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TRIBUNA

La filosofía, valor y vigencia

Alejandro San Francisco
martes 30 de agosto de 2016, 17:42h
Actualizado el: 30/08/2016 22:22h

Una de las complejidades más grandes en la educación de una sociedad se produce cuando hay que planificar un “curriculum” de estudio, que incluya los cursos y materias que se deben aprender. Lo primero que tienen en cuenta muchos sistemas educacionales es la utilidad aparente o real de una determinada disciplina, su eventual contribución para la persona y la sociedad, considerando habitualmente el mundo del trabajo como un patrón adecuado para las definiciones. De esta manera, las cosas útiles tienen más importancia que las inútiles, los conocimientos con un fin práctico medible resultan más valiosos que aquellos cuyo aprendizaje es más discutible desde esa perspectiva.

Quizá por eso el paso del tiempo ha ido reduciendo el valor de la filosofía, la historia o la literatura, por mencionar tres casos. Esas disciplinas parecen más un gusto personal o un lujo ocioso, cuya justificación siempre resulta difícil en tiempos de materialismo declarado o práctico. A esto se suma un creciente utilitarismo ambiental, que responde rápidamente a la pregunta “¿para qué sirve?”, y dedica poca inteligencia a ponderar cualquier significado profundo que se aleje de ese patrón.

Hace algunos años leí un libro notable, de esos clásicos sobre los que es necesario volver cada cierto tiempo: la Apología de Sócrates, de Platón. En ella el maestro era acusado de corromper a los jóvenes y de convertir argumentos débiles en fuertes. Quienes pretendía acallar a Sócrates se encontraron con una sorpresa: no estaba dispuesto a obedecer a los atenienses dejando de filosofar, sino que prefería seguir filosofando aunque ello le significara morir, como efectivamente sucedió. Antes de que se verificara la sentencia, alcanzó a realizar una extraordinaria lección de humanidad que se sigue escuchando hasta hoy: la más bella y fácil liberación no es amordazar a los hombres, sino que hacer de sí mismo el mejor hombre posible. Se resistió a hacer cosas que no consideraba “honorables ni justas ni piadosas”; les dijo a sus inicuos jueces que se equivocaban creyendo que si lo mataban le impedirían reprochar que no obraban rectamente, convencido poco antes de morir que eran necesario seguir “inculcando a los hombres la suprema importancia de la vida moral”.

Por otro lado, debemos recordar la vida de San Agustín de Hipona (354-430). Se trata de una figura notable, apasionante, con numerosas y contradictorias oportunidades. Amante de la lectura y buscador incansable, se encontró un día con un libro hoy desaparecido, el Hortensio, de Cicerón. Así lo recuerda en sus Confesiones, otra obra imprescindible: “Este libro [el Hortensio] contiene una exhortación suya a la filosofía. Semejante libro cambió mis afectos y mudó hacia ti, Señor, mis súplicas e hizo que mis votos y deseos fueran otros”. Desde ahí en adelante procuró la sabiduría total, y en el camino se encontró con Dios, consagró a Él su vida y a través de Él comenzó a servir a todos los hombres. Porque Cicerón era un maestro que enseñó a Agustín sobre el amor a la sabiduría, a pesar del tiempo y las distancias.

Sócrates también fue un gran referente para las generaciones futuras, muy lejanas a la antigua Atenas. Así lo cuenta Karl Popper (1902-1994), quien a los veinte años entró a trabajar como aprendiz con Adalbert Pösch, un maestro ebanista en Viena. El fabricante de muebles era un hombre fuera de lo común, como narraría Popper en Búsqueda sin término: “Creo que aprendí más sobre teoría del conocimiento de mi querido y omnisciente maestro Adalbert Pösch que de ningún otro de mis profesores. Nadie hizo tanto como él por convertirme en un discípulo de Sócrates. Porque fue mi maestro quien me enseñó no solamente cuán poco sabía, sino también que cualquiera que fuese el tipo de sabiduría a que yo pudiese aspirar jamás, tal sabiduría no podría consistir en otra cosa que en percatarme más plenamente de la infinitud de mi ignorancia”. De ahí nacería un gran pensador, en la política, la filosofía y la ciencia.

Los ejemplos podrían multiplicarse, a través de maestros que hemos conocido en persona o de quienes hoy enseñan por medio de sus libros. Felizmente la filosofía, el amor a la sabiduría, no depende de una definición burocrática en los planes de estudio, ni de las valoraciones utilitarias que les preste la sociedad en un determinado momento, ni de la lata de un estudiante remolón que no gusta de las letras, ni de las calificaciones más o menos buenas que se obtengan al final de un curso. Analizar las cosas desde esa perspectiva es pobre, mezquino y erróneo, porque la vida puede ir por otro lado, muchas veces a contracorriente de los tiempos y en rebelión constante contra la acomodación fácil o el servilismo siempre estéril.

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