De nuevo la incertidumbre política de contar con el Gobierno que la población española demanda. Tal como se presenta la situación, cualquier forma que se decida será precaria por falta de consenso satisfactorio y si no se decide una coalición amplia o un pacto de Estado, como pedíamos en anterior artículo. Los líderes en liza se creen Ulises de retorno a Ítaca, el poder, y se amarran al palo de la nave para oír, indiferentes, el canto de sirenas que suena en sus imaginaciones. Mientras tanto las olas arrecian en torno y esperan ellos que un golpe de mar decida la ruta. Los remeros, a lo suyo también con cera en los oídos para que ningún canto distinto al del líder los subyugue. Pero el verdadero drama político lo vive el pueblo, que ve cómo, una vez más, los representantes elegidos marginan su voluntad o pujan con ella unos contra otros haciendo de valedores improvisados.
El votante elige diputados para que decidan a su vez, con el voto recibido, quién va a gobernarlos. Bien. Es lo legal, establecido. Pero quienes legislaron así lo hicieron basados en un fundamento democrático imprescindible: el respeto a la mayoría de voto. Nadie dio un cheque en blanco para que escribieran en él sus señorías con táctica de ingenieros sociales aprendida en los foros de los partidos. Se invierte el trasfondo de la democracia y se acostumbra a la gente a usos y costumbres nocivos. Esta actitud política influye más de lo que creemos en la vida cotidiana. Mueve a pensar que, en cuestiones de Estado, todo depende de conciliábulos, presiones varias, apaños. Esto no sería lo más grave, sino lo que viene luego. Tales negocios se entreveran entre quienes deciden qué leyes han de regirnos. Y por metonimia pura —no salimos de ella—, el votante piensa que las normas y sus principios obedecen a igual criterio: cabildeo económico, puja bancaria, acomodo de bambalinas, dimes y diretes de partidos, etc. ¿Dónde queda entonces el fundamento de la organización social? Aplíquese lo dicho, por extensión —un modo de argumento discursivo—, a otros grupos sociales y a los principios lógicos que aún sostienen el Derecho. Por ejemplo, a los conceptos de libertad, justicia, bien público y, sobre todo, al de persona. Lo único que habríamos logrado es el trueque —otra figura tribal— de la ley del más potente, musculoso, por la del más hábil en componendas con el cheque blanco del ya ingenuo ciudadano que lo otorga. O la confusión objetiva de valores. Y en vez de Parlamento, con mayúscula, tendremos tribus, no tribunos. Por ahí andamos, ilustres señorías.
La ingeniería política hace números: suma, resta, multiplica, divide o cuadra el círculo con raíz cuadrada. Poca imaginación que ilusione el fundamento democrático del que depende cada uno de estas gestiones y gestores. Ningún ciudadano votó a las posibles alianzas y vínculos que agrupa la aritmética. La práctica política aconseja orientarse según los lazos previsibles de opciones o tendencias ofertadas. Pocos la siguen, sin embargo. No se votaría del mismo modo si tales coaliciones fueran las propuestas. Baste un ejemplo. En las últimas elecciones del 20 de junio dos formaciones de izquierda comunista decidieron unir objetivos y siglas para incrementar su representación parlamentaria. El resultado fue totalmente inverso. Disminuyó el número de votos. ¿Aumentaría si se hubiera sumado el partido oficial de la oposición? Probablemente se hubiera reducido aún más su número de adhesiones.
¿Imponemos entonces a los ciudadanos desde las bambalinas de los partidos y del Parlamento la voluntad que, ni por aproximación, manifestaron? Si así fuera, la confusión y enredo antes indicados incrementará el embrollo social de las instancias públicas. Mal ejemplo, señores tribunos y patricios.
El verdadero Ulises es el pueblo. Lo tienen políticamente encadenado. Asiste al drama impotente. O casi, pues de él aún depende la última palabra. No somos tan necios como para no pensar que en las negociaciones en curso pesa el lastre de la mugre que la sentina de cada partido contiene: el agio, las imputaciones, sentencias pendientes de corruptos ya declarados y otros en puertas. Los pactos implican, se quiera reconocerlo o no, reparto, ocultación mutua de carga incómoda, sucia. Y la población ha aceptado, en cierto modo, este hecho, pero con, al menos, algún disimulo, cierta evidencia de mano implacable ante casos flagrantes y delictivos. Y esto es otra consecuencia grave de la manipulación que va impregnando a sectores sociales como reflejo de la política en uso.
A unos líderes les suena el canto de sirenas más melifluo que a otros. El presidente en funciones esgrime los votos directos. Le corresponde formar Gobierno según tradición democrática. Al líder de la oposición nadie sabe, o casi, quién le toca el acompañamiento al ritmo del coro sirénido, aunque ya hay voces de su partido que contrarrestan la melodía y urgen el acatamiento de las urnas. La resistencia épica del líder socialista sugiere idear susurros soberanos por soberbios. Y soberbia no falta en este país tan dado a figuras de feria y enlaces áulicos o insinuaciones palaciegas cuya tramoya revierte siempre en su historia con sorpresas ácidas. En cuanto a los otros líderes, quienes no optan por los lazos de familia recuerdan a los pretendientes de Penélope en la Odisea.
Una ventaja segura aportaría un Gobierno con apoyos mínimos, pero suficientes y libres para encarar otra legislatura. Los diputados podrían mostrar sus verdaderas cualidades parlamentarias al tener que decidir por consenso, y en debate, casi todas las cuestiones importantes y decisivas. Tanto el presidente como el líder de la oposición dejarían en claro su horizonte de miras y convergencia de Estado. La política ganaría densidad y prestigio a pesar o, tal vez, gracias a la amenaza constante de ruina y nuevas elecciones. Puede ser ocasión propicia para que reluzca, por fin, algún dirigente de talla indiscutible. A los más jóvenes debiera estimularlos el reto.
Recomendamos a todos leer el poema épico, la Odisea, y si directamente en griego, mucho mejor para el alza del tono cultural del hemiciclo. Los pueblos son el tema y sujeto real de estos relatos verdaderamente memorables. La memoria figurada y aun así vivencial de la Historia. La única conocida. Antes se estudiaba en Bachillerato. Al héroe épico solo lo justifica el bien colectivo y fundado de la convivencia humana.