En recuerdo de Chicuelo II, el de Albacete nacido en Cuenca
martes 17 de junio de 2008, 22:28h
El domingo fui a los toros: impresionante la versatilidad de José Tomás en sus cuatro toros de la que dicen “feria histórica”, sobre todo aquellos que viajan más que leen y creen que la condición de aficionado o crítico la refrenda un carné por puntos que se acumulan con etiquetas del momento.
La primera tarde compareció un torero cabal, de buen corte y disposición en su primero, con limitaciones técnicas suplidas por apasionada entrega y depurada estrategia y un gran torero con un gran toro capaz de controlar el cerebro, dosificar gran valor evitando angustias innecesarias en el público para inyectarles en vena la emoción que produce torear templado y ligado, perfectamente compatible con la tensión producida por la sensación de riesgo al pasárselo tremendamente ajustado.
El domingo me encontré, en el primer toro, con una grandiosa figura que, por encima de hacer el toreo ‘bueno’ -el mansote refugiado en tableros y querencia no lo permitía con sus arreones-, derrochó un tornado de vergüenza torera soportado por un valor controlado y consciente que se la estaba jugando; apostó a todo o todo con cuatro orejas en el esportón y un toro en los chiqueros. De grandiosa figura a “perrear -Chikilicuatre, dixit-“como novillero rabioso desde la inconsciencia y las máximas limitaciones que envuelven a los que empiezan, cuanto más torpes más, y con toro asequible en nobleza y fuerza aunque sin clase. Hubo un detalle, un matiz, que hasta ahora era axioma en tauromaquia más que para definir, deslindar la sequedad del valor natural mandado desde el cerebro a la osadía ensoberbecida de un ser fuera de sí en su sobrenaturalidad: cuando sufrió la cornada grave, por descubrirse y colocación inadecuada, nada que ver con “el sito, punto G” que sirve de tópico a los ignorantes (cite con la izquierda y cornada en el muslo derecho, que no es la pierna de salida), no volvió a citar por dicho pitón para seguir llevando el “uy” y el “ay” sobrecogedores en instantáneas casi trágicas que incrementaban el olor a cloroformo, para culminar, como hizo en su primero, matando como lo hacía el difunto Antonio José Galán, pero con la muleta. La heroicidad valió una oreja y la “ruleta rusa” -frustrada en grado de tentativa- cotizó por dos. Así está el toreo.
La primera tarde, volví a vibrar en ese crisol de conceptos que lo definió en su primera época: cosas de Camino, de Ordóñez; a veces de Ojeda y me sorprendió gratamente, viceversa del domingo, como su gran faena la remató con una estocada habilidosa, quitándose, a toro arrancado. Su ambición de figura grande en el primer toro del domingo, por no ser prolijo y sin ánimo de hacer comparaciones, me recordó a Capea con un toro de Manolo González o a Dámaso con un astado de Miura, o Rincón y “Bastonito” -entre otros toros del colombiano- por no “ofender” con hechos similares, salvando las distancias, vividos en esta feria o en los últimos veinte años con figuras contemporáneas de José Tomás y todavía en activo.
Ni en la primera etapa, ni en ésta más convulsa y agresiva, he encontrado a Manolete por ningún lado taurino ni tauromáquico, sí en la personalidad. Si acaso Mondeño y mucho, no tengo ánimo de ofender, de El Cordobés y el coraje -menos intempestivo en las formas- de Diego Puerta. Pero, obvio, a Manolete no le vi. Lo que me ha llevado a leer y asimilar en un ejercicio en el que, apasionado del tema, y con los hechos recientes de tinte dramático e históricamente cuantitativos me obligaba, una vez orillado “el Califa”, a encontrar el hilo para darme de bruces con Chicuelo II, el de Albacete, para el que hoy quiero tener, sin ninguna preconcepción más que la admiración, un recuerdo.
En el libro, magnífico, de Paco Aguado “se narra como en su segunda comparecencia en Las Ventas como novillero y habiéndose ganado la repetición en una valentísima tarde de presentación cortó sus primeras cuatro orejas; corría el año 53 y empezaba una meteórica carrera entre volteretas y cornadas, asustando al miedo que sería muy contestada por afición y crítica de la época bajo la acepción del ‘tremendismo’ pero que llenaba plazas y cotizaba al máximo. El año siguiente confirmó alternativa en tarde que cortó cuatro orejas precediendo las tres de su segunda comparecencia y la grave cornada que impidió crecer su marcador en la corrida de la Beneficencia en la que cobró, dicen, 300.000 pesetas, de las de entonces, según el tomo II de Historias del Toreo de Carlos Abella que titula su glosa:”Chicuelo II, nueva y trágica apuesta tremendista. Apura el 55 en cabeza del escalafón sumando porrazos y cogidas, para ser más selectivo en el 56 y 57, año en que en 48 horas corta otras cuatro orejas y crece en dos Puertas Grandes más. Graves cornadas en Zaragoza y Abarán provocan su anuncio de retirada. Reapareció en el 59 y no pisó Madrid, tanteando.
El 21 de enero del 60 un accidente de aviación fue la bala en el ‘tambor’ que acabó con su vida después de sortear durante cinco temporadas como matador de toros la “ruleta rusa” de cada tarde vestido de luces. Ingratitudes del destino, al menos Manolete, nada tremendista, sí murió en la plaza. Chicuelo volaba de Nueva York a Bogotá y regresaba de adquirir piezas para su “Cadillac” azul, sin duda signo externo poco permitido para cualquier común de la época.
Néstor Luján dijo: “era un monstruo de valor, parecía invulnerable ante los toros e inasequible a cualquier técnica que no se basara en la más trágica espectacularidad”, mientras.
Zabala opinaba “fue un torero valiente -rayando en lo temerario-, pundonoroso y con particular concepción de la lidia”.
Cuenta Paco Aguado que “Chicuelo fue un torero de masas cuya entrega ante los toros le costaba tantas volteretas como beneficios le producía. Porque su toreo tenía la desmedida emoción del valor desnudo, del que enerva a los públicos, del que lleva la tauromaquia hasta los delicados límites entre la gloria y la tragedia, entre el “ole” y el “ay”. Apuró el tremendismo hasta sus últimas consecuencias, pisando terrenos muy comprometidos, e indagando, también, en los nuevos espacios del toreo de espaldas, con el toro encastado, cuajado y astifino de su década. La sensación de drama que tenía su impasible puesta en escena se acentuaba aún más por su reducida estatura y por los cientos de percances que se derivaban de su temeraria osadía, tras los que volvía a ponerse en el mismo lugar aún más enrazado y dispuesto”.
“El controvertido envoltorio de su valor no frenó su ascensión hasta la cima y la riqueza, apoyado en la pasión de unos públicos rendidos a su tremendo valor, proclives siempre a encumbrar, sin necesidad de análisis alguno, a quienes les hacen vivir las sensaciones más fuertes”.
Inobjetable, ¡punto en boca!
PD.- No busquen en “el Cossío”, porque no hay un solo dato de sus triunfos constantes y seguidos, ni en Madrid ni alguna otra parte. Sólo datos de biografía y conceptos, con tinte sesgado peyorativo. Al menos en sus ediciones resumidas de “casi” bolsillo de dos volúmenes, tanto en la básica como la de medio lujo.
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Crítico taurino y Periodista
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