo, musulmán, judío o cristiano -o no ser religioso en absoluto- y vivir en paz y libertad mientras respete la ley.

No dejemos que los islamistas y los yihadistas transformen a Europa en un lugar que no reconoceríamos ni que la lleven a traicionarse a sí misma.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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