POCO A POCO
Olímpicos y sexistas
Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 22 de agosto de 2016, 10:18h
Actualizado el: 23/08/2016 13:59h
Terminaron los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro y con ellos la máxima expresión del deporte mundial, una cita en la que todo el planeta figura representado en igualdad de condiciones ante las distintas modalidades deportivas en una suerte de competición universal que una vez más nos ha situado a los españoles entre la clase media.
Sin embargo, los Juegos, en lo tocante a nuestro país y a buen seguro en lo de muchos otros, es el fiel reflejo de lo que queda por hacer en materia de igualdad de género, no sólo en cuanto a reconocimiento deportivo, sino también a apoyo institucional y a respaldo social. Una vez más, el medallero español se ha visto apuntalado por los éxitos de las mujeres, siendo artífices de 9 de las 17 medallas y 4 de los siete oros, a pesar de representar el 48 por ciento de la delegación nacional. Similar distribución se pudo ver en Londres (11 de 17), donde de no ser por ellas nos vamos con la cara más colorada que de costumbre.
Es decir, una vez más las mujeres han resultado ser las verdaderas abanderadas de nuestro país en unos Juegos Olímpicos y a fe que lo demuestran los excelentes resultados cosechados por Beitia, Valentín, Belmonte, Calvo, Marín, Chorraut, el equipo de baloncesto o el de gimnasia rítmica, entre otras muchas que sin presea se llevan un valioso diploma bajo el brazo. Sin embargo, sus logros son medidos con injusto y cruel baremo por los mismos que les aplaudimos subiendo al podio, un doble rasero que nos autoengañamos al negar pero que ahí está en pleno 2016.
Las demostraciones de sexismo a la hora de valorar el éxito deportivo femenino son recurrentes e hirientes, tanto para ellas mismas como para una sociedad que dice ser igualitaria pero que se queda sólo en la teoría. No se restringe al deporte, por supuesto, pues abogadas, dentistas, psicólogas, periodistas y todo tipo de profesionales conviven de igual manera con este ecosistema. El escrutinio de su feminidad, así como los ataques a su valía como mujeres de honesto y trabajado provecho, pues parece ser que no basta con ser una destacada deportista a nivel mundial, son constantes desde casi todos los ámbitos de la opinión pública.
"¡Qué buena es! Y encima es mona", hemos escuchado hasta la saciedad. ¿En serio? Si ya el hecho de poner el punto de mira en tal o cual vestimenta o peinado en plena competición deportiva, como si batirse el cobre en un estadio, piscina o pista olímpica fuese una suerte de pasarela, es de un 'neardentalismo' que escuece, el sesgo paternalista que se les concede, con términos como "niñas" o "chiquitas", es irrespetuoso y hasta denigrante.
Este mismo tratamiento no es imaginable en sus compañeros masculinos, adalides de las grandes gestas inyectadas en testosterona, herederos de los dioses griegos. La comparación con las divertidas damiselas que se entretienen con esta o aquella disciplina a modo de simpático divertimento debe indignar con independencia de los genitales. La equiparación entre hombres y mujeres no debe ser exclusivamente coto de las oportunidades, sino también del respeto y del reconocimiento únicamente fruto del reflejo de su desempeño profesional.
Por si esto fuera poco, quizás nos pase inadvertido el hecho de que gran parte de los éxitos deportivos de la delegación española se logran mediante subvenciones ridículas que luego ponen en evidencia la precariedad del tejido del COE, basado mayoritariamente en el amauterismo salvo en contadas excepciones. Esta fragilidad es aún más acuciante entre el sector femenino, que no debe sólo luchar por mendigar ayudas como sus colegas masculinos, sino que además bregan con una sociedad que las sigue considerando, velada pero constantemente, un rara avis en un mundo, el del prestigio deportivo, al que sólo acceden si ganan, sí, pero también si son monas y finas y delicadas y elegantes y simpáticas y agradables y así hasta el infinito.
Es hora de reivindicar el éxito femenino como un logro de ellas, pero también de ellos y de todos, y de igual modo a la inversa. Sin distinciones ni aditivos sexistas. Atapuerca, para los que estudian el pasado. Para el presente y el futuro, igualdad, normalidad y respeto.
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Jefe de Internacional de El Imparcial
BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial
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